Es el trabajo que elegí.
Me gusta indagar, investigar, hacer preguntas inesperadamente capciosas o ingenuamente directas y esperar las respuestas creyendo adivinar –especialmente por cómo visten y de los gestos que exteriorizan- que es lo que me contestarán.
Para continuar con este tipo de profesión me fue de mucha ayuda aquella visión antropológica que leí en algún lado, en la cual el autor, seguramente un filósofo, ¿O un teólogo? hipotizaba que además de todas las otras características que posee para serlo, en el hombre también sería necesario aceptar que es una graduación difusa del concepto de si mismo, en la cual, en sus dos extremos, están al acecho una petulante vanidad o, caso contrario, una siempre sospechosa humildad. En los entrevistados ésta o la otra aparecen abruptamente, a tientas retenidas cuando tienen que justificar una comprensible e inocua vanidad cosmopolita, de boutique o un desapego terrenal vistoso o un retiro espiritual en lugares que solo ellos conocen, entonces se justifican con una verborragia colérica o mansa, o un obtuso silencio.
Seguramente ya se imaginarán que todo esto me ha causado problemas; imaginan bien pues hay ciertas partes de mi cuerpo, especialmente la cara, que han sido blanco de las iras de mis desprevenidas victimas.
Siempre fui chismoso: de pibe ya me gustaba meterme en la vida de los otros; saber que hacían, con quien andaban, a quienes odiaban, a quienes amaban, cuales eran sus sueños.
Recuerdo que me propuse, empujado por esta pasión que jamás pensé fuese inconveniente y menos enfermiza como me lo insinuaban mis alarmados padres y el ceñudo cura del pueblo, de llevar un escrupuloso diario sobre el comportamiento de mis compañeros de clase como asimismo de todo el ambiente de la escuela que frecuentaba.
Gracias a las confesiones ingenuas de mis entrevistados que con tanto gusto se prestaban a responder a mis preguntas (y no me digan que, aunque jugando, no sentimos una burbujeante felicidad por la vanidad de ser entrevistados), como además el aporte de noticias por parte de sus padres, a quienes distraidamente y en inusuales visitas a sus hogares yo preguntaba por sus hijos, conseguí jugosos adicionales sobre sus infancias. De esta manera, de a poco a poco, fui llenando voluminosos cuadernos... que con amargura y dolor tuve que entregar al director de la escuela, so pena de expulsión, pero eso sí: sin la vergüenza que él esperaba que mostrara y menos pedir disculpas.
Mi voracidad de chismes habia llegado hasta la intocable vision que se tenia en aquellos tiempos de nuestros profesores, inmaculados e inalcanzables en su “alta misión purificadora de enseñar al soberano”... pero llenos de pequeñas imperfecciones como son los hechos de limpiarse la narices con los dedos mientras corregían las pruebas, tener el aliento que olía a vino o ragú u oler a transpiración, y lo que fue peor (negado por unos y afirmado por otros profesores, en acaloradoss corrillos prohíbidos a los alumnos), el dar a conocer el flirteo de nuestro querido profesor de historia, casado, con hijos, apuesto y locuaz con la atractiva y abundante señorita de Merceologia.
Al saberlo mi madre se escandalizó y me dijo lo que siempre me decia en las tantas situaciones en las cuales ponia a dura prueba su mision de abnegada madre “un dia de éstos me vas a matar del disgusto, que hemos hecho...que hemos hecho para merecer...” pero de reojo vi a mi padre, que estaba a punto de desgañitarce de una risotada.
Esa noche me mandaron a la cama sin comer, todo por supuesto por iniciativa de mi santa madre a quien mi padre daba un apoyo incondicional y sumiso.
No se atrevió jamas, o mejor sería decir “no quiso jamás” contradecirla, cosa que yo consideraba vergonzoso, pues manchaba el concepto de entereza masculina que habia aprendido en los textos de historias, historia siempre masculina por cierto y tambien, porqué no decirlo, en la lectura de historietas de superheroes, religiosamente todos machos y religiosamente todos solteros. Pero luego me di cuenta de que aquel hombre, mi padre, profesaba un amor por aquella mujer, mi madre,que dificilmente veré en otro,. ¡Dios mio!, ¿Cómo se puede haber amado de aquella manera?
Creo que ese misterio, que afortunadamente es pasible de investigación, y que se materializa en la devoción, el cariño, la admiración, la anulación de uno mismo por un otro haya influido en mi y sea esa marcha extra que se sumó a mi innata curiosidad por los otro.
Esa noche no podia dormir no tanto por el hambre sino porque no sabía como hacer para recuperar mis apuntes. Estaba elucubrando las más disparatadas formas de hacerlo, imaginando hasta una intrusión nocturna cuando, ya casi a medianoche, entró mi padre con un emparedado escondido en su bolsillo.
