jueves

                                                  Antropología Fantástica 26
Krain, un guerrero que tenía una puntería diabólica con la honda, capaz de abatir un volador en el aire, continuaba a reír por haber hecho centro, mientras cargaba su arma para un nuevo lanzamiento. Me abalancé sobre él antes de que lo hiciera, y comencé a castigarlo con un garrote que le arranqué a un conmilitón, que a su vez quería partírmelo sobre mi cabeza. A Krain lo tomé desprevenido, porque, luego de la batalla fratricida creyó que ya no éramos dos facciones, sino un solo guerrero que enfrentaba al enemigo común. Por eso no entendía la granizada de palos que le llovía por mi indignación. Tratando de defenderse con brazos y manos me preguntó por qué lo hacía. ¡A Alarfa, no! Tampoco a Aluna ―le respondí fiero. ¿Y quién es Alarfa? ―preguntó desde el suelo, con el rostro y cabeza sangrando. ¡A la que le distes en el ojo! ―le contesté con ganas de seguir golpeándolo.  ¡Pero si yo apunté a la otra! ―respondió para salvarse. ¡Oh, dioses! ¡Qué caos es mi ciudad! ―murmuré dolorido, arrojando bien lejos el arma ensangrentada dos veces. ¡He golpeado a dos camaradas inocentes! ¡Cuánto rencor! ¡Cuánto desconcierto! Entonces fue que me acordé de Alina y su ruego de que no odiara. ¿Por dónde andará?, me pregunté, observando las hembras sobre mi muralla dentro de las cuales no la vi. Descorazonado comencé a observar las mostruosas nubes violetas, que, como siempre, después de las catástrofes comenzaban a disolverse. Con insultos esporádicos, finalmente, el tumulto de pasiones se fue apaciguando. Los guardianes habían logrado separar en dos grupos a los contendientes, luego, todos formaron un solo cuerpo y ya sin odios recíprocos observaban a Alarfa. Estaba en cuclillas, tomándose la cara, rodeada de hembras ocupadas en ayudarla. Con la única malherida por pura casualidad habíamos conseguido acallar el griterío desvergonzado, de ella y de sus compinches. ¡Que les sirva de escarmiento!  ―grito uno. ¡Llévense esa bruja antes de que nos trepemos y la arrojemos del otro lado! ―amenazó otro, y añadió; ¡Ya verán cuando llegue la noche del astro de leche!  Alarfa se levantó con una mano sobre su ojo que sangraba. ¡Esto no va a quedar así! ―gritó desde nuestra muralla mientras amenazaba con el otro puño. ¡Claro que va a quedar así! ¡Serás tuerta para toda la vida! ¡Hechicera hedionda!, respondió el otro. Alarfa lo miró con rabia y añadió lentamente; ¡No tendremos piedad! ¡Ni de nuestros propios hijos, ni de sus padres y eventuales abuelos! ¡Esperen, nomás! ¡Ya verán! Un grupo de hembras jóvenes la ayudaron a descolgarse del otro lado y de a poco, como habían aparecido comenzaron a desaparecer, siempre haciéndonos gestos obscenos o mirándonos con desprecio. Cuando nuestra sagrada muralla quedó libre, un silencio inaudito flotó sobre todas las cabezas. ¿Qué habrá querido decir con lo último que gritó? ―preguntó uno, con una insólita preocupación. Nada. Solo amenazas de hembras. Como las olas del mar; grandes al principio, que van y vienen y al final mueren en la arena sin dejar rastros ―respondió otro. Kam, mientras tanto, había tomado nota de todo lo sucedido. Luego de refregarse con fruición las manos por el rumbo que habían tomado los acontecimientos, y que seguramente introduciría en su relato, preguntó al principal tercero, responsable del grupo apaciguador, si podía continuar con la prueba. Este le contestó que podría hacerlo, pero sólo cuando un nuevo centinela remplazaría al que no avisó de la presencia de las hembras sobre la muralla por mirar el ensayo. No quise ni pensar el castigo que recibiría por no cumplir con su deber ese pobre desgraciado. Pero se lo merecía. Cuando se lo llevaban entre cuatro, se cruzó con la llegada de... ¡nuestro principal!, que por lo visto había recibido noticias; tanto del argumento de la obra como de los desórdenes. Se presentó con su séquito que lo seguía a poca distancia: su vice principal, cuatro principal segundo y el comandante de uno de los cuerpos que defendía la ciudad baja. De este se murmuraba que había puesto los ojos sobre el mancebo de nuestro jefe supremo. Cuando le comunicaron a éste último el por qué de la detención del vigía, aseguró a los cuatro vientos que el castigo sería ejemplar. Después, abandonando su paso marcial, como si fuera uno más, se acercó a nosotros y se sentó en medio de los no simpatizantes. A pesar de ese gesto partidario era toda una seguridad para la normal continuación del espectáculo. No obstante que estuviese al corriente de la deformación de su nombre, Corococo en lugar de principal Arkaú, era un comandante imparcial, severo, a veces sanguinario pero justo.

lunes


Los demás nutren justificadas dudas cuando

afirmo que mis muertos ríen, y de manera

estentórea, nada de hacerlo con delicadeza,

con decoro, por respeto al lugar donde están

y en el cual la muerte ya no puede asustar más.

Yo creo que lo hacen con esa falta de respeto

porque, además de alegres y despreocupados

continuarán a creer en la evolución selectiva,

en este caso en la evolución de los recuerdos

que elige a los más fuertes, a los más sanos,

a los más bellos, para que estos, a su vez,

llamen a otros. Y hacen muy bien mis muertos.

De otra manera pasarían al olvido.  

sábado


Un planeta privilegiado por la luz,

el agua y los gases no es seguridad

suficiente para los ingenuos invitados.

Tuvimos que aceptar el cambio de pellejo,

aprender para comer o no ser comidos

sin ningún tipo de dolor o remordimiento,

o simplemente el derecho a existir

de esos seres que a nadie se devoran,

aun nosotros que al descubrirnos vivos

por el juego de espejos de la conciencia

nos proponemos en el vértice sin saber

cuánto medimos por no tener un patrón

preciso, o creer que pesamos poco o mucho

cuando la verdad es que nos tiran para abajo.

