jueves

                                                                Antropología Fantástica 13

El juicio no se llevó a cabo inmediatamente debido a la cantidad de causas pendientes, la mayoría por reincidencia agravada en visitar a las hembras en tiempos prohibidos. Pocos por indisciplina militar, hurtos, borracheras y peleas, siempre que terminaran con muertos. En tanto esperábamos, nos encerraron en una celda excavada en la amarilla tierra, que a esa profundidad era de color ocre. Tenía una enramada de troncos cruzados y atados entre sí con cuerdas vegetales, a guisa de techo. Recuerdo que los nudos eran iguales a los que hacían las pescadoras. Desde ahí abajo podíamos ver el astro mayor, apenas velado por el polvillo amarillo que muy a menudo envolvía a mi ciudad. También a nuestros camaradas que continuamente pasaban mirándonos en silencio. Era una continua procesión. Nos observaban sin ninguna emoción en la cara, sabiendo que seguramente moriríamos. Talvez me equivocaba y lo único que hacían era esconder sus sentimientos. De cualquier manera, no le daba gran importancia porque era y soy un guerrero y morir era el destino con mayores probabilidades. Pero me llamaba la atención que vinieran a ver condenados a muerte con la misma cara como cuando nos cruzábamos en nuestra ciudad, sin conocernos. Quizás nos conocíamos, pero era imposible acordarse de todos. Por eso a veces comparaba mi ciudad con una ciudad de muertos que se conocían.

Krag, de repente y gritando, pues sin duda estaba molesto por el silencio que manteníamos, me preguntó de qué me acusaban. Se lo dije. Rio mostrando una dentadura feroz con algunos faltantes. «Yo tampoco creo ―me dijo―, pero no soy tan estúpido de andar diciéndolo». Entonces le pregunté el motivo de su detención, creyendo que sería por los zumos y las escapadas de la ciudad. «Por el enemigo ―me respondió con rabia―, por el enemigo ―y señaló Aluna. Estas son el verdadero enemigo. ¿No te diste cuenta? Fingen que no existimos, son casi igual a nosotros, pero no nos dejan dormir y cuando tenemos un astro mayor libre, no hacemos otra cosa que pensar en ellas, pero ellas no piensan en nosotros. ¿No son el enemigo, entonces?» Y la miró con desprecio. Recordé Aluna. No era ningún enemigo para mí. Todo lo contrario. Alina, como si la presencia de Krag recién la hubiera notado, abrió su boca por primera vez para decirle palabras incomprensibles. Escupió sin enojo, como distraída y lo señaló con el índice. El otro continuó mudo y su rostro empalideció y, como si obedeciera a alguien invisible, se sentó en el suelo de tierra húmeda. En esa posición no era tan feroz su apariencia. De repente cayeron algunas piedras sobre mi cabeza. Algunas terminaron a los pies de Alina que las miró y las recogió con curiosidad, pero Krag cambió de aspecto instantáneamente. Se levantó de un salto y su cuerpo tomó una rigidez de felino intentando ver de dónde y quién las arrojó. Miré hacia arriba y alcancé a vislumbrar a Krof que se alejaba riendo. Si salgo de esta ―me prometí―, algo tramaré para vengarme de su traición. Le pregunté a Alina qué era lo que vendían dentro de su choza de piedras. Me dijo que no vendían nada. Al ver que no entendía continúo. «El templo estaba hecho para que adentro se pudiera estar en paz». «¿En paz?» Le respondí que nosotros, la paz, la conseguíamos cuando nos reemplazaban de nuestra misión de vigilar y esperar. Ella se rio con esa manera mansa de hacerlo. Todas sus comadres se reían igual. Me ponían de mal humor. ¿Qué entendían esas criaturas por paz? ¿Sería lo mismo que pensar?, me pregunté.  De cualquier manera, también ella era... no, no era olorosa como Aluna, pero tenía unos hermosos tobillos, blancos por el polvo, que se veían a partir de donde terminaba su sayo. Sobresalían y se movían lentamente, como si estuviesen vivos cuando ella cambiaba de posición sus pies descalzos.  Me hacían recordar el pomo de la empuñadura de mi puñal de piedra, un pomo que a fuerza de acariciarlo y rasparlo quedó liso y brillante. Tenía los ojos muy extraños esa hembra, no era como las demás que miraban siempre desconfiadas. Ella lo hacía como si mirase más allá de uno, parecía que te atravesara con su mirada, que uno tuviera algo en las espaldas que no veíamos. Me disturbaba su mirada, pero quería seguir hablando con ella a pesar de sus ojos y su manera de hablar. Paz, pensar, rogar... ¿Rogar? Le pregunté qué era rogar. No rio esa vez. «Rogar es pedir, sin esperar nada, sólo pedir» ―me dijo después de quedarse en silencio un momento. «¿Crees también tú que el enemigo no existe?» le pregunté. «Sí que existe me respondió―, pero dentro del templo no puede entrar». Empecé a entenderla. Dentro del templo ella estaba al seguro. Yo estaba seguro con mis camaradas, con la ciudad ordenada y limpia, esperando el enemigo. Krag nos miró con desprecio. Es extraño, pero el rictus del desprecio lo alejó aún más de nosotros. Era un desconocido.

Pasaron tres astro mayor y sus noches, durante los cuales comimos mal y dormimos peor y, para mi asombro, comprobé que Alina no se movió de donde estaba y no cerró los ojos en ningún momento, siempre vigilados desde allá arriba por dos guerreros. Finalmente, después de sentir gritar órdenes y contra órdenes, se aproximaba nuestro turno para comparecer frente al juez, un sabio anciano según tantos, que había hecho una intachable carrera como oficial.

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