miércoles

                                                           Antropología Fantástica 5

El campo de la leña donde la encontré estaba lejísimo de mi ciudad. Fui hasta ahí aun sabiendo que era arriesgado hacerlo, y encima solo, ya que el peligro de que apareciera el enemigo estaba siempre latente. Fue en aquellos tiempos que comencé a dudar de su existencia. Regresando, además de hacerlo con atraso, tuve que apurar el paso, pues la noche afuera de mi ciudad es horrenda, con su bruma, pegajosa y salada. Antes de cruzar el portón comprobé que era tétrica cuando la envolvía la oscuridad. Idéntica a una mole fosca, como un animal echado y al acecho, solitaria, con sus murallas altas y amenazadoras recortándose, casi confundiéndose con el cielo, cielo como una gigantesca piedra azul oscura. La única señal que en esa oscuridad me decía que no era toda una con lo que la rodeaba, eran las antorchas de las atalayas, con sus guardias que seguramente estaban controlando mi retorno. Yo no los veía, pero ellos sí. Si no hubiera sabido que adentro estaban mis camaradas, y que a pesar de que todos ellos no tenían necesidad de mí, pero yo de ellos sí, se diría que era una ciudad para muertos, e inmediatamente di gracias a los dioses por habernos obligados a vivir todos juntos al seguro. Tuve problemas para entrar pues no regresaba en el tiempo convenido.  Las velas de control ya casi se habían consumido, y las muecas en ellas, en la cuales tendría que haberme hecho presente, ya no estaban.  Esperé lo peor. Pero no, gracias a los dioses compasivos ese jefe de guardia fue bastante tolerante. Sólo me dio un puntapié en el trasero y un par de planazos con su lanza. Todavía lo recuerdo, pero no hizo denuncia a pesar de su indignación.  Si lo hubiera hecho seguramente que terminaba otra vez estaqueado. Ya habría sido más de una vez. Era y es peligroso haber sido estaqueado más de una vez: la próxima podía ser fatal. Tendría que haber vuelto más temprano, pero como tenía un astro mayor libre me olvidé del enemigo, y además me topé con Alarfa. Vagabundeando de aquí para allá, sin nada que hacer, me vinieron una cantidad de motivos distintos para hablar, pero mis camaradas no conocían otro tema que no fuera el del enemigo, con interminables historias de sus inciertas apariciones y suposiciones de su existencia. Las conversaciones se hacían tan pero tan densas, que a un cierto punto estuve convencido de que el enemigo existía, como lo creía cuando apenas me reclutaron. Tuve que hacer un esfuerzo para recordar que ni mis posibles padres vieron uno.  Por lo menos las mujeres viejas no hablaban de eso. Además, se reían. Del enemigo y de nosotros. Y eso no estaba bien. Si llegaba a saberlo el principal, seguro que las habría perseguido y castigadas. “No nos preocupa ―me contestó Alarfa cuando se lo dije. No creo que nos encuentren. Ustedes, fuera de su ciudad no ven más allá de sus narices. Y si nos llegasen a encontrar, bueno, algo haremos, no nos dejaremos castigar como otras veces”. Era verdad. No tenía memoria desde cuándo, pero siempre se castigaban algunas hembras viejas, con las más que justificadas razones. De un lado porque eran viejas, pero más que nada porque amaestraban a las hembras reproductivas diciéndoles que era una prepotencia la fiesta de la noche del astro de leche, que fiesta era solo para nosotros. Y si las hembras consentían era porque el guerrero era más fuerte. No tenía que ser una cacería como los guerreros la llamaban, no es ninguna cacería, no somos el enemigo ―me decía la vieja. Yo no encontraba nada de malo en esa fiesta. Todo lo contrario. No veía la hora de que llegara, pero algo inexplicable sucedió al conocer a mi dulce Aluna. Cuando después de una veloz y decisiva trifulca a mi favor para llegar primero, e inmediatamente, babeando, comencé a empujar sobre ella, sentí por vez primera su mirada que, debo reconocerlo, me hechizó. No era como las otras que, además de no mirarme, me agarraban a mordiscones, especialmente las orejas, o a puñetazos, o patadas a mis sagradas armas. Ella no. Me miraba mientras empujaba. ¿Qué había sucedido? ¿Los dioses se distrajeron por un instante dejándome a merced de ella? Es muy bochornoso confesarlo, pero en aquellos tiempos comenzó a nublarse mi vista y a querer estar siempre al lado de ella, dormir con ella a mi lado, y eso no estaba bien. Un guerrero debía tener siempre los ojos limpios y atentos porque el enemigo, según mis superiores, era artero e imprevisible. Temí que ella lo divulgara porque se dio cuenta de lo que me sucedía, mas no dijo nada y guardó el secreto para siempre. También ella había visto algo inexplicable en mí. Fue la primera vez que compartí un secreto con una hembra, y este particular me turbó por bastante tiempo, ya que jamás había compartido uno con mis camaradas. Estos habrán visto algo insólito en mi comportamiento ya que comenzaron a evitarme, señalándome, con una especie de envidia y de reproche, como la víctima inevitable de turno, el ingenuo hallado en el momento equivocado, el tonto en el único lugar donde no tendría que estar. Yo estaba al corriente de tal peligro, porque hubo otros con el mismo defecto que terminaron mal ya que no se podía traicionar a la ciudad, pero, ¿cómo podía saberlo que se presentaría justo cuando toda mi ansiedad y urgencia estaban exclusivamente dedicadas, y por consiguiente yo completamente inerme, a empujar sobre ella? Por suerte, gracias a la eterna benevolencia de los dioses hacia sus guerreros y a mi férrea educación, tales efectos no pasaron a mayores. Continué a vigilar desde mi atalaya, pero ya no era lo mismo. El tiempo que el astro de leche empleaba para transformarse de con cuernos hasta redondo para dar comienzo a la caza, era interminable. Comenzó a dolerme el estómago y a faltarme el respiro. Hacía un esfuerzo enorme para no cerrar los ojos. Yo ya estaba convencido de que el enemigo no existía, pero rogaba a los dioses para que nos lo mandara. Prefería luchar contra fantasmas, y ojalá morir, que esperar. Y a la siguiente caza a las hembras casi muero. Nos habíamos puesto de acuerdo con mi dulce Aluna para encontrarnos en un lugar secreto cuando llegase, un lugar que solo los dos conocíamos. Ella se retiraría a las afueras de su ciudad, donde terminan las calles de barro y comienza la verde hierba, evitando el caos de guerreros y hembras en estampida que se formaba en la parte con más chozas. Yo sólo tenía que dejarme llevar guiar por su olor en el laberinto de sus calles. Según ella yo también olía, pero no sabía decirme a qué. Creo que olía y huelo aún hoy a cuero y a sudor, y eso le gustaba. El olor a cuero era exactamente igual al de cuadrúpedos al galope que algún día compraría. Entonces pasaría de guerrero a pie a guerrero montado, y este ascenso me daría mayor prestigio y ella estaría más orgullosa de mi. No fue difícil ubicarla. Mi instinto me llevó al galope donde estaba, añorando estar a su lado después de empujar, pero al llegar tuve que detenerme y hacer un esfuerzo para no atravesarlo con mi lanza. Por más que hubiera corrido veloz, no pude contra uno de esos guerreros que vencía siempre en los certámenes de carrera a pie que organizaba mi ciudad. Mi vista se nubló de rojo, y si no fuera que ese inocente camarada me daba la espalda desnuda mientras empujaba, ahí mismo hubiera quedado seco de un lanzazo. Mi integridad y honor de guerrero no habrían jamás permitido matarlo a traición.

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