domingo

                                                          Antropología Fantástica 7

Regresé a mi ciudad junto a mis camaradas en mitad de la noche, cuando el astro de leche comenzaba a morir, invadido por una extraña tristeza. No me sentía feliz como ellos, que, borrachos o no, se intercambiaban a los gritos el relato de lo que les había sucedido mientras atrapaban a las hembras, con precisión de detalles. Hasta los que tenían la cabeza partida por los garrotazos de la guardia lo hacían, mostrando, además, sus heridas como un trofeo. Qué guerreros. Ningún peligro los detenía. En el portón de entrada de nuestra ciudad nos contaron uno por uno, para saber si faltaba alguien. No era la primera vez que un guerrero justificaba su retardo diciendo no haber oído el cuerno de llamada, y por estar un poco más con las hembras se sometían sin chistar a los tres fustazos de castigo. Después del recuento resultó que faltaba Bruk, no podía ser otro. Habrá creído que como lo habían decorado por la invención de las naves, se podía tomar ciertas libertades, pero no se libraría de los latigazos. Llegamos a nuestra tienda y no pudiendo conciliar el sueño, abandoné a mis cuatro camaradas con los cuales la compartía que ya roncaban. Mi sagrada muralla me lo donaría mirando las chispas quietas del cielo negro, me dije, siempre y cuando el recuerdo de Aluna me lo permitiera. No hubo caso. No tuve más remedio que comenzar a manipular mis sagradas armas para que ella dejara de angustiarme. Y poco me importó las terribles consecuencias que sufriría según los guerreros sacerdotes. En vista de un posible enfrentamiento con el enemigo, nuestros cuerpos tenían que estar enteros, ni una gota tenía que abandonarnos antes del combate ―nos avisaban ceñudos. Por eso bebíamos zumos embriagantes antes de los eventuales combates. El temible adversario no se había presentado desde que me enrolaron, tantísimos astro mayor atrás, y tampoco lo habían visto mis posibles padres. Hubiera sido demasiada mala suerte si se presentaba justo en ese momento. Aluna valía la pena correr ese peligro en soledad. Continué despierto pensando en ella hasta que el astro mayor comenzó a asomar su cresta.Y así, sin sueño todavía y entristecido inicié mi turno de vigilancia desde la atalaya. Lo primero que hice fue ver si podía verla de nuevo, pero ya la ciudad de ellas parecía un hormiguero. Era un astro mayor de mercado y súbito después de nuestro portón, siempre en su ciudad, porque no podían hacerlo en la nuestra, vendían y compraban de todo. Había llegado un trineo cargado de leña, el de Alarfa, arrastrado por dos hembras y un cuadrúpedo, viejos los tres. Cuadrúpedo que con seguridad le habíamos comprado cuando potrillo y luego, ya viejo, se lo volvíamos a vender. Era normal vendérselos ya que no nos servían, pero ellas los querían regalados. Algo de razón tenían, pero era un misterio el interés que tenían por esos animales inútiles. Nuestro principal conjeturaba que con toda seguridad los dejaban libres, para que murieran de viejos, lejos de nuestras murallas. Si era cierto era una actitud incomprensible: dejar libres a animales que ya no servían para nada. Morirían de cualquier manera. ¿Cuál era la ganancia? En el momento de las tratativas por esos cuadrúpedos desahuciados, comenzaban a regatear el precio de una manera tan hábil que sacaba de quicio a nuestro principal. Mientras los acariciaban les controlaban los pocos dientes que tenían, el inexistente brillo del pelo, los cascos gastados, las orejas y piel tajeadas. Lo hacían a propósito para acusarnos de que tendríamos que avergonzarnos por deshacernos de animales en ese estado y encima pretender el pago. A nuestro principal se le deformaba la cara cuando se lo referían. Al final pagaban, poco, pero pagaban. Eran indispensables esos cuadrúpedos, sobre todo para los caballeros. Teníamos que tener de reserva y siempre jóvenes, como corresponde a un ejército. Desde mi atalaya podía ver el corral en donde los reuníamos. Siempre estaba envuelto en una nube de polvo amarillo debido a que, o nuestros guerreros ociosos se divertían montándolos y castigándolos, o corrían espantados por los ululupis que introducían en sus corrales para mantenerlos siempre en tensión. Las hembras los atrapaban siendo pequeños, los alimentaban por un largo período de tiempo y luego se acercaban a nuestra muralla para venderlos, siempre carísimos. Se detenían con todos esos animales jóvenes detrás en el portón de entrada, y ahí comenzaba el tira y afloje. Ellas no podían entrar, porque si lo hubieran hecho nuestra ciudad sería impura. Eso decían los sacerdotes. Si