En mí sucedió lo ilícito, lo imposible,

las bases del libre albedrío y libertad

anclados a la esclavitud de lo inevitable

pero no necesario: un simple y fantástico caso.

Podría haber tenido alas, púas o escamas,

y ser feliz a mi manera, ya que el tiempo

en el menú de la vida, sería un punto en blanco,

y no andaría como ahora con lápiz y papel,

garabateando fabulosas plantas y animales,

extra terrestres e insectos que se parecen

y sistemas solares con una imposible física

privilegio del cosmo y su estrafalaria fantasía.


miércoles

                                                            Antropología Fantástica 25
El remolino de violencia y odio recíproco se ensanchaba cada vez más, dentro de poco devoraría a todos con sus ráfagas impetuosas. Tenía que participar, por uno o por el otro bando, como nos habían enseñado, en caso contrario hubiera pasado por un indiferente, que era aún más grave que ser cobarde, pero no sabía por cuál decidirme, ya que todos, mal o bien, eran mis camaradas. La ciudad necesitaba mi sangre o mi orgullo. Era indistinto una u otro, a los dos se los tragaría satisfecha con la misma indiferencia porque era ciega e impaciente, a favor o en contra del relato, pero rápido porque la sangre no podía esperar. Me pregunté si saldría vivo de esa para poder limpiar y poner en su lugar las cosas resultantes del desastre que veía inminente. Mas por fortuna, justo cuando la lucha estaba por degenerar, llegaron corriendo los guerreros que se encargaban de sedar las reyertas, o disputas de poca monta de sus iguales, esos que daban palos cuando dos o más se peleaban por una hembra en la noche del astro de leche.  A diestra y siniestra, con mucha seriedad y prácticos en sus tareas, comenzaron a dar formidables garrotazos, que veía y sentía que retumbaban y dolían, especialmente en las cabezas de los revoltosos que continuaban a estar muy ocupados riñendo entre sí. Pero, oh, dioses, comprobé amargamente que se ensañaban especialmente con los que se oponían al relato, o sea segundos, terceros, cuartos principales y sus seguidores, obligándolos a formar un grupo, bastante considerable pero menor que sus rivales. Era demasiado evidente que también ellos pactaban por Kam y sus disfrazados, ya que los favorables se amontonaban cobardemente detrás de los guardias para terminar de masacrar a los que aquellos iban dejando por el suelo. Era una injusticia inaceptable. Habrían tenido que ser imparciales. Ya no tuve dudas por quien tomar partido, y no me importó que yo fuese uno a favor; lucharía por defender a las víctimas de una prepotencia indigna, mas, no hubo tiempo para demostrar mi lealtad a los desventajados, porque de repente un viejo y conocido enemigo se presentó, a los gritos sobre la muralla. Las hembras, que por la emoción de asistir a nuestra ficticia contienda sobre el tablado ya no se escondían; ahora, al descubrir una verdadera se habían puesto en pie, las muy osadas, excitadísimas. Daban hurras y gritaban festejando la casi segura victoria de los simpatizantes por el relato de Kam en la trifulca real. Aquel gesto me hizo dudar de sus inteligencias, que dicho sea de paso jamás consideré igual a la nuestra. ¿Creían que nuestra lucha feroz y fratricida era también una representación, como la del tablado? No. No lo creí en su momento porque a más de uno la sangre brotaba a borbotones de sus cabezas partidas a garrotazos.  Sólo me confirmaron que eran y serían estúpidas estas hembras. Salvo, claro, Aluna... y Alarfa... y Alina. No sabían, porque no querían saber, la lógica de la guerra. Seguramente jamás habían escuchado aquella máxima primordial que tardé tanto en desentrañar: el amigo de tu enemigo es tu enemigo, y el enemigo de los dos estará perdido, como asimismo desconocían el genuino, profundo y antiguo sentimiento de camaradería que surgió de repente entre nosotros. No obstante estuviésemos tratando de aniquilarnos mutuamente con ahínco, el viejo instinto gregario, aun en pleno conflicto, se adueñó de nosotros al verlas sobre nuestra muralla. Entonces, dejando de lado las diferencias, todos, simpatizantes, contrarios y los que tendrían que imponer el orden, comenzamos a ordenarles que se fueran, con una única voz, pero aquellas altaneras no nos prestaban atención, todo lo contrario. ¿Terminaron de romperse los huesos, pelandrunes? ―gritaba una. ¡Allá hay uno que todavía está en pie, con la cabeza sana! ―señalaba otra. ¡Qué no escape! ¡Es uno de los contrarios! ¡A él, mis valientes! Y todas se largaron a reír en manera descompuesta cuando vieron y oyeron la imitación de una de ellas, que exageraba los movimientos de nuestro vigía con su cuerno lúgubre llamando al combate. Inflaba los cachetes para luego emitir sonidos irreproducibles. ¡Oh, dioses! ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Si no se van de ahí inmediatamente las bajaremos nosotros! ―gritó uno de los espías. ¡Sííí! ―hicieron eco los demás, ¡A piedrazos! Por toda respuesta, Alarfa (¡no podía ser otra!), como lo había hecho conmigo  tiempo atrás, se levantó el sayo y nos mostró su tesoro viejo que nos indignó aún más. Se expandió un ¡ohhh! de estupor que redondeó ojos y boca por algo que tendríamos que haber visto en privado, no juntos y listos para el combate. Las demás descaradas, alentadas por ella para que la imitaran, repitieron el mismo obsceno gesto, pero lo hicieron aún más ofensivo cuando inmediatamente después se dieron vuelta y nos mostraron sus redondos y blanquísimos culos, allá, en lo alto, sobre nuestras sagradas murallas de ladrillos rojizos.  ¡Fue el colmo! ¡Una ofensa inaudita! ¡Era inaceptable! ¡La burla procaz necesitaba nuestra inmediata respuesta! Entonces, una furiosa lluvia de piedras voló hacia la muralla, que eran esquivadas con desdén, ya que poseían una flexibilidad asombrosa, la misma que nos hacía babear cuando estábamos sobre ellas empujando. Se contoneaban evitándolas al tiempo que gritaban ¡Y va otra! ¡Y pasa otra! ¡Afinen la puntería, zopencos! ¡Estamos aquí, no del otro lado! Llenos de odio continuamos sin descanso la tarea de purificación de nuestra muralla hasta que por fin Alarfa cayó, llevándose las manos al rostro. Y aquello me indignó. Ella no, a pesar de su impertinencia no se lo merecía, era la madre de Aluna.

