domingo

                                                                 Antropología Fantástica 11
Krof era uno que creía firmemente en la existencia del enemigo. Yo no lo sabía. Y si lo hubiera sabido no me habría preocupado más de tanto. Todos mis camaradas con los cuales había hablado respecto al enemigo, me confesaban, siempre a media voz, en secreto, que tampoco creían. Sin embargo, cuando estaban formados, prontos para escuchar la arenga, eufóricos por los zumos, todos invariablemente creían, simplemente porque no podían hablar con el camarada a su flanco. Estaban con la atención puesta en lo que debían escuchar y luego hacer: y obedecían ciegamente después. Continuaba a observar las nubes, plácido. Quise transmitirle mi tranquilidad a Krof y le dije que yo no creía en la existencia del enemigo y que se relajara. Escupí despreocupado, observándolas y queriendo irme con ellas. Él me miró por un instante, luego continuó a controlar el estrecho rocoso. No tendría que haber dicho nada.

Volvimos a nuestra ciudad decepcionados, escuchando decir a nuestros jefes que el enemigo no presentó combate por temor a nuestra organización y perseverancia, pero íntimamente satisfechos por no poner en peligro nuestros cuerpos y todavía eufóricos por los zumos embriagantes que en esas situaciones podíamos beber sin límite.

Al astro mayor siguiente me tocaba turno de vigilancia y, como de costumbre, me presenté a mi atalaya mucho antes de que se asomaran sus rayos. Luego del emocionante ritual de cambio de centinela, lo primero que hice fue tratar de ver si distinguía a mi dulce Aluna dentro de aquel hormiguero de hembras, pero algo, no inusual, por cierto (no supe entonces el por qué), llamó mi atención allá abajo, en mi ciudad. Nuestro principal comenzaba a pasar revista a la tropa. Llevaba el escriba y la escolta detrás. Caminaba lentamente deteniéndose en cada tienda y de ésta surgía rápido el responsable. Saludaba como todo buen combatiente: con un formidable y retumbante golpe a su pecho y súbito le comunicaba los eventuales problemas que los escribas anotaban diligentemente. Estando lejos me dije que las quejas serían siempre las mismas: lo exiguo de carnes rojas, los pocos permisos para salir, no hacia la ciudad de las hembras, sino por la otra puerta, hacia la libre tierra que está afuera de nuestra ciudad. También le mostraron un trípode de piedra para cocinar que por lo visto no se mantenía en pie. El principal lo tomó en sus manos, lo revisó y luego ordenó algo al escriba. Se estaban acercando a mi grupo de tiendas, cosa extraña pues el recorrido habitual hacía que mi puesto de descanso fuese visitado al final, pero enseguida comprendí el cambio de rumbo. Krof estaba en su escolta y señaló mi tienda. Se me heló la sangre. Mientras mi camarada responsable le comunicaba las carencias y las quejas de los guerreros que en ella dormían, vi que le decía al oído del principal que yo estaba de guardia en la atalaya. Éste me miró haciendo visera con la mano y de su escolta se adelantaron cuatro guerreros para escuchar su decisión. No me adelanté a los hechos. Había que esperar las órdenes. Ésta vino a los gritos desde allá abajo por parte de uno de los cuatro que me ordenaba descender. Tomé mi manta de cuero, apoyé al pretil de troncos la tromba de sonido lúgubre hecha con cuerno, envainé mi lanza a mis espaldas y comencé a bajar la escalera tambaleante de troncos. Miraba la ciudad de las hembras mientras la altura lo permitía y pensé en Aluna. Talvez no la vería más, o pasaría tanto tiempo sin verla siempre y cuando los dioses fuesen benévolos. Ya en tierra firme, un combatiente, que, corriendo se acomodaba el casco de cuero, pasó a mi lado. Se trepó veloz a la escalera para subir y ocupar mi lugar. La vigilancia no debía menguar jamás, era justo. Un guardia de los cuatro, mientras los otros tres me apuntaban con sus lanzas, me conminó la entrega de la mía y del pequeño puñal de piedra rosada.  Así inerme miré al escriba que, adelantándose, me preguntó mi nombre, número y clase de guerrero. Mi camarada que se había acercado, responsable de la tienda y de mi grupo, confirmó con un gesto la veracidad de mis datos. El escriba entonces anotó.
Me apartaron hacía un costado, siempre atentamente vigilado por los guardias. Fue muy extraño comprobar el cambio en ellos. A más de uno lo conocía, pero sus rostros, en aquellos momentos, parecían decir lo contrario, que jamás me habían visto. Por sus gestos, sus nerviosismos, sus sudar copioso daba la impresión de que frente a ellos tenían a un monstruoso e imprevisible enemigo que en cualquier momento se abalanzaría sobre ellos. El principal, después de mirarme y hacer un gesto de desprecio, continuó con su inspección seguido del traidor Krof dentro de su escolta. Al poco tiempo llegó un trineo tirado por mansas bestias, lentas y gordas. Dentro transportaba con las manos atadas una de las hembras de la ciudad y un guerrero de mirada torva, en cuclillas y también amarrado. A ella la conocía de lejos. Era Alina, quien había iniciado tiempo atrás la construcción de una extraña choza con sus comadres: el “lugar” lo llamaban ellas. Las vimos arrastrar pesadas piedras ayudadas por animales de tiro. Fue divertido comprobar que tiraban con más fervor que las bestias. Ellas mismas las descargaron con palos, cuerdas, contrapesos y tanta gritería. Luego las escuadraron después de jornadas enteras de trabajo, al final de las cuales terminaban completamente cubiertas de un polvillo blanco que les daban un aspecto de fantasmas. Nos preguntamos asombrados de dónde habían aprendido a hacerlo, ya que solo sabían cortar leña.

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