sábado

                                                              Antropología Fantástica 10

Después vino la parte más dolorosa: borrar los rastros de lo que habíamos hecho dentro de nuestra ciudad. Jamás la vi tan desordenada y tan sucia de sangre. ¡Sangre de nuestros propios camaradas! Fue necesario volver a ponerla en orden, como si no hubiera ocurrido nada. Todavía recuerdo el sentimiento atroz mientras lo hacíamos. El odio hacia lo que habíamos exterminado se iba diluyendo, pero aún escuchábamos el fragor del combate, los gritos, los ayes. No tuvimos coraje de observarnos a los ojos mientras buscábamos objetos, aun los más mínimos, para volverlos a colocar donde estaban. Queríamos otra oportunidad para comenzar de nuevo, pero ya era demasiado tarde. Todo un ejército apabullado que trataba de acomodar las cosas como más o menos las recordaba. Éramos una multitud de gente que se diría sin meta la que daba vueltas y vueltas buscando los rastros, para cancelar los restos de la batalla. Nuestra ciudad tenía que quedar como nueva después del desastre, mostrar que nada había sucedido. Era necesario continuar a mantener su orden, su limpieza y su silencio. No quisimos saber cuántos ya no estaban entre nosotros porque todavía nos pesaban. Estuvimos a punto de rebelarnos a nuestro nuevo principal cuando intentó el conteo. Habría sido una herejía más que aumentaría nuestra culpa. Habíamos matado a guerreros como yo, que nada sabían de la injusticia de sus jefes y que por fidelidad no tenían otra alternativa que defenderlos. Se habían ido llevándose nuestra violencia como prueba para reclamar justicia frente a los dioses, no como aquellos que, en busca de la guarida del enemigo, o para saber qué había más allá de los horizontes, se marchaban enrolándose libremente en esas expediciones, de las cuales de ninguna se supo más nada. Se recordaba solamente de una que regresó, tantísimo tiempo atrás, pero con sus guerreros que habían perdido el uso de la palabra y miraban sin ver nada. Caminaban porque sus camaradas caminaban y comían por los mismos motivos. Nuestros sacerdotes decían que, además de la soberbia de sus comandantes por saber más, también era culpa del silencio y la soledad que reinaba allá afuera, lejos de nuestras murallas. Sólo planicies sin fin ―agregaban―, el horrendo malvado enemigo, sin duda; bosques interminables, animales fabulosos, espejismos de montañas, mares sin confines, y tanto cielo, siempre el mismo. ¿Cómo podían saberlo? ¿Con cuáles dioses hablaban si jamás habían puesto pie fuera de la muralla? De las otras expediciones que desde tiempo antiguo partían, no volvió ninguna. Los principales de aquellas épocas, luego de consultarse con su plana mayor, dedujeron que fueron aniquiladas por el enemigo y esa vieja versión llegó hasta nosotros. Si existía, cosa que había comenzado a dudar, ¿estaba tan lejos el taimado adversario? No nos dejaba dormir con sus posibles apariciones. Y no eran sólo los superiores, también nuestros camaradas que, creyendo sentir, o ver algo, enseguida daban la alarma. Entonces, entre el sonar de la lúgubre tromba, la polvareda densa y amarilla que se levantaba por el correr de la infantería y de la caballería, entre fustazos, gritos y órdenes, medios dormidos todavía, nos hacían formar y beber e inmediatamente salíamos dispuestos a combatirlo, llenos de odio, furor y enardecidos por los zumos embriagantes. En una de aquellas salidas, funesta para mí, estuvimos un astro mayor entero quemándonos las cabezas bajo sus rayos. Habíamos caminado a paso vivo por la mitad de una noche y allá estábamos, controlando una garganta estrecha y rocosa en la cual una patrulla aseguraba haberlo visto. Mi compañero, uno de la parte baja de la ciudad que pocas veces había visto, estaba rígido a mi lado. Fue uno de los tantos perdonados por adherir al grupo derrotado en la revuelta por la carne. Podía sentir sus músculos tensos y las manos crispadas empuñando la lanza. Krof se llamaba entonces, moriría para mi satisfacción más tarde, el muy miserable. Continuaba a mirarlo porque me había aburrido de controlar ese paso estrechísimo, en el cual, cada tanto, desaparecía un cuadrúpedo saltarín, espantado al ver tremendo despliegue de guerreros. Pero él estaba muy atento. «¿No escuchás sus cascos ―repetía, mientras entrecerraba los ojos y ladeaba la cabeza para ver mejor a través de las filas de guerreros. Saldrán en cualquier momento» ―agregaba. Yo clavé mi lanza en el suelo y me relajé.  «No tendrías que hacerlo ―me advirtió. Cuando se nos vengan encima te tomarán desprevenido». En tanto que lo escuchaba miraba el cielo y sus pacíficas, caprichosas nubes blancas. Eran de buen augurio, me dije en aquel momento. Nada malo o imprevisto sucedería. Si hubieran sido violeta oscuro, con estruendosos resplandores instantáneos de color naranja, rojo y blanco atravesándolas, entonces, sí. Esas nubes espantosas que nos hacían correr de aquí para allá enloquecidos, aparecían puntuales poco antes de que la tierra comenzara a sacudirse, o de repente levantarse olas descomunales, o inundaciones de ríos que se hinchaban sin lluvias y arrasaban todo lo que encontraban a su paso, o incendios espontáneos, vapores ardientes que emergían de la tierra al improviso, o el reventar de montañas que vomitaban fuego y humo oscureciendo el astro mayor. Las que miraba eran blancas como la leche. Nada de espantoso podía suceder.

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