domingo

                                                           Antropología Fantástica 24
Me dolían todavía los huesos, pero sabía que por la magia de la espera y lo fantástico, el dolor sería un espectador más que se llamaría a silencio.  Me preguntaba cómo harían para representar las piedras de fuego, cuando vi surgir una esfera de ramas, atada a una cuerda que pasaba sobre las cabezas de los actores, con movimiento circular. Surgió desde atrás del escenario, escondida por una hilera de altas y espesas ramas que serían el cómplice bosque de la batalla. Volvió a pasar otra vez, arrancando con la cuerda hojas de la cima de los árboles, y alguien gritó que sería difícil detenerla en el momento justo. Y encima ardiendo ―añadió. ¿No se la puede detener con un palo alto? ―preguntó Kam, y sin esperar respuesta ordenó; ¡Se ensaya otra vez! Luego de unos momentos en los cuales se oyeron esforzados insultos detrás de los árboles, la esfera pasó sobre el escenario, y cuando volvió a quedar escondida detrás del bosque se sintió un golpe tremendo y alguien que gritaba y maldecía. ¿Alguien se lastimó? ―preguntó Kam.  Si. Pero no es nada. Se enredó en el palo ― contestó el invisible ayudante. Mientras tanto los bloques de piedra que circundaban el entablado se habían ido llenando de guerreros curiosos. También llegaron segundos, terceros, cuartos y quintos principales que fueron a juntarse con los dos espías. Como estaban todos viendo el ensayo, incluido, allá arriba, el vigía de la atalaya más cercana, ninguno advirtió las cabezas de hembras que comenzaron a aparecer sobre la muralla como hongos. Hubiera dado la alarma si no fuera que reconocí en una de ellas a la de mi dulce Aluna. Hasta sentí su olor desde donde estaba. Luego la de Alarfa, y también la cabeza de la vendedora de cuerdas, Alema. Y detrás otras, y otras que se iban desparramando agazapadas. Bueno ―continuó Kam. Traten de mejorar el frenado de la piedra de fuego.  Mientras tanto empecemos con la declamación. ¡Principal Cocoroco! ¡Tu parte! ¡Comienza! ―ordenó Kam.   ¿Principal Cocoroco? ¿Lo llaman así a nuestro principal?  ―escuché de repente que repetían escandalizados los dos espías. Se revolvieron excitados, ellos y sus allegados. Discutían con voces esforzadas de las cuales escapaban chillidos. Dos de ellos aferraron a otro que quería entrar en acción inmediatamente para interrumpir la acción. A todo esto, el guerrero panzón, o sea el principal Corococo, con las manos detrás, luego de mirar el bosque balanceándose sobre sus tacos, se dio vuelta y recitó apesadumbrado: “Tremendo y oscuro es el mundo, guerreros, como este bosque impenetrable y espeso, del cual muy poco trecho nos separa, y en su vientre maligno el enemigo al acecho. Si los dioses nos son adversos, y ruego para que no lo sean, de vosotros me espero, pues generoso es el soldado, la viril sangre manar abundante, y escuchar decir en el aciago momento, al amigo que cubre tu flanco, muero contento, ya que poco tiempo al enemigo le queda, si tu revives en tu cuerpo que no huye, mi odio, mi furor y mi desprecio”. Más de uno se emocionó a mis espaldas e inmediatamente alcancé a escuchar del otro costado, en donde estaban los simpatizantes del relato, a un guerrero en pie, a punto de llorar, impresionado por los versos: ¡Sí! ¡Eso fue lo que dijo! ¡Es verdad! Lo recuerdo muy bien.  Silencio, tarambana ―le gritó uno de los segundo principal. Nuestro caudillo jamás dijo tales palabras. No tuvo tiempo. Yo estaba en primera línea. Y además no se llama Corococo.  Bueno, si no lo dijo, tendría que haberlo dicho, aunque creo que no sea capaz de hablar de esa manera ―contestó otro en defensa del emocionado. ¡Sí que lo dijo! ¡Yo lo oí! Ustedes, los segundos, terceros y cuartos principales, además de brutos son sordos ―agregó defendiéndose el emocionado. ¿A quién le has dicho bruto, mal parido?  ―rebatió el principal segundo, que momentos antes quería intervenir para suspender el espectáculo, con ímpetu frenado otra vez a tiempo por sus camaradas.  ¡Silencio guerreros! ―gritó Kam al pie del entablado. Todos obedecieron, porque, además de conservar su recia autoridad, recordaban muy bien que fue un intrépido comandante. Ahora es tu turno, guerrero Kiki ―prosiguió Kam, dirigiéndose a uno de los que estaban con su máscara feroz en las filas enfrentadas a cada lado del escenario, escuchando la arenga del principal Corococo ¿Quién será ese guerrero Kiki? ―preguntó desorientado alguien detrás mío. Tenés que mostrar que estás profundamente conmovido ―continuó Kam dirigiéndose al tal Kiki―, casi llorando por la arenga de tu comandante. Tu emoción tiene que ser patética, tiene que contagiar al espectador. Salís de la fila dando dos pasos marciales, luego te arrodillás, y mirando al público declamás tu parte. El guerrero Kiki, además de dar dos pasos, también golpeó con fuerza su lanza sin punta sobre las tablas, y esa improvisación hizo entusiasmar a Kam que calló súbito para poder oírlo.
“Oh, mi principal, ya siento mi sangre hervir y salir de mis venas. Jamás palabras tan justas y excelsas han surgido de boca más noble y experta. Votados al mezquino destino, al eterno rodar, al andar a ciegas, yo, entre lágrimas que ni de miedo y dolor son, juro sobre esta lanza y mi honor mi vida donar” ¡Muy bien! ¡Bravísimo, Kiki! Sigan así. Adelante ―susurró Kam excitado. El emocionado detrás mío, todavía más emocionado, agregó que también oyó decir eso a su camarada Kruso, que por desgracia murió ahogado en el bañado traidor. Esto último hizo salir de quicio al principal segundo, que, desde su llegada, con ojo avieso e inquisidor trataba de individualizar simpatizantes del relato. Se desprendió con violencia de sus camaradas que intentaban frenarlo y se abalanzó sobre el mistificador gritando: ¡Pedazo de tripa hedionda en dos patas! ¡Son todas mentiras lo que decís! ¡Así nacen los mitos humanos que se oponen al de los dioses! Y siguió una trifulca furiosa destinada a agrandarse, porque de los grupos que de a poco habían ocupado las piedras, surgieron simpatizantes de una y otra facción, cada vez más numerosos. ¡Oh, dioses! En aquellos momentos comprobé con amargura que mi ciudad, otra vez, estaba por hundirse en el caos, en el desorden, en la vergüenza.
Algo sobre el alma, de Wislawa Szymborska

Alma se tiene a veces.
Nadie la posee sin pausa
y para siempre.

