lunes

                                                           Antropología Fantástica 8

Jamás tuvimos buenas relaciones comerciales con esas ávidas, que, muy a nuestro pesar, eran imprescindibles para nuestra subsistencia. Al poco tiempo de la leña de Alarfa y sus socias, surgió el problema de las cuerdas, tan necesarias para tiendas y armas. La proveedora se llamaba Alema, la misma infame que le había vendido a Bruk aquellas cuerdas de mala calidad para ligar sus troncos. Ya no era joven y había dejado de parir. Sus críos la seguían y le estaban alrededor como insectos, desde el más pequeño hasta aquel otro, uno que no fue reclutado en su oportunidad por su horrible aspecto. Era una gigante todo blanco que apenas sabía hablar: gesticulaba y refunfuñaba. Nos llenaba de inquietud y espanto al verlo, especialmente a nuestro principal. Cada vez que lo encontraba se apartaba de un salto, daba vuelta la cara y se tocaba las sagradas armas. Sin embargo, su madre, sí que entendía lo que decía. No sabíamos cómo. Le obedecía ciegamente, como los otros menores. Era un pequeño ejército bullicioso con una jefa previsora y deshonesta para los negocios. Jamás le faltaban las cuerdas vegetales trenzadas. Sabiendo que teníamos necesidad, ella esperaba que nuestro principal aumentara su oferta. No tenía apuro, pero nosotros sí. Entonces, cuando nuestro caudillo juraba y re-juraba que estaba de acuerdo con el precio, ella desaparecía por bastante tiempo desconcertándonos, para volver después cargada de ovillos, siempre rodeada de su prole harapienta. En una de aquellas compraventas nos sucedió que, al tratar de usar las cuerdas, era imposible encontrar la punta de esos prolijos ovillos. Entonces, nuestro venerado principal, sintiendo las incontrastables quejas de sus subordinados, y comprobando que habíamos transformado esas esferas de cuerdas en un amasijo chato, inútil y repleto de nudos intrincados al tratar de desenrollarlos, amenazó no pagarle, pero Alema, la muy descarada, sin siquiera ruborizarse le recordó que no había prometido ovillos con la punta visible: sólo había prometido ovillos. Nuestro principal quedó rígido como piedra, confundido, y se contuvo para no atravesarla con su lanza. Entonces comenzó a morderse los labios y juró que le haría pagar tal deshonestidad en el futuro. Inmediatamente llamó al escriba que registraba todas las transacciones con ellas, como también, a un costado, todas las picardías de su razonar malvado usadas a su debido tiempo. Lentamente se hizo leer todas las artimañas que había utilizado en las últimas ventas. Con los ojos entrecerrados por la rabia mientras lo escuchaba, el escriba le recordó que en una de las tantas entregas habían llegado ovillos grandes y pequeños. Frente al inmediato y sensato reclamo, la muy desfachatada dio una respuesta inapelable: había prometido ovillos, sin especificar la grandeza. Nuestro principal continuó a escuchar con el rostro pálido por la rabia y el escriba, luego de recorrer con la vista todo el pergamino, eligió otro caso al azar. En una vieja entrega llegaron ovillos de cuerdas de otro vegetal, distintos a los que estábamos acostumbrados. La respuesta de Alema fue del mismo tenor: jamás había prometido cuerdas de un específico vegetal. Sólo tenían que ser resistentes, resistencia que Bruk pagó con más de una caída en el mar al tratar de atar sus troncos. Fue por esos motivos que nuestro caudillo ordenó que, para la próxima compra, antes de jurar por el precio, se tuviese en cuenta esas jugarretas innobles y la mala fe evidente. Para no permitirle que las volviera a introducir ordenó de crear “cláusulas restrictivas y específicas” en el contrato, antes del precio, cantidad y fecha de entrega.

(Aquí, en honor de la verdad y debido homenaje a mi superior, es necesario que haga un paréntesis. En aquellos tiempos yo era mucho, pero mucho más ignorante que ahora. Para comenzar, no sabía escribir ni leer, y escuchaba ciertas palabras dichas por mi amado caudillo que simplemente desconocía, como las más arriba evidenciadas y las que vendrán inmediatamente luego, todas de uso jurídico. Ahora lo sé y mi agradecimiento profundo va para él que despertó mi curiosidad, pero humildemente reconozco y repito que, entonces, no tenía ni la más pálida idea de lo que estaba diciendo). Continúo con mi relato.

Para crear un antecedente jurídico preciso y detallado―gritó―, en el cual quede bien en claro cada indigna “coartada” que usó. Veremos qué “cavilo” retorcido e “extemporáneo” se le ocurre para la próxima transacción. El escriba obedeció con un gesto de resignación, pues los casos eran abundantes, mientras nuestro principal se golpeaba la palma de su mano con el bastón de mando.

Con las abastecedoras de carnes rojas también tuvimos problemas. Sobre todo, con la manera de pesar. El contrapeso de igualar con carnes era, como ya lo he dicho, un guerrero de mediana estatura, sano y bien nutrido. Para nuestro principal era demasiado flaco; para ellas siempre demasiado gordo. Mas las cosas no pasaron a mayores porque comprobaron que, promediando, éramos todos iguales, descartando, por supuesto, los pocos y deshonrosos extremos. Esto no podía ser que normal, ya que un ejército que se preciaba debía tratar de igualar a todos sus componentes. Ninguno podía sobresalir más de tanto.

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