viernes

                                                              Antropología Fantástica 6

Otra vez los dioses se habían distraído por un momento. Cuando finalmente estuve a su lado le confesé lo que había querido hacer con ese camarada, y ella, la muy descarada, riendo me dijo que no tenía que hacerlo y tampoco pensarlo. «¿Pensar? ¿Qué es pensar?»  ―le pregunté. La muy desfachatada volvió a hacerlo, como si se burlara de una ignorancia que yo desconocía. Entonces me dijo que lo entendería mejor si yo, en vez de tener los ojos abiertos mientras esperaba al enemigo, los cerrara y comenzara a decirme cómo, cuándo, por qué y por donde llegaría. Al principio me opuse con fuerza a su consejo simplemente por insensato. Nosotros, cuando dormimos, que es el único momento durante el cual los cerramos, lo hacemos sabiendo que hay un confiable compañero que los tiene muy abierto a nuestro lado. Y se lo dije con fiereza. Lo que sucedió después fue toda culpa de los dioses, que otra vez miraban para otro lado, o no sabían qué otro espanto crear y mandar a la tierra para afligirme. Ella alargó sus brazos y con sus manos hizo que los cerrara. Entonces llegó la oscuridad, igual a cuando dormía, sabiendo que había un camarada de confianza que velaba por mí, pero, sin embargo, era ella la que estaba a mi lado y no lejos, en su choza. ¿Cómo era posible entonces que yo me sintiera tranquilo y al seguro estando despierto, pero con los ojos cerrados? Tampoco me asaltó el miedo a la oscuridad cuando los cerré, como nos advertían los guerreros sacerdotes. Todo lo contrario. Era una tranquilidad llana, igual a cuando agotado por una lucha en la cual salía vencedor, llegaba el descanso reparador, o como cuando terminaba de empujar sobre ella. Era la primera vez que los cerraba estando despierto, y hubiera querido continuar así, para siempre. Hasta el odio por el que se me había adelantado comenzó a diluirse. Mi dulce Aluna despegó sus manos de mis ojos, pero yo continuaba a tenerlos obstinadamente cerrados, entonces, en la quieta oscuridad que no quería perder, las busqué a tientas para que continuaran a oscurecerme y, cuando las encontré, volví a depositarlas en ese lugar, sobre mis ojos. No sabía si estaba sobre una atalaya o en su choza, o flotando sobre mi ciudad, sintiendo su olor a hembra, y se lo dije. Ella me preguntó si, además de sentir su olor la veía. Le dije por supuesto que no. ¡A veces tenía cada ocurrencia! ¡Cómo podía verla en la oscuridad!  Entonces me recordó una de aquellas preguntas, el “cómo”, que servía, tanto para pensar como para imaginar según ella. «¿Cómo soy?» ―me dijo. Fue ahí que comencé a considerar que los dioses no eran tan fiables. O se distraían por nada, dejándonos inermes de frente a ellas, o llegaban tarde, tarde para evaporar su imagen que se formó de repente cuando me pregunté cómo era, aparición que me hizo sobresaltar. Estaba ahí, dentro de la oscuridad de mi cabeza, desnuda, sin olor y sin palabras. Si para mí era linda en carne y huesos, lo era aún más dentro de mi cabeza que se negaba a aceptarla. Y, sin ningún motivo, al imprevisto sentí que un cansancio enorme me aplastaba. Entonces la busqué con mis manos para atraerla hacía mí. Quería tumbarme con ella sobre la amarilla tierra y a su lado dormir, pero mi dulce Aluna me quería encima. Qué hembra. Al principio me negué porque no quería que su imagen me abandonara, pero ella, la real e insatisfecha, comenzó a buscar mi lengua y a tocarme las sagradas armas. Con los ojos bien abiertos, dioses, ciudad, guerreros e imágenes desaparecieron debido a la urgencia. La próxima vez, no sé cómo, tendré que ser más veloz para llegar primero. No me dejaré vencer por nadie. Correré como un cuadrúpedo a quien persiguen furiosos ululupis.

Me desperté pegado a sus ubres, sintiendo su olor. Ella se esforzaba en penetrar mis cabellos enmarañados con sus dedos tratando de acariciarme. Cerré nuevamente los ojos y, en silencio, otra mujer desconocida tomó su lugar dentro de mi cabeza. Supe que era mi madre, mi verdadera madre, no una de las tantas que criaban huérfanos o abandonados junto a los propios. Fue un momento, pero por fin la conocía. Era como siempre esperé que fuera, con sus ubres abundantes, su vientre tibio, que revisaba y cada tanto extraía algo de mis cabellos. Pregunté que pasaba, porque a lo lejos sentía gritos e insultos de camaradas y aullidos de hembras. Mi dulce Aluna, continuando a acariciarme, me dijo que no me preocupara, que continuara a dormir, que sucedía lo de siempre, pero lo de siempre no podía dejarme indiferente pues era una escaramuza, siempre violenta y a veces fatal, entre camaradas, en mi amada ciudad. Otra vez había surgido una reyerta debido a que una hembra tenía más de un pretendiente. Los gritos que escuchaba era el resultado de la intervención de la guardia interna del ejército, en su mayoría guerreros más ancianos, pero todavía vigorosos, que ya no participaban en la persecución y volteo de hembras. A golpes de garrotes estarían restableciendo el orden para que la caza pudiera continuar. Con toda seguridad se les estaba yendo la mano con los golpes para imponer la disciplina, y más de un guerrero quedaría inconsciente, boqueando y patas para arriba con la cabeza sangrante. Solamente si moría era un problema grave, ya que la hembra causante del conflicto, en vez de acoplarse, antes tenía que curar a ese desgraciado. Y lo estaría haciendo con esa facilidad que tienen para pasar de un estado de excitación a otro de cuidado. Son muy extrañas estas criaturas. No son como nosotros que, cuando nos excitamos, no encontramos tranquilidad hasta que no hemos acabado, así sea luchando o empujando.

No hay comentarios.:

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web