Día tras día,
año tras año
pueden transcurrir sin ella.

A veces sólo en el arrobo
y los miedos de la infancia
anida por más tiempo.
A veces nada más en el asombro
de haber envejecido.

Rara vez nos asiste
en las tareas pesadas,
como mover los muebles,
cargar las maletas
o recorrer caminos con zapatos que aprietan.

Cuando hay que cortar carne
o llenar solicitudes,
generalmente está de asueto.

De mil conversaciones
toma parte sólo en una,
y no necesariamente,
pues prefiere el silencio.

Cuando el cuerpo nos empieza a doler y doler,
escapa sigilosamente de su hora de consulta.

Es algo quisquillosa:
con disgusto nos ve en la muchedumbre,
le repugna nuestra lucha por supuestas ventajas
y el rumor de los negocios.

La alegría y la tristeza
no son para ella sentimientos distintos.

Sólo cuando se unen
está presente en nosotros.

Podemos contar con ella
cuando no estamos seguros de nada
y tenemos curiosidad por todo.

De los objetos materiales
le gustan los relojes con péndulos
y los espejos que trabajan afanosos
aunque no mire nadie.

No dice de dónde viene
ni cuándo se irá de nuevo,
pero evidentemente espera esa pregunta.

Según parece,
así como ella a nosotros,
nosotros a ella
también le servimos de algo.


viernes

                                                                 Antropología Fantástica 23
En el relato los actores podían presentarse desnudos. Con ellas hubiera sido indecente. Pero insistían, y comprobando nuestra inflexible decisión de no permitirles la entrada, no tenían mejor idea que treparse subrepticiamente a la muralla sólo para ver, y de ahí no había más remedio que correrlas a piedrazos. Para llegar hasta el relato de Kam había que atravesar potreros eternamente embarrados, resbalosos y llenos de mierda. Ahí amontonábamos los cuadrúpedos jóvenes en espera de ser domados. También introducíamos en sus corrales ululupis, casi salvajes, con la sagaz intención de tenerlos continuamente aterrorizados, así, cuando llegaba la doma, continuarían a ser más briosos. Pero esos ululupis grises y rabiosos eran tan estúpidos que me confundieron con un cuadrúpedo. Y, sin embargo, no entendía cómo, siendo más pequeños, los tenían a mal traer, tanto a mí como a aquellos más grandes y mucho más inteligentes que ellos. Un misterio.  Gruñendo, mostrándome sus dientes feroces trataron de juntarme con los otros cuadrúpedos.  Mientras trataba de tenerlos alejados con mi bastón, vino en mi ayuda uno del grupo de Kam. Se llamaba Urmuf. Los enfrentó directamente, y con un par de gritos y amenazas, sin armas, esos ululupis, siempre mostrándole los dientes rígidos, reculando se alejaron. Otro misterio. Era un guerrero de lo más extraño ese Urmuf. ¿Por qué le temían los ululupis y a mí no? Se cubría con una piel de esos animales que caminan con cuatro, pero atacan sobre dos patas, y era bastante parecido al enemigo reseco con fajas entre las piernas y una lanza en la mano, que está como prueba de la existencia del enemigo en el medio de la plaza. Sólo que Urmuf tenía un poco menos de pelo sobre el cuerpo en comparación de aquel pobre desgraciado. Kam me vio llegar y abandonó una inmensa superficie rectangular de un salto, hecha con piedras cuadradas, una pegada a la otra y recubierta con tablas, piedras de más o menos diez, o quince manos de altura y de ancho. Saltó dejando sin su amaestramiento a un grupo de guerreros con máscaras que, al verlo irse, se quedaron inmóviles sobre esa superficie de tablas que formaba el piso del relato. Uno de ellos, por la panza, me pareció que actuaría de principal en aquella batalla del bañado y las esferas de fuego. Recuerdo aún que Kam no fue para nada marcial cuando se acercó para saludarme, ya que no tendría que haber olvidado su pasado castrense. ¡Oh, amigo mío y víctima simbólica de nuestra libertad! ¡Finalmente has venido! ―me dijo, ¡aferrándome por los codos! Me sorprendió que me considerara un amigo, pues era la primera vez que lo trataba, sin tener en cuenta aquella en la cual, mientras me recuperaba del estaqueo y paliza, me contó la historia de la ciudad defendida por un demonio. Tampoco entendí eso de víctima simbólica de nuestra libertad. Jamás me sentí esclavo, y de simbólico no había nada ya que el cuerpo llenos de moretones demostraba lo contrario. Me miraba con curiosidad, de los pies a la cabeza. Luego me confesó que siguió con mucha atención el desarrollo y pormenores de mi juicio. No recordaba haberlo visto entre los presentes. Talvez estuvo afuera, porque dentro del aula no había lugar. Tanto fue el clamor, para mí inesperado, que causó mi juicio y condena. Tendrías que hacer un esfuerzo y recordar palabra por palabra lo que dijiste en tu defensa ―continuó. ¿Cómo era eso de bostezar por la espera? ¡Es fantástica esa conclusión! ¡Originalísima! Digna de dejarla para la posteridad, no obstante no esté de acuerdo contigo, porque el enemigo, amigo mío, así tome una u otra figura existe, ¡y cómo!, y anda por ahí. Siempre al acecho, esperando nuestros momentos de debilidad. ¡Un bostezo grande por la espera!  ¡Genial!  Un bostezo como lo que está arriba de nosotros ―añadió mirando el cielo de piedra celeste, que desde cuando decidí visitar el relato comenzó a llenarse de horrendas nubes color violeta oscuro, con destellos anaranjados en sus interiores que las atravesaban de una punta a la otra, presagios para nada alentadores, me dije. Su cercanía corporal, su desparpajo, su modo para nada digno de un ex principal me confundieron, y por respeto a su pasado de corajudo guerrero traté de recordar lo dicho en mi defensa, pero al comprobar que me era difícil hacerlo me dijo: no importa, amigo mío. Verás que cuando estés más tranquilo te vendrá solito ―y se apartó un poco para observarme mejor. ¡Por todos los dioses! ¡Cómo te han dejado! ¡Qué barbaridad! ―exclamó, verdaderamente indignado observando mi estado, con su puño cerrado debajo del mentón. Mmm... no creo que le guste al público ver tu martirio, amigo mío. Demasiado violento, macabro. Pondremos en su lugar que te destierran. ¡Oh, sí!, exclamó mirando algo extraordinario detrás de mi cabeza, recién descubierto. Será desgarrador presenciar el adiós para siempre del héroe incomprendido... repudiado por su ciudad, sí, ya veo el coro quejumbroso y plañidero que te saluda, y tú, fiero y altivo que se aleja. ¡Será grandioso! Me sentí halagado al saber que también lo que me había sucedido formaría parte de su relato, cosa que no hubiera esperado. De repente, y solo moviendo los ojos hacia un costado, continuando a mirar detrás de mí, me sorprendió nuevamente al decirme: ¿Te diste cuenta de que tenemos alcahuetes? Me di vuelta y vi a dos guerreros, dos tercer principal. Estaban sentados sobre uno de los tantos bloques de piedras cuadradas, diseminados e iguales a los que sostenían el entablado, que sin un orden aparente lo rodeaban. Increíblemente estaban cometiendo tres faltas que un guerrero no podía hacer, y menos aún los principales segundo y tercero. Supuse que lo hacían descaradamente, como Krof cuando bebía a la vista de todos nosotros, porque gozarían de la confianza íntima del principal por ser sus espías. La primera falta era que uno de ellos, si bien con la lanza en la mano, ¡se había quitado el casco de tres cueros! para permitir que el otro detrás le revisara el cabello en busca de piojos. La segunda era que había un contacto físico con un camarada que podía pasar como una caricia, porque entre buscar piojos y acariciar bien poca era la diferencia. Había ya antecedentes por tal falta.  Y la última era que el otro había abandonado su lanza para tener las manos libres y poder revisarle los pelos. Estaba tan concentrado en su búsqueda que no prestaba atención a lo que sucedía a su derredor, no así su paciente, quien con mirada tensa seguía nerviosamente cada disparatada pirueta que realizaba Urmuf muy cerca suyo. Éste chillaba, saltaba, ululaba, hacía cabriolas, se revolcaba como un ululupis y cuando trataba de acercársele recibía una sucesión de planazos dados con la lanza.  ¡Urmuf! gritó Kam. Deja en paz a los... espectadores. La verdad que a esos dos les regalaría el argumento de la obra, sin tachaduras, completa, así se evitan de recordar todo lo que oyen o ven ―añadió por lo bajo―, pero me encantan sus caras cuando en los ensayos ven al principal gritando, pataleando y corriendo despavorido. ¡Vaya a saber qué le contarán después! Bueno... tengo que continuar con el ensayo. Quedate a verlo. Te divertirás.  Cuando te acuerdes la arenga traémela escrita. No es necesario que sea perfecta. Sólo las partes más importantes, el caracú del discurso.  Yo no sé escribir ―le contesté casi susurrando. Ah, es verdad. Me había olvidado. Y seguro que ni leer ―respondió. Bueno, lamentablemente tendrás que pedírselo al juez. ¡No quiero ni pensar lo que te dirá cuando lo hagas ese viejo gruñón! ¡Cuánto me gustaría estar presente! Luego, abandonando su excitación y poniéndose serio agregó: ¡Pero tiene la obligación de dártelo! Y te lo dará porque fue un intachable y noble guerrero. Aun si rezongando. El honor obliga.   Al verlo alejarse, Urmuf dejó de molestar a los espías y corrió detrás de Kam. Al igual que ellos que volvieron a su posición marcial, o sea con cascos, lanzas en la mano y ya sin contacto físico, me dispuse a ver el ensayo

