viernes

                                                                Antropología Fantástico 14
Krag fue el primero en comparecer, con las manos debidamente inmovilizadas. El viejo juez parecía ausente mientras escuchaba la acusación y la defensa, pero miraba al reo con severidad, diría con escándalo cada vez que sentía su nombre. Cuando terminaron sus argumentos, posó su mirada sobre el acusador y luego sobre el defensor, moviendo los labios y frunciendo el ceño. Se estaba acariciando la barba cuando de repente gritó que a Krag se le diesen diez azotes.  Es más que afortunado me dije, pero el acusador se levantó indignado. Este era un tercer principal, mesurado, también con un pasado glorioso. Alegó que con tan poco castigo la disciplina se relajaría; que cualquiera sobornaría a los guardias, o se treparía a la muralla para pasar del otro lado, que, además, el estar continuamente ebrio no era un buen ejemplo. Krag hasta ese momento reía con desprecio mirando sus muñecas atadas. Cuando le tocó al defensor este dijo que había que remitirse a las fojas de servicios de ese buen camarada; que los defectos de guerrero eran muchos menores que los defectos de hombre. El anciano juez dudó un momento y se rectificó. Que sean diez veces diez los azotes. A Krag se le oscureció la cara. Se levantó y comenzó a menearse con violencia. Los dos guardias no lograban dominarlo, así que tuvieron que llamar a otros dos, y entre los cuatro comenzaron a castigarlo con saña. Viéndolos, el juez golpeó su mesa con el bastón de la justicia y ordenó cesar ese castigo, agregando que, aun siendo el reo un excremento irrecuperable, merecía y tenía el derecho a la incolumidad de la carne mientras se hallase en los sagrados recintos de la Justicia. Los guardias se detuvieron un instante al oír esa frase, se miraron entre ellos... y continuaron a golpearlo con más ahínco. ¡Basta, animales! gritó el juez. Ahora sí se detuvieron y Krag pudo agregar: cómo si ustedes no necesitasen de las hembras y menos beber; hipócritas, mal nacidos gritaba dolorido y ensangrentado. El juez lo miraba con desprecio. Necio, bestia le respondió.
A Alina sin tantas vueltas la condenaron a morir estaqueada y en pie, pero no con la cara al astro mayor como a los guerreros, no: con la cabeza hacia abajo. El defensor no se esmeró demasiado en su arenga para evidenciar que “era la primera vez que a una hembra se la acusaba de posibles prácticas sacrílegas”. Probablemente el guerrero sacerdote que estuvo siempre a su lado influenció su parecer. El acusador, que también tenía uno a su lado, lo interrumpió sonriendo y repitió remarcando las palabras “Prácticas sacrílegas”; omitiendo “posibles”. Luego agregó que, además del delito anterior, el hecho de no querer acoplarse en las noches debidas, era una afrenta tremenda hacia los guerreros. Si esta hembra continuaba con su prédica innatural se corría el riesgo de que todas las otras la imitasen, ¿y entonces?  Se pondría en peligro la necesaria procreación de guerreros que las defendiesen a ellas y sus comercios, tan necesarias para la sobrevivencia, sobre todo de ellas.  Alina preguntó si no sería al revés. ¡Encima soberbia, señor juez!  ―respondió el acusador verdaderamente escandalizado. Cuando se la llevaban entre dos guardias Alina miró fijamente a los tres; juez, acusación y defensa, estiró los labios y de su boca salió una bocanada de humo en dirección del juez. Éste se levantó de un salto de su silla y pálido retrocedió. También se apartaron sus guardias al ver esa brujería. Alina esperó que se repusieran y salió con ellos.
A mí se me preguntó si había puesto en duda la existencia del enemigo, e inmediatamente se me repitió la frase que había sido escrita sobre un rollo de piel. No sabiendo leer esperé la confirmación de lo que yo había dicho a Krof, y si coincidía con lo escrito. Respondí que sí, sin escuchar el consejo superfluo de mi defensor, un guerrero de otro cuerpo, el cual se aburría con estos ritos. Continuamente se acariciaba la barba, ausente. Si dices que no, la cosa sería grave pues hay un testigo; faltar a la verdad es más grave aún, tú lo sabes ―me susurró en el oído. Sí que lo sé. Todavía soy un guerrero con honor, respondí. Luego el acusador me preguntó en base a cuáles consideraciones yo había llegado a esa certeza. Simplemente porque después de veinticinco pariciones de hembras no había jamás visto uno, contesté. Entonces me preguntó irónico si no me había pasado mínimamente por la cabeza que la razón de esta... realidad...
(Llegado a este punto tengo que hacer otro necesario paréntesis. Como lo he afirmado más arriba, mi cultura, en aquellos momentos, era igual a la de mis camaradas de armas: nula. Sobre todo, con respecto al lenguaje jurídico, pero mi memoria era prodigiosa gracias a mi ignorancia, y por este motivo transcribiré fielmente el enmarañado discurso en mi contra, que aún hoy zozobro al tratar de entender su estructura gramatical, no así su objetivo final que era el siguiente: Desde tiempos inmemorables la ciudad existía con su muralla, y si había una muralla, existía un enemigo. Temo aburrir a mis futuros lectores con estos discursos intrincados, pero también es necesario que se sepa el alto grado intelectual de mis amados superiores.)

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