miércoles

                                                                Antropología Fantástica 12

Y continuaron a construir esa choza, o lugar, sin sacarse ese color del cuerpo. Con más troncos, cuerdas y tantas otras hembras que llamaron en su ayuda, consiguieron elevar cada una de esas pesadas piedras y colocarlas en su lugar hasta formar una choza... ¡de paredes rectas!, ya no de fango y paja, sino una choza con piedras blancas, más larga que ancha. ¡Era incomprensible! Pero lo extraño fue ver como consiguieron hacer, después de medir con hilos y estacas, altas columnas, bien cilíndricas, desbastadas con piedras más duras y que colocaron a la entrada y dentro de la choza de piedra. ¡Era el colmo! Por supuesto que inmediatamente fuimos a investigar porque nos parecía inaudito. Y entramos. Creo que el temor de los guerreros cuando estuvieron adentro, especialmente el del nuestro principal, se debió a esa insólita emoción que daba el interior silencioso de tal construcción jamás vista; alta, sólida y blanca, como también por el color de ellas que no abandonaron jamás. Y los extraños ritos que comenzaron a practicar dentro. Pero lo escandaloso fue que no se quería acoplar. Ella lo había hecho sólo una noche obligada con la fuerza. Se opuso hasta que no pudo más. Desde entonces nunca más apareció en las noches del astro de leche. Lograba siempre escabullirse. Con ella se llevó también otras hembras que siguieron su ejemplo. Y esto en mi ciudad no fue visto con buen ojo, especialmente por el principal. Nuestro caudillo consideró que, si la dejaba continuar con su perversa actitud, lograría agravar aún más el problema. En tanto ordenó tirar abajo esa choza de piedras. Protestando y con poca voluntad tuvimos que hacerlo nosotros, porque las otras hembras se oponían. Debía ser por eso que ella estaba sobre el carro maniatada. ¿De qué otra cosa podían acusarla? Hasta entonces no había ninguna prohibición para construir extrañas chozas de piedras, o practicar cualquier comercio.

El otro prisionero era un guerrero indisciplinado, ya lo conocíamos. Le gustaban demasiado los zumos embriagantes y visitar las hembras con excesiva frecuencia. Y poco le importaban los fustazos de castigo por visitarlas fuera de tiempo. Fue gracias a él que supimos que en la ciudad de ellas había una choza en donde se podía ir sin tener que esperar la noche del astro de leche. Sabíamos dónde quedaba, la veíamos desde la atalaya, una de las últimas.  Cuando me tocaba la guardia nocturna observaba, a la distancia, el continuo encenderse y esconder antorchas para entrar y salir. Hubiera querido ir yo también cuando tenía nostalgia de Aluna, pero era necesario dar toda la vuelta a nuestra ciudad, saliendo por la otra puerta, cuyos guardias no eran tan estrictos. Tendría que haberlos sobornados con una o dos pepitas amarillas, pero no me alcanzaría después para comprarme un cuadrúpedo. Además, no fui porque estaba seguro de que no olerían como Aluna. Sabía que no pedían tanto. Con conchillas, raspadores, puntas de huesos, o pulseras de piedras te dejaban estar encima y empujar sin oponer ninguna resistencia. Contaban maravillas los camaradas que las visitaban.

Cuando el carro comenzó a zarandearse con nosotros arriba, recordé que con aquella era la tercera vez que lo encerraban a Krag; así se llamaba ese guerrero indisciplinado. Creo que después murió, encima de una hembra, decían. Estaba seguro de que no saldría bien parado de la cuarta. Alina, con su cara y cabellos blancos, me miraba sin emoción estando en cuclillas, mas, estaba seguro de que no me veía realmente. Me dije entonces que de esa ella tampoco se salvaría. Esperé que su defensor fuera hábil como me lo auguraba fuese el mío. Ninguno de los guerreros más viejos recordaba juicios contra camaradas que no creían en el enemigo. No había memoria. Yo, por lo visto, sería el primero. Triste primado para mi amada ciudad.  Tampoco contra hembras que practicasen otro negocio como el de Alina. Era la primera vez. ¿Qué inventaría para esta nueva situación el acusador de turno?, me dije.

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