lunes

                                                      Antropología Fantástica 22

Pasó bastante tiempo hasta que me rehabilité. De a poco comencé a caminar, lentamente, y lentamente también acudió el recuerdo que me hacía arder la cabeza, entornar los ojos y no oír nada por el castigo recibido. Así y todo, con dolorosa dificultad me trepé a la escalera y llegué a mi atalaya. El guerrero de guardia me ordenó bajar inmediatamente, y ya se disponía a dar la alarma por mi osadía. Todavía no estaba autorizado a visitarla, y tampoco me permitieron recuperar mi lanza y mi cuchillo de piedra rosada. Yo sólo quería ver otra vez, desde lo alto, mi ciudad... y la de ellas. Descendiendo alcancé ver a Krof. Me dije que ya habría oportunidades para hacérsela pagar. Cuando nos cruzábamos me miraba con desprecio, y debía saludarlo a la fuerza porque era mi superior. Y reía, el muy desgraciado. Ya se presentaría la dura noche de la venganza. Sólo bastaba esperar. Él, o aquella, o la ciudad ofrecerían la ocasión.
Durante mi convalecencia, que duró más de treinta astro mayor, supe, para mi congoja, de noticias alarmantes sobre el orden y disciplina del ejército. Nuevamente se habían formado dos facciones, que por entonces sólo se limitaban a discutir. Esto me preocupaba porque recordaba todavía aquel malcontento por el rancho. Inició con observaciones, reproches; luego discusiones, después ofensas, y terminó con una matanza vergonzosa. Kam, el ex comandante que renunció al mando para poder entretenemos con historias representadas por guerreros enmascarados, estaba en el centro de las discusiones. Él y un hermoso mancebo.  Mientras se limitaba a contar sobre dioses que se tiraban pedos como truenos o tormentas, o cómo fertilizaban la tierra con gigantescas gotas de esperma de sus masturbaciones, o cómo robaban las mujeres a otros dioses, o cómo les hacían imposible la vida a los hombres confundiéndolos con vicios y virtudes, nadie se había quejado. Todo lo contrario, porque narraban cómo comenzó la tierra y nuestra ciudad causándonos risa, o tristeza, y muchas veces desorientación. Pero entonces, por lo que había sentido, pretendía contar la humillante derrota contra el enemigo, aquella del bañado, de las piedras de fuego y la retirada desordenada hasta llegar a la muralla, en cuya cima las hembras se mofaron de nosotros. Sabía muy bien que al principal le habría desagradado ver a más de uno de sus guerreros con el rostro oculto detrás de esas máscaras ridículas, con el fin poco honorable de recordar aquel episodio. Para colmo uno de ellos era su mancebo preferido. Yo hubiera estado de acuerdo con él, pero en el fondo no era más que una pantomima, una fantasía de lo que realmente sucedió. Si lograba hacernos reír talvez olvidaríamos para siempre el gusto amargo de la derrota. Atravesé lentamente mi ciudad en dirección del relato de Kam, mientras sentía sobre mí las distintas miradas de mis camaradas. Muchas supe que me despreciaban; no pocas mostraban lástima y otras, aquellas que se parecían a la de Alarfa, eran secas y duras, como la solidaridad que me hacían llegar. El recinto en el cual Kam y sus secuaces se reunían estaba y está en la parte menos poblada de mi ciudad, bastante alejado, pegado a la muralla del naciente. Fue el único lugar, aun habiendo otros, que el anterior principal accedió a prestarle a Kam y los suyos. Los quería bien lejos, esperando que sus guerreros, los que habían hecho presión para tener un lugar donde divertirse, por la lejanía, no llegasen. Se equivocó de estrategia. Llegaron, y no pocos, una considerable multitud curiosa por la novedad. ¡Hasta las hembras del otro lado querían ir a ver...! ¡y también actuar! Era lo único que faltaba. No podían ni siquiera atravesar la muralla, ni soñar que actuaran. En vez de prestar atención a lo horrendo, o a la diversión, los espectadores se habrían distraído con sus cuerpos. El “relato”, como lo había bautizado Kam, era y es cosa para hombres.
(Aquí, en honor de la verdad, tengo que hacer otra aclaración. Después de una minuciosa consultación de pergaminos y tablas que guardan nuestra memoria, supe que Kam no había inventado el relato, él sólo se limitó respetuosamente a ampliar y enriquecer una antiquísima usanza, un rito, tan viejo como nuestra ciudad y el astro mayor. Supongo que tuvo origen por escrúpulo, por un sentido de justicia innato en nosotros. Era obvio que los guerreros debían morir en cualquier tipo de combate, aun entre nosotros o contra enemigos invisibles, pero los había, y no pocos, que morían simplemente de viejos. Para aquellos, además del nuestro, el reconocimiento de los dioses a través del sagrado fuego de la cremación era debido, pero, ¿cuál era la forma de despedir a los otros que jamás tuvieron la oportunidad de mostrar coraje, o eventualmente cobardía, y se llevaron ese secreto para siempre? No se podía esconder debajo de la tierra para que se pudrieran a impávidos guerreros que no tuvieron la oportunidad de demostrarlo. Era injusto, además macabro. Y tampoco se podía cremar a indignos. Esa fue la versión que, desde los orígenes de nuestra ciudad, pasó de generación en generación. Por eso, y con grande astucia de nuestros antepasados, a los muertos por vejez se los despedía con una peculiar ceremonia. En ella varios guerreros con máscaras horrendas trataban de asustar al finado antes de entrar en la negra tierra. Si este no huía se lo cremaba, como si hubiera muerto en combate, con todos los honores, y sus cenizas dentro de un ánfora andaban a reemplazar sus cuerpos para evitarles el deshonor de los gusanos. Ya que ninguno huía, se daba por descontado que habían sido todos íntegros guerreros, y esto, supongo, habrá causado más de una duda. Después, con el pasar del tiempo, y digamos también con una cierta relajación de las costumbres, los enmascarados, como no lograban atemorizar al muerto, y para demostrarle que los que aquí quedaban no estaban a su altura, risueñamente se dedicaban a tratar de asustar a los presentes. Y estos sí que huían horrorizados, especialmente los mocosos varones. Así nació el relato: gracias a la compasión y al escándalo. Con las hembras, siempre chismosas, hacíamos una excepción debido a lo trascendente de la ceremonia, y nadie daba la alarma porque espiaban el rito necrológico a escondidas sobre nuestra muralla, también espantadas, por cierto. Éramos y somos feroces, pero jamás intolerantes. También aclaro que, originariamente, el rito se llamaba relato póstumo.  Con Kam comenzó a llamarse relato, a secas, para quitar ese halo de tragedia de la palabra póstumo. Dicho esto, continúo con mis memorias)   

