viernes


                                                    ANTROPOLOGÍA FANTÁSTICA



En la segunda atalaya de mi sagrada ciudad, después de veintidós pariciones de hembras e innumerables giros del astro mayor a partir de la llegada del bárbaro enemigo.

Escribiente: Akadama, quinto guerrero del ejército Los Gloriosos de Piedra.

Que los Dioses me asistan.



Cuando el enemigo se hizo presente y ya no era un fantasma como suponía, decidí narrar por escrito el trauma sufrido por mi amada ciudad cuando irrumpieron aquellos bárbaros. Unos astro mayor antes, lo habían hecho las hembras. De éstas hablaré más adelante y de los otros diré que van y vienen dentro de nuestras murallas, pocos a decir verdad y bien controlados. A la ciudad que nos copiaron, caminando con buen paso, se puede llegar en menos de lo que dura el astro mayor en nacer y morir. Ya no éramos los únicos a existir sobre esta tierra hostil que nos llena de espanto, como afirmaban erróneamente nuestros guerreros sacerdotes. Al principio no presté atención al hecho de que, llegando de lugares ignotos, era evidente que había otros, pues todo a nuestro alrededor era ignoto, sin duda aún más apartados e igual de desconocidos. No supe escribir nunca, y este particular no era un drama para mí, ya que nuestra ciudad bien delimitada y sus guerreros memoriosos, podían tranquilamente transmitir oralmente el cataclismo sufrido a los que vendrían después. El primer grupo bárbaro que sometimos gracias a nuestra mayor inteligencia, era diez veces mayor que nosotros, y fue esta cantidad que me hizo reflexionar. ¿Cuántos había allá afuera? Tantos, me dije. No era solamente nuestra amada ciudad y sus guerreros a existir. En vista de tal cantidad, consideré que sería útil para la posteridad que supieran del descalabro, del escándalo sufrido por nosotros, para que tomaran conocimiento y las debidas precauciones. Ellos también, como me propuse yo, un día aprenderían a leer y escribir, y talvez serían más afortunados. Me costó mucho hacerlo,, muchísimo. Noches interminables de sufrimiento tratando de atrapar esas ideas esquivas y dejarlas fijas para siempre sobre esta superficie vegetal. Mis ojos estaban acostumbrados a otear los horizontes, mis manos a empuñar lanza y puñal de piedra, no plumas de volátiles, y más de una vez me desperté sobre lo escrito durante la noche.  Estas memorias, entonces, son para todos esos que habitan en esas ciudades, o campamentos, o simplemente clanes nómades sin un lugar fijo, que jamás conoceré porque mi vida está llegando a su fin. Es necesario que esos desconocidos desparramados sobre esta tierra, aún si potenciales enemigos, conozcan la gloria y decadencia de mi amada ciudad. Comenzaré por ella, cuando era pura y solo nosotros, los guerreros del Glorioso de Piedra, vivíamos dentro de ella.


A mi amada ciudad, más larga que ancha, la rodea una poderosa muralla de ladrillos perfectamente trabados, iguales y rojizos, sobre la cual jamás pie de hembra pisó. Corre sobre nítidas colinas, desciende hacia vaporosas planicies, se arquea para evitar obstáculos insalvables y a lo lejos se curva para formar la parte del poniente, una de las dos más corta. Luego dobla nuevamente hacia atrás y forma la muralla que da a la tierra sin confines, esas en las cuales se perdieron tantas expediciones nuestras, la misma que nos separaba de las hembras. La opuesta muralla da al mar caliginoso, y a lo lejos a las montañas duras y azules.  En la cima de mi muralla nunca faltó la ronda de atentos camaradas. Para mayor gloria de aquellos que la idearon, tengo que remarcar la astucia con la cual procedieron. La altura de su pretil sobre el cual nos asomamos es la mitad de un guerrero: protege nuestras sagradas armas por debajo, y permite tener libres las manos por arriba de la cintura, mientras que la anchura por donde caminamos es la de uno entero extendido sobre los ladrillos gastados. A menudo, cuando perdíamos el sueño en nuestras tiendas lo buscábamos sobre ella, mirando las inmóviles chispas blancas del cielo de piedra, liso y oscuro. Para caminarla toda se tarda menos de la mitad del tiempo que necesita el astro mayor para nacer y morir. Cada cien pasos

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