domingo

                                                            Antropología Fantástica 3

Y continuaron así, duras de seseras y engreídas, a vivir en una ciudad sin muralla, sin orden en la distribución de las calles, con chozas que crecían en cualquier lugar, y dentro de ellas, durmiendo amontonadas con hijos, madres, abuelas y amigas. Sólo dormían, ya que durante el resto del día andaban retozando al aire libre. Cuando llegaba la estación iban de caza y de pesca, nos vendían la carne de cuadrúpedos cornudos por cierto, siempre carísima que desgarraban con manos y dientes para extraerles la piel. Golpeaban con garrotes para ablandarla, gritaban y discutían por cualquier cosa. Caminaban descalzas en el barro de calles trazadas caprichosamente, debido a la continua agregación de nuevas y miserables chozas. Construían corrales; intercambiaban con avidez piedrecillas amarillas, conchillas, pequeños guijarros; cantaban en grupo, y hasta a veces se emborrachaban. Reñían muy a menudo, ¡y cómo!, pero cada siete astro mayor se reunían sin un motivo para cantar susurrando.  No muy distintas eran las que pescaban. Por pícaras se parecían, ya que siempre, o nos engañaban con el peso, o pretendían más de lo que valían sus peces. Llegaban hasta las puertas de nuestra ciudad con las cestas repletas a sus espaldas, porque, o no sabían, o no querían usar cuadrúpedos orejudos como las otras que arrastraban trineos colmados de leña. Estando casi todo el día cerca del mar eran mucho más limpias. Talvez por eso, además de que tenían menos pelos, y los que tenían era casi blancos, la piel oscura y los ojos se les tornaban más claros. Supuse que era debido a los reflejos del astro de leche sobre el mar. Las había observado más de una vez sentadas en la arena mirándolo. Quedaban como tontas. De repente emitían un murmullo que se transformaba en un aullido, como de animal. Después, a musitar extrañas palabras a coro mientras se zambullían en el mar. Y ahí desaparecían por largo tiempo. Me intranquilizaban porque, ¿cómo hacían para continuar a respirar debajo del agua? Cuando volvían a la superficie, completamente desnudas, volvían a observarlo, pero esta vez trataban de atraparlo, ondulando sus manos hacia el cielo de piedra negra. Por supuesto que el astro de leche ni se movía, pero ellas, bailando en círculo, se lo pasaban de mano como si lo hubieran desenganchado de allá arriba. Continuaban de esa manera, siempre girando en torno, pasándoselo hasta que llegaban las primeras luces del nuevo día. Entonces, con los mismos gestos de cuando aparentemente lo robaban, lo volvían a poner en su lugar, y al improviso, como si se despertaran de un sueño, comenzaban a prepararse para la pesca. Ellas mismas tejían las redes que luego arrastraban hasta donde la profundidad se los permitía. No les temían a las olas, al contrario, las enfrentaban sin vacilar, y cuando emergían, se acomodaban el cabello riendo a borbotones. Cierta madrugada se detuvieron a observar a Bruk que arrastraba un montón de troncos. Este es un camarada inquieto e ingenioso. Al contrario de nosotros, que solo al pensarlo se nos paraban los pelos, es uno de los pocos que se atrevía a meterse en el mar. Trataba de andar sobre el lomo de las aguas, nos decía. Unía troncos entre sí, se subía sobre ellos y con una pértiga que hundía en el fondo de la arena empujaba. A veces lograba avanzar contra las olas, pero irremediablemente terminaba dentro del agua salada, y los troncos de su invento, ya descuajeringados y a la deriva, rodando llegaban a la playa. Maldecía una y otra vez, pero comenzaba de nuevo a atarlos. Después de dos intentos, siempre con la burla de ellas cuando volvía derrotado y vomitando agua, lo convencieron a duras penas ya que Bruk desconfiaba de ellas que retornara más tarde, y cuando lo hizo se encontró con todos sus troncos bien sujetados. Al poco tiempo ya andaba más allá de las olas, gritando a los cuatro vientos. Y no se asustó cuando comprobó que su pértiga era inútil por la profundidad distinta. Avanzaba lo mismo golpeando el agua, de un lado y del otro.  No obstante la ayuda de ellas, sabíamos que un día lo conseguiría porque era muy testarudo, si bien su alegría no le duró más de un astro mayor sobre ese mar traicionero por culpa de esa pérfida hembra vendedora de cuerdas, Alema. Las que le había vendido eran de pésima calidad, no así sus nudos intrincados. Se pudrieron mientras él navegaba. Aferrado a uno de los troncos, tragando agua, llegó hasta la playa, dispuesto a comenzar otra vez, y les pidió a las pescadoras que le revelasen el secreto de esas ataduras misteriosas, pero ellas se negaron. Fue una nueva humillación para todos nosotros. Tendría que haberlo sabido que no se podía confiar en esas tramposas. Sin embargo, porque los dioses miran más allá de la iniquidad, cuando nuestro principal se enteró de su hazaña, Bruk recibió los elogios de la ciudad y sus autoridades por haber dado una contribución tan importante para el progreso, e inmediatamente recibió órdenes de estudiar una manera de llevar un ejército completo sobre esos troncos. Bruk casi no podía caminar por el orgullo. Como a todos nosotros, por un honor recibido, se nos inflaba el pecho, como de piedra, pero él estaba a punto de reventar. Por supuesto que al enterarnos de que un día tendríamos que enfrentarnos contra esa masa oscura y fría, le hicimos llegar nuestro desacuerdo al principal. Éste tuvo que recurrir a la persuasión primero, y a los fustazos después para convencernos de que, en vez de ir por tierra desconocidas en busca del enemigo, o ver qué había más allá, también se podría ir por mar. Cuando ellas se enteraron de tal honor, por sus índoles perversas, se opusieron con mayor tenacidad a revelarle el secreto. Nuestro camarada no se dio por vencido. Continuó a cortar árboles, muchos más altos en vista de una empresa mayor, a juntarlos y tratar de atarlos, a pesar de que entonces tenía dos problemas: el misterio de los nudos, y la mala calidad de las cuerdas. Con los nudos traté de ayudarlo, pero Bruk, así como era intrépido e ingenioso, también era, pero en medida mayor, duro de seseras. No fue capaz de aprender. Ellas continuaban a tejer sus redes con unos movimientos de manos imposible de seguir. Y esto me desorientaba. Supe que también nuestro principal sufría por tal misterio. Pero la respuesta era simple: no podíamos entenderlo porque nosotros, aparte de limpiar, empuñar y afilar las armas, jamás moveríamos nuestras manos para hacer otra cosa, y menos tejer. El misterio de los nudos se me reveló a través de mi Aluna, que a su vez lo aprendió de una tal Amarina. Tenía nombre de mar esa pescadora soberbia. Era un secreto que se transmitía de madre a hija, jamás a los varones, porque decía que era inútil, que inventaríamos cualquier pretexto con tal de no aprender esa tarea de hembras. Y mi Aluna me lo reveló a mí. Era dificilísimo: un giro completo, pasarlo por debajo, y ya encima, pasar la punta por el círculo formado y después tirar fuerte. Lo guardé como un secreto, y como tal continuó a ser, ya que Bruk no aprendió a hacerlo.

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