viernes

                                                    Antropología Fantástica 21

No tuve problemas para volver a mi celda y encerrarme otra vez, ligando nuevamente los palos entrecruzados que había desatado para escapar. Mientras esperaba el sueño observé ese cielo oscuro de piedra, y pude ver que cada tanto, aquí o allá, al improviso, nacía un punto luminoso que inmediatamente comenzaba a correr, como si escapara de algo, cada vez más veloz, para luego consumirse sin emitir sonido alguno, dejando detrás una traza que poco duraba. Eran iguales a aquellos que el principal había tomado como arma del enemigo. Luego cayó otro, y otro, aún más brillante. Estando así tan altos, tan lejanos y tan mudos era imposible que fueran proyectiles del enemigo.  ¿Quién podría vivir en la soledad de ese tremendo espacio? Escuché el canto de aves nocturnas, más allá de la muralla, y recordé que sobre nuestra ciudad jamás cantaban ni volaban aves nocturnas y menos diurnas.
Me despertaron los cascos de los cuadrúpedos y el pisotear desordenado de mis camaradas que volvían otra vez desengañados. No pasó tanto tiempo para que los gritos del principal, indignado por la fuga de Alina me llegasen claritos haciéndome despertar del todo. Controló él mismo la rigidez de la grilla de troncos de mi celda, nudo por nudo, con violencia, maldiciendo. Cuando me sacaron de ella estaban también, además de las mías, preparando otras dos estacas.  Supe enseguida quienes eran los desgraciados: los guardias nocturnos.
Entonces comenzaron los dolores.
El dolor físico no es lo que más mal me hacía, también dolía el sentido del tiempo lento, lentísimo.  Me llevaba al dolor, y de éste, al tiempo que se emperraba en no pasar, en un girar lento, como el espiral de los caracoles que van al centro, a ese punto en continuo dar vueltas sobre sí mismo, destrozando y penetrando mis carnes que comenzaban a podrirse. Las maneas de cuero durante el día se contraían por el astro mayor, porque las humedecían por la mañana con el agua que no me daban, y durante la noche se alargaban. Entonces, jadeando, sin poder gritar, esperaba la noche, pero era fría, me helaba la piel. Sentía que todo mi cuerpo estaba rígido, y a pesar de esto me dormía para despertarme por el dolor, no sabiendo si había dormido o no. Ya estaba el astro mayor, siempre, o ya era de noche, siempre: siendo igual a sí mismo como la noche a su oscuridad, perdía el control del tiempo que quedaba inmóvil como el cielo de piedra.  Los ojos se me hinchaban y dolían. La sed me resquebrajaba los labios y me estrangulaba la garganta. No sentía mis piernas, pero de repente volvían a estar en su lugar con un dolor atroz. Me parecía que mi cabeza fuera a quebrarse en mil pedazos si quería moverla para ver mis miembros, que estaban allá, lejanísimos, rojos de sangre.  Comencé, finalmente, a quejarme y a tener visiones. Vi a Aluna que me daba agua en la boca preguntándome cómo había hecho para entrar en la ciudad; también a Alina que me miraba y soplaba sobre mi rostro, que movía los labios con los ojos vítreos, que se apresuraba a decir cosas en silencio. También vi, y sentí, al principal que me pateaba las costillas, que insultaba sin sonido. Después la nada, y cuando estuve a punto de dejar de respirar y de ver, caí lentamente en una oscuridad, sin miedo, con tranquilidad, porque sabía que me estaba muriendo. ¿Sería así la paz de la que hablaba Alina? De seguro no era la misma paz que me acogía cuando me reemplazaban luego de esperar con el cuerpo tieso al enemigo. Era la paz en equilibrio inestable, en un punto sobre el cual aún estaba despierto, muy cercano, cercanísimo al sueño total y me sentía contento de abandonar todo, mas mis párpados que quería cerrar para siempre no me obedecían porque las lágrimas se habían solidificado. Me desperté, rígido sobre la tierra, sin maneas, con guerreros que tardé en enfocar para darme cuenta de que eran mis compañeros de tienda. ¿Cuánto tiempo había pasado? Veinte astro mayor, me respondieron. Me ardía aún la cabeza, e igualmente traté de levantarme, pero mis piernas, mis manos tumefactas no me sostenían. Vi entre tinieblas a guerreros sacerdotes que hacían extraños gestos sobre mi cuerpo, y comprendí que me daban la culpa del castigo y esperaban que recapacitara. También vi, algo más claro, al viejo principal que había renunciado al mando, Kam, el que había inventado ese entretenimiento en el cual podía participar quien quisiera si tenía algo que decir. ¿Qué hacía a mi lado? Me preguntó mi nombre, y al decírselo me di cuenta de que mi boca estaba llena de sangre seca. Entonces comenzó a contarme una extraña historia de una ciudad fundada en los cielos por los dioses y expuesta a la insidia de un solo demonio. La lucha era pareja, pero los dioses no podían entender cómo uno sólo de esos ángeles rebeldes tenía tanta fuerza, hasta que por fin descubren que no había uno sólo en la lucha, sino que también había otros habitantes de la ciudad a favor del demonio. ¡Cosa inaudita! Fue por esa razón de fuerzas desiguales que la ciudad dejó de estar en los cielos y se desplomó sobre la tierra. Y era necesario reconstruirla porque el hombre tenía frío y miedo. Pero los dioses, por ser dioses, y además vengativos, no querían y no podían ensuciarse las manos ya que no era constructores, sólo inventores. Les pareció suficiente y justo castigo que esos traidores e ingratos seres se rompiesen el espinazo levantado piedra sobre piedra mientras ellos los miraban como envejecían fatigando. Qué aprendan, raza maldita, tronaron. Yo no tardaría tanto en entender el motivo por el cual me contó esa extraña historia. Alguien me mojó los labios antes de descender con vértigos hacia un sueño en el cual no quería entrar, pero no era yo el que mandaba. Soñé que tocaba a Aluna, y ella se reía, la muy desgraciada. Me besó en la boca y quise llevarme conmigo esa alegría a pesar del dolor.


