martes

                                                                  Antropología Fantástica 4
Mi dulce Aluna. También ella, en aquellos tiempos, se sentaba sobre la amarilla tierra para hablar con sus comadres… tanto. Desde la atalaya no podía oír lo que decían, pero deberían ser cosas muy importantes viendo sus gestos. Nosotros no hacíamos tantas reuniones y menos con esos movimientos ampulosos, pues nos distraían de la debida atención. El enemigo, nos aleccionaban, podía aparecer mientras uno menos lo esperaba. Sólo nos reuníamos para oír las arengas que nos llenaban de fervor. Esas hembras siempre fueron un misterio para mí. Andaban siempre inquietas y todo lo que hacían lo hacían con esa parvada de mocosos detrás. Trataban siempre de engañar a nuestro principal con las edades de sus hijos haciendo gestos exagerados, desnudándolos para que viera la falta de pelos y el tamaño de las sagradas armas, abriéndoles la boca para que mostraran los dientes, pellizcándolos para que chillaran. Según ellas eran siempre demasiados jóvenes, por tanto, no aptos para la leva. Nuestro caudillo las escuchaba con grande paciencia sin dejarse engañar. Sabía que eran mentirosas, astutas, pero él conocía bastante bien el cuerpo de los guerreros y enrolaba a los ya pronto para que se sumaran a la ciudad de los guerreros, sin importarle los gritos de sus madres. Se preocupaban más por los hijos varones, porque, según ellas, cuando se transformarían en intrépidos soldados morirían en una batalla sin adversarios, o en una de las tantas escaramuzas entre nosotros, o rebeliones contra el principal de turno. Y si no sucedía con lo anterior desaparecerían al formar parte de esos ejércitos que cada tanto partían para descubrir la guarida del enemigo, o para ver qué había más allá de los horizontes. A las hijas no les prestaban tanta atención. Estando todo el día detrás de sus madres aprendían lo esencial, o sea abastecernos de carne y leña, con precios bastante caros, por cierto, pero sobre todo prepararse para esperar la noche del astro de leche. Según Alarfa, esa vieja sin pelos en la lengua, muy atrevida, el problema grave eran esos… excesos necesarios; sí, eso fue lo que dijo, o sea los varones que criaban de una manera y después resultaba que no los conocían cuando se transformaban en intrépidos combatientes. Me irrité al sentirme llamar de ese modo. Yo no me consideraba un exceso necesario. ¡Faltaba más! ¿Qué harían sin nosotros? ¿Quiénes las defenderían contra el posible enemigo? A menudo era muy engreída esa vieja. Se divertía haciéndonos escandalizar. Como ya era vieja y no participaba en la noche del astro de leche, se dedicaba a cortar leña para vendérnosla con otras socias tan viejas como ella. La encontré cuando vagaba por el bosque en un astro mayor de franco. Aunque ya anciana todavía tenía el cuerpo redondo y brazos fibrosos, delgados, enérgicos. Era ella, la muy atrevida, a burlarse de nosotros cuando esperábamos ansiosos la caza de las hembras en las noches del astro de leche. Se reía a mandíbula batiente, se levantaba el sayo y nos mostraba su tesoro viejo esperando que algún guerrero cayera en su trampa. Y continuaba a mofarse, la muy impertinente, cuando nos veía correr como cuadrúpedos detrás de las hembras. Me había sentado para verla cortar leña y sudar, pero a cada golpe me miraba y hacía una mueca burlona. Hasta ese momento yo no sabía quién era ella.  «Te gusta Aluna, ¿no es cierto?»  ―preguntó de repente.  ¿Cómo lo sabía? Me levanté para irme pues me dije que era una de esas hembras que hablaban demasiado y creían conocer más de lo debido. Era eso lo que nos decían nuestros sacerdotes guerreros, ordenándonos de evitarlas, no frecuentarlas... «Bueno, ¿te gusta o no?» Y continuó a dar formidables golpes con su hacha de piedra. Sus cabellos negros como nido de volátiles, con rayas de mechones blancos y sus arrugas le daban un aspecto inquietante. «¿Y tú, como lo sabes?» ―pregunté.   «Pues creo que soy su madre. Cuando es la época de parir ―continuó―, parimos todas al mismo tiempo. La ciudad se llena de vagidos de los recién nacidos. Es una confusión por la alegría. Entonces sucede que los hijos de una se mezclan con los de otras, pues yendo de brazo en brazo al final terminan en regazos extraños.  Es un hermoso lio, pero sabemos que no corren peligro. Estoy casi segura de que soy su madre. Ella me lo ha confirmado pues dice que reconoce mi olor. Además, se encuentra muy a su gusto estando conmigo. Me ha contado de vos ―añadió, mirándome en forma misteriosa, cerrando un ojo―, pero tengo que decirte que es muy estúpida esa mujer, demasiada buena, no tiene garras». Me levanté dispuesto a irme escandalizado. «¡Hazle caricias mientras empujas!  En las mejillas y en la nuca ―me gritó cuando me alejaba. ¡Bésale la boca!  Verás que te hará gozar más...» Y comenzó a reír, la muy desgraciada... ¿Acariciarla? ¿Besarla en la boca? ¿En la boca?  No se pueden hacer dos o tres cosas a la vez... Yo no soy capaz. Apenas si la miro a los ojos porque para otro lado es imposible mirar. Me ha hechizado en un momento de distracción de los dioses. Además, debo tenerlos siempre abiertos... Ella, con sus inmensos ojos negros sí que me miraba.

No hay comentarios.:

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web