Cerrando la puerta con aprension y no sin sigilo detrás de si me pidio silencio seriamente con el índice en su boca pero pude ver que hacia un esfuerzo por no llorar de la risa mientras venía hacia mi.
Despues de darme el emparedado se acerco a mis oidos (el no tenía jamás mal aliento y menos oler mal, todo lo contrario... usaba el perfume que le compraba mi madre y que él no se explicaba como había hecho para adivinar que era el perfume perfecto) y me confesó, entre ataques de risa y grave voz que jamás hubiera pensado que su hijo se dedicaría al periodismo,y especialmente a ese tipo de periodismo que es el de Costumbre y Sociedad.
“Un chismoso con diploma y encima... respetado” agrego. “Te vas a hacer de pocos amigos y de tantos enemigos...” Se detuvo un momento y recuerdo que comenzó a mirar y acariciar con ternura mis cabellos. “Yo esperaba que te gustaría la abogacia...con la carrera eclesiástica que proponia tu madre no era tan de acuerdo... ¡Pero andar metiendo las narices en la vida de los otros” y suspiró como si ya todo fuese acabado, pero continuó....”!Este mundo da para todo!...hay de todo bajo la viña del señor como dice tu madre y es por eso que a pesar de su enojo por lo que hiciste no se opondrá a lo que tú quieras ser, pero quiero que sepas que es hermoso ver volar a los pichones, libres y determinados... mentiría si te digiese que estoy orgulloso de lo que has elegido, solo te digo que me causas asombro...un poco de admiración...y ¿Porqué negarlo? ...algo de envidia.
Mi padre murió un mes despues de que se fue mi madre, en plena salud física y mental pero destrozado interiormente, pues la justificación de su existencia, como se lo habia escuchado decir mas de una vez, ya no estaba.
La tristeza corroe, pulveriza, sopla y lleva.
¿Y a qué viene toda esta melancolia?... Ah si... la profesión de periodista, periodista de Sociedad y Costumbre.
Se empieza diciendo sumariamente el porqué se elige esta profesión y se termina indagando mas allá de la superficie, como a mi me gusta... pero lo que no me gusta es la arbitrariedad con la cual actua mi jefe de redacción.
Ayer me mandó a dar una “orejeada”, como él dice, al Palace Inn Hotel pues en esa fiesta suntuosa que ofrecia la sexasegenaria condesa de ....para recaudar fondos en favor de la lucha contra no recuerdo que enfermedad, estaria presente aquel treintañero que se dice sea su cortejador oculto. La condesa no se escandalizó con mis preguntas, todo lo contrario, estaba chocha con mis envenenadas insinuaciones pero sí, y en manera furibunda, se enojó su supuesto joven amante pues no sabía como explicarle esta novedad a su amiguita, treintañera como él que logró ingresar a la fiesta sin ser invitada.
La buena educación, que apenas podia contener los rencores sacados a flote por tal revelación hizo que la fiesta continuara impacible al ritmo de música de cámara para luego llegar a un final hard rock. La recaudacion fue un exito como asimismo la certeza, que será publicada por cierto, de que el treintañero es su joven cortejador.... seguramente con el asombro del señor conde que por lo visto vivía o vive en el limbo.
Y hoy, luego del Palace Inn, con un merecido dolor de cabeza por todo lo que comì y bebí y aun excitado por la nueva amistad femenina que hice, me encuentro en este bar humoso, maloliente y desprovisto de un míserable limón para diluir su jugo en el agua y aliviar mi malestar,sentado alrededor de una mesa y observando a estos cuatro personajes cuya existencia llegó a los oídos de mi jefe de redacción junto a la palabra “diamante”
Y aquí estoy tratando de dilucidar si el diamante en cuestión sea una secta, el valor de las cartas de póquer con algo de especial o simplemente ese mineral tan apreciado y costoso.
Viejos viejos no son. Andaran por los 50, dificilmente por los sesenta pero observando sus rostros constato ese color céreo y prematuras arrugas que causan el vicio de fumar.
Fuman los cuatro y también los cuatro son solteros, no han hecho pareja y menos han tenido hijos; son dos mujeres y dos hombres.
De repente pienso en aquella metafora visiva que hacía de un robusto árbol la representación de la humanidad, con ramas que se bifucarban en otras ramas para llegar a la última con una flor o un fruto, pero observando de nuevo la piel de sus rostros ajados, ya no lozanos, sucardos de profundas arrugas no puedo no pensar a esos frutos que se han secado, que ya no daran otros frutos pero continuan obstinados a estar aferrados a la rama.
Uno de los tantos ramos secos de la humanidad.
Me miran con ansia alegre, felices de ser los entrevistados esperando cada uno ser el primero en hablar.
“Bueno, me digan... ¿Qué es esa historia del diamante?
Sonrien tres girándose a mirar al cuarto que en ese momento aspira una buena bocanada de humo sin sonreir. Me mira con desconfianza... ya sé a quien tendré que dirigir mis preguntas de aquí en adelante.

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