miércoles

                                                          Antropología Fantástica 20

Las chispas de las primeras hogueras que mis camaradas encendieron delante de sus tiendas, comenzaron a dejarse llevar por el viento. Recordé a un antiguo que decía que esas, como el fuego que las origina, eran el aliento de los dioses que ayudaban siempre. Con sus alientos nos habían donado el fuego y ahora arrastraban una multitud de chispas que atravesaban mi ciudad. ¿Talvez me buscaban para ayudarme? Ojalá también lo hubieran hecho por Alina.
Sentí a los guardias que venían por mi como también una explosión, lejana, sorda, y creo haber visto un resplandor. Luego el griterío de toda la ciudad. ¡El enemigo! Jamás me encontré tan agradecido por su llegada, aun sabiendo íntimamente que sería otra vez una desilusión. Después de una ruidosa preparación del ejército, que llenó mi celda de polvo espeso y amarillo, la ciudad se podía decir que estaba vacía. Las hogueras se consumieron e imaginé la oscuridad de mi amada ciudad que era igual a la de mi celda. Tuve siempre esa facilidad de ver en la oscuridad, cosa que quedó registrada en mis fojas de servicio. No todos la tenían. Más de una vez acompañé al principal anterior a cazar en batidas nocturnas, y por mi habilidad me dio el sobrenombre de “felino”, palabra desconocida para mí en aquellos tiempos, de la cual supe su significado atando cabos. Eran esos cuadrúpedos silenciosos que veían en la noche.  No me disgustaba tal apelativo pues apreciaba en ellos esa disposición a la soledad. Después de un momento distinguía perfectamente los nudos de los troncos sobre mi cabeza a guisa de enrejado. Esperé un momento para tratar de escuchar la tromba del ejército, los cascos de las bestias y el paso ritmado de mis tantos camaradas. ¡Partían felices! Cuando no los escuché más, puse manos a la obra liberándome, antes que nada y con un respiro de alivio, de la sutil hoja escondida en el dorso de mi mano, volviéndola a guardar en el bolso de cuero. Ya no me serviría. El enemigo se había hecho presente otra vez modificando el futuro, y en aquel caso haciendo vana mi decisión de cortar las cuerdas de las rejas de mi prisión, las de Alina y ayudarla a escapar. Yo no podía huir con ella. Me debía y me debo a mi ciudad. Con la ciudad a oscuras, podía hacer lo que me había propuesto de otra manera y evitar pasar por un traidor. Nadie me señalaría como el cómplice de la fuga de ella si encontraban las ataduras intactas.
El maestro de nudos que había ligado los troncos por lo visto también había aprendido de las pescadoras. Seguramente observándolas desde lejos. Yo también sabía cómo se hacían. Especialmente cómo se deshacían esos nudos. No me costó tanto desatar los travesaños. No estaba el astro de leche. También las chispas del cielo por algún motivo habían desaparecido, y esto me dio más ánimo. Las únicas antorchas eran las de las dos atalayas que dominaban el portón, y cuatro en este. Mis camaradas, que habían descendido de sus puestos de vigías, estaban por cerrarlo, siempre observando la oscuridad exterior desilusionados por no estar con sus compañeros. Me arrastré como aprendí viendo reptiles, recordando por un momento que de niño me sentía como uno de ellos. A la caza y tratando de que no me viesen o sintiesen me allegué a Alina, que en la noche oscura refulgía tenuemente, blanca, quieta, estaqueada en cuatro puntos, con la cabeza hacia abajo. No me vio cuando me acerqué en silencio y en silencio me quedé a observarla. Su rostro estaba hinchado, sus cabellos blancos apoyaban sobre la tierra oscura como una pequeña cascada de candidez. Los lazos habían lacerado sus muñecas y sus pies. De repente abrió los ojos y me miró sonriendo a pesar de su sufrimiento. Sabía que vendrías ―me dijo. Me espanté. ¿Cómo lo sabía? No te asustes ―prosiguió. Cuando mirabas las chispas que volaban me lo revelaste. Pero si yo no grité, me dije. Luego, mirando sus ojos, al revés con respecto a los míos, los ojos de una hembra inocente encerrados en un rostro cándido, por un momento, pequeñísimo, como esas chispas, supe que mi ciudad, la de ellas, la soledad de afuera, mis camaradas, todo, todo tenía una razón comprensible que me llenó de fervor, porque los dioses no me estaban ayudando a mí, pero sí a ella a través mío. No tuve dificultad para desatarla. La deposité con cuidado sobre la tierra y la observé embelesado. Su blancura resaltaba sobre la tierra oscura, y una extraña sensación de tranquilidad me embargó. Entonces comencé a arrojarle con cuidado manojos de tierra para que no delatara su fulgor. Por un momento deseé acariciar ese cuerpo, su vientre, sus senos, pero me contuve. Ella, mientras tanto, comenzaba a respirar con normalidad. Cuando se sintió pronta comenzamos a arrastrarnos mientras yo pensaba cómo haría para atravesar el portón. De repente Alina se puso en pie, y diciendo que no se arrastraría nunca más, comenzó a limpiarse la tierra que antes le había arrojado hasta quedar otra vez blanca. Quise decirle que no tenía que hacerlo, nos descubrirían. Me miró desde allá arriba. No es necesario. Verás que todo saldrá bien ―respondió a una pregunta que yo no había formulado. Caminó a mi lado mientras yo aún reptaba. Pensé que todo estaba perdido; los guardias la verían. Nos detuvimos a pasos de ellos, que de espaldas a nosotros miraban todavía la oscuridad exterior de la ciudad, tratando de ver la retaguardia del ejército. Las antorchas, cuatro, flameaban sinuosas realizando una danza, como si quisieran despegarse de su esclavitud. Ella estaba en pie y a mí no me venía ninguna idea, sino aquella de huir sin que me vieran, pero mirándola nuevamente aguanté. De repente, otra vez un viento nocturno comenzó a agitarse trayendo bandadas inquietas y desordenadas de chispas, como un ejército diminuto en estampida. Los guardias también lo sintieron y se estaban girando cuando al improviso el viento se tornó más violento y las cuatro antorchas, luego de inclinarse contra su intención de continuar a bailar verticales, se apagaron. Y ella comenzó a trasladarse sin apuro, blanca, recta, mientras las últimas chispas desaparecían por la puerta.
Con mis camaradas más de una vez habíamos estado esperando el enemigo en la oscuridad más espesa. Recuerdo que habíamos tenido miedo, pero siendo en tantos sabíamos que se diluía en cada uno hasta transformarse en un pacto tácito, de seguridad mutua mientras podíamos sentir la cercanía del otro. Pero aquellos desgraciados eran solo dos, una forma de soledad en donde el miedo no desaparecía, todo lo contrario. La ciudad estaba vacía, y comenzaron a gritar despavoridos por lo que veían; una mujer cándida rodeada de chispas que avanzaba en la oscuridad sin mover los pies, pues los había puesto sobre mis espaldas pidiéndome que continuase a reptar. Sentí sus gritos que me helaron la piel y sus carreras para escapar. Ella, llegados al portón, se bajó de mis espaldas.  Me puse en pie y la observé. Sabía que estábamos solos, en la puerta de mi ciudad deshabitada, la puerta que para ella era la salvación y para mí la obligación de no escapar. Las mortificaciones en manos y pies todavía no habían desaparecido, sin embargo, refulgía aún más. Me acarició con sus dos manos tibias, desde las sienes hasta el mentón. Luego me cubrió los ojos y me dijo que rogaría para que los próximos y necesarios dolores fuesen soportables, que después no tenía que dejarme llevar por el odio, que cuando la quisiera ver fuese al bosque más lejano que encontrase. No la sentí marcharse. Creí que todavía estaba delante de mí y entonces abrí los ojos. La perdí de vista de a poco, hasta que se hizo una figura luminosa pequeñísima que se apagó de repente. Como las chispas. Entonces me di cuenta de que estaba solo en mi ciudad en medio de la noche.

Wislawa tenía terror a los charcos

que crean y abandonan las lluvias.

Los evitaba de un salto, temerosa

de caer y desaparecer para siempre

en esos espacios de cielo y de nubes

allí abajo, a sus