jueves


                                                           Antropología Fantástica 9

Me gustaba verlas desde mi atalaya como abatían esos cuadrúpedos cornudos. Eran muy hábiles, hay que reconocerlo, aunque tenían costumbres extrañas. Inmediatamente luego de desollarlos, colocaban una vasija debajo del chorro de sangre, se chupaban los dedos sucios de ella y luego bebían un buen sorbo, todavía caliente. Decían que era la vida lo que bebían. ¿Cómo podían afirmar eso? La vida estaba en las partes duras del animal, en las que comíamos nosotros, no en la sangre que desaparecía como agua sobre la tierra. Sin embargo, se tornaban redondas y rosadas con esa sangre. Cuando llegaba la noche del astro de leche eran más vigorosas, más veloces y era difícil voltearlas. Se reían al ver nuestros intentos para alcanzarlas, pero al final cedían, siempre cedían. Para el bien de ellas y de nosotros.

Con las vendedoras de hierbas y frutas no teníamos problemas. Siendo nuestra dieta básicamente carnívora, el precio de sus productos prácticamente lo establecíamos nosotros. Especialmente de aquellos con los cuales nuestros sacerdotes fabricaban zumos embriagantes. Desde nuestra muralla le arrojábamos a esas harapientas algunas piedrecillas coloridas y en cambio alzábamos canastas repletas de frutas. Separábamos las útiles y con el resto nos divertíamos tratando de centrar sus cabezas. Ellas respondían, pero con piedras. Qué gran diversión era verlas enojadas. Y no eran pocas, ya que casi todas tenían un árbol frutal en la puerta de sus chozas. Cierta vez, mirándolas después que terminaba el mercado, me di cuenta de que la ciudad de ellas, al no tener murallas, crecía más que la nuestra. De consecuencia supuse que serían más numerosas que nosotros. Era alarmante. La nuestra, al tener murallas, no podía crecer más de lo que era y sus guerreros, naturalmente más expuestos a los peligros, mermaban en manera continua. Con la última sublevación habían desaparecido dos de cada diez. Honor a ellos, a los vivos y a los muertos. Fue una revuelta más que justa. Yo participé, con tremendo dolor, pero era necesario. El anterior principal era un gran egoísta. Se guardaba la mayor parte de la carne para devorarla con sus consejeros y favoritos. Era una situación intolerable y nuestro nuevo principal no tuvo más remedio que rebelarse con el apoyo de la mayor parte de nosotros. Fue una horrenda carnicería. Murieron tantos de los nuestros, aunque no sería apropiado decir “los nuestros”. Los guerreros somos todo uno, nacidos para esperar y combatir unidos contra un enemigo común, no entre nosotros, pero inevitablemente se formaron dos bandos. La suerte estaba echada, así lo habían querido los dioses. En el bando mío, en el cual desde tiempo se hablaba de esa situación odiosa, hubo guerreros que no estaban de acuerdo en rebelarse, aun compartiendo nuestro punto de vista. Decían que no era honroso hacerlo, que había que ser fiel con los superiores hasta las últimas consecuencias. Luego vino lo inevitable. Llegado el triste momento, gritando que era innoble lo que hacían, se nos unieron y sin importarles sus convicciones se batieron como valientes. ¡Qué nobles e intrépidos guerreros! ¡Gloria a ellos y sus muertos! Nuestros adversarios se habían atrincherado dentro de las tiendas de los jefes, esas que estaban apoyadas contra la muralla antiquísima de ladrillos. No tenían salida con ese muro a sus espaldas. Cuando la batalla, incierta al principio, inició a tomar un cariz desfavorable para ellos, terminaron defendiéndose, primero, en campo abierto, y luego, los pocos que aún resistían, en las barracas de troncos que estaban al costado de las tiendas, donde la plana mayor guardaba todos los alimentos y armas. En ese lugar fue más satisfactorio exterminarlos, especialmente al principal que escondía las mejores partes de la carne. Ahí murió, sobre uno de esos pedazos, mezclando su sangre con la del animal. ¿Le habrá bastado para saciar su voracidad? Desgraciadamente tuvimos que matarlos a todos, a la vista de las hembras que, aprovechando la ausencia de los vigías también mezclados en la lucha, aprovecharon para treparse a la muralla. No reían esta vez de nosotros porque sabían que más de uno de sus hijos moriría. Tampoco lloraban. Nos miraban incrédulas, creo, luego comenzaron a gritarnos que éramos estúpidos y a arrancarse los cabellos.  Cuando la batalla llegó a su fin, todavía en medio de los gritos de dolor de los moribundos, nuestro nuevo primer principal, lleno de orgullo escuchando las hurras que le dábamos por el poder conquistado y nuestras esperanzas renovadas, nos ordenó de echarlas de encima de nuestra amada muralla a piedrazos, sabia decisión por ser la primera que tomó. Ya del otro lado continuamos a sentir sus gritos e insultos, pero al vernos transportar los caídos hacia su ciudad comenzaron a aullar como ululupis y a lanzarnos piedras. Tuvimos que formar un cordón de guerreros para protegernos. Llevar los muertos allá fue una decisión tomada por el nuevo principal que no tuvo una aprobación unánime. Mis camaradas y yo considerábamos que tenían que ser cremados en nuestra ciudad, ya que mal o bien habían sido nuestros compañeros de armas. Pero las ordenes no se discuten, así que, entre llantos y alaridos, les entregamos a sus hijos y posibles padres masacrados. La ciudad de ellas estuvo iluminada por las hogueras durante toda la noche y el olor a carne quemada nos quitó el apetito.

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