las hembras eran un misterio para mí, no lo eran menos estos últimos. No entendía cómo hacían para no participar en la noche del astro de leche. Pasaban la mayor parte del tiempo sentados sobre la muralla, mirando el cielo y escribiendo, de noche y durante el astro mayor. A veces decían mmm, sí. Y continuaban a escribir. Así como de a poco comencé a no creer en la existencia del enemigo, también inicié a tener dudas sobre todo lo que nos decían. Cierta vez, uno de estos que andaba siempre detrás de nuestro principal, nos dijo que propondría a los jefes un estandarte de identificación para nuestro ejército. La idea nos entusiasmó, ya que, flameando y siempre al lado de nuestro caudillo, en la confusión de tantos guerreros, podíamos orientarnos para saber de dónde venían las órdenes. Nos exaltamos aún más cuando nos dijo que el emblema tendría que ser un animal macho. Sí, gritamos todos, vibrantes por la emoción. Fue excitante creer que podíamos ser uno de esos peludos que se alzan en dos patas cuando se enojan, o un ululupis feroz, o un cuadrúpedo no orejudo, brioso y rápido como el viento. Estos animales fueron nuestra propuesta inmediata. El sacerdote guerrero agregó que él pensaba en esos volátiles que planeaban en las alturas, con las alas inmóviles, vista agudísima y siempre atentos para descubrir y desplomarse sobre la víctima como un rayo. La verdad es que nos desorientó por unos instantes ya que lo considerábamos inteligente por ser un sacerdote. Para comprobar que eran machos no se necesitaba tanto conocimiento si eran de la tierra; de lejos era evidente, pero, ¿cómo saberlo de aquellos que andaban en el aire y apenas se veían? Cuando se lo hice notar el sacerdote refunfuño algo y no dijo más nada. Por supuesto que por el estandarte pasaría bastante tiempo hasta tener uno.
Cuando Alarfa y sus comadres comenzaron las tratativas por el trineo repleto de leña, me pregunté cuánto nuestra ciudad pagaría de más esta vez. El precio jamás era el mismo, siempre más caro. Para justificarse decían que tenían que ir más lejos a derribar árboles, o porque la lluvia o la nieve que no esperaban no les permitía salir y algunas de ellas enfermaba. Era incomprensible. ¿Qué tenían que ver esas cosas con el valor final? Sin embargo, los precios volvieron a bajar inexplicablemente cuando otro grupo de hembras viejas comenzó a hacer el mismo negocio. Para nuestro asombro cada vez costaba menos la leña, pero en cierta ocasión que se encontraron los dos grupos por casualidad frente a nuestro portón vendiendo lo mismo, se agarraron de los pelos y a los mordiscones. Fue un espectáculo inolvidable esa trifulca de hembras. Desde nuestra muralla comenzamos a apostar por unas u otras. Al vernos desde allá abajo cómo nos divertíamos a sus espaldas, dejaron inmediatamente de arañarse, hablaron entre ellas, se pusieron de acuerdo en algo que no llegamos a oír e inmediatamente se marcharon. Volvieron unos astro mayor después, todas juntas y por lo visto más que amigas, con sus trineos cargados, pretendiendo sin avergonzarse precios aún mayores, precios que nuestro principal, hastiado de sus comportamientos innobles se rehusó firmemente de pagar. No podía ser ―gritaba rojo de rabia― que, por el peso equivalente a un guerrero de mediana altura, sano y bien nutrido, la leña que antes costaba una pepita de metal amarillo, después pretendieran el doble. Y salió a encararlas en la puerta de nuestra ciudad para dejar las cosas bien en claro, con todo su séquito detrás: escribiente; primero, segundo, tercero y cuarto principal y guardia del cuerpo. Ellas, las muy soberbias, al ver todo ese despliegue de fieros guerreros que no cederían a sus prepotencias, le dijeron a nuestro principal que no era necesario tanta gente para decir que no comprarían. Y se marcharon con sus trineos desbordantes de leña. Pareció que había sido una buena lección, y no dudamos en dar hurras a nuestro comandante por su inflexibilidad…, pero el invierno llegó, y fue duro. Recordando este hecho todavía siento la vergüenza por haber cedido frente a tal innoble extorsión. Muertos de frío y moqueando le rogamos a nuestro caudillo que cediera, que la leña era necesaria para los fogones. Pero él continuaba en sus trece, envuelto con sus pieles, de los pies a la cabeza. Para convencerlo estuvimos a punto de desencadenar una revuelta, con la mitad de los conjurados enfermos. Preferíamos morir con las armas en mano antes de congelarnos. Pero la leña, finalmente, llegó, porque también nuestro principal, aun si no lo demostraba, sufría por la rigidez del frío.

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