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                                                               Antropología Fantástica 2
 nuestros antepasados construyeron refugios del mismo material, con pequeños agujeros cuadrados en sus paredes laterales por donde pasa todavía hoy, siempre silbando, el viento helado. En esos refugios se entra por una apertura rectangular con arco encima, también de ladrillos, se hacen diez pasos y se sale por otra, igual a la de ingreso. Justo en la mitad, a través de un agujero en el techo y mediante escaleras de troncos, se llega a la cima de las atalayas de troncos que vigilan los alrededores. Desde ahí se podía observar ambas ciudades: la nuestra y la de las hembras. Ésta última comenzaba a partir de nuestra muralla y crecía continuamente, pero en honor de la verdad tengo que decir que lo hacía en forma caótica. A menudo me preguntaba cuál de las dos había sido fundada primero, pues a pesar de que los guerreros sacerdotes nos aseguraban que fue la nuestra, no he dejado jamás de considerar que salíamos de sus vientres. Era evidente que la de ellas habrá sido la primera. También eran de la misma opinión los camaradas que consultaba. Quien más, quien menos, repetían lo mismo. Por supuesto que esta certeza no se la habríamos jamás revelada pues son muy presumidas: no habrían perdido ocasión para echárnoslo en cara. Sin embargo, de acuerdo a lo poco que opinaban sobre esta primacía tan importante para nosotros, comprobamos con gran estupor que les importaba un bledo cuál de las dos nació primero. Era incomprensible. ¿Cómo podían existir ignorando un principio? El mismo desprecio mostraban cuando más de una vez nuestro amado principal les aconsejaba que vivieran más cerca de nuestra muralla, que no dejaran tanto espacio entre choza y choza, que demarcaran con claridad las calles y que, si querían, nosotros le construiríamos una muralla para sus seguridades.
(En este punto debo expresar una apreciación que en nada menguará la altura moral de nuestro caudillo: no creo que en aquella oportunidad nuestro jefe hablaba en serio. Seguramente lo dijo apremiado por la sucesión de recomendaciones, como para poner punto final a una sensata conversación. Si nos hubiéramos vistos obligados a construir otra muralla, se habría enfrentado a la enésima revuelta).
De cualquier manera una muralla es importante del punto de vista social, ya que los límites pueden verse, y esto ayuda a identificar a los de adentro y a los de afuera. Sin murallas defensivas ―agregaba nuestro venerado comandante―, cuando el enemigo se presentará ustedes serán presa fácil. Ellas respondían que, llegado el momento sabrían qué hacer; que si ese enemigo existía (Y ahí nuestro principal enrojecía de rabia por la ignorancia y falta de previsión de esas hembras desfachatadas), hablarían de cara a cara; y con respecto a los espacios que dejaban entre sus míseras moradas, lo hacían para tener al alcance de la mano verduras, legumbres y espacio para sus insignificantes cuadrúpedos y volátiles de tierra.  Además, agregaban, no entendían como nosotros, los guerreros, podíamos vivir todos amontonados y holgazaneando la mayor parte del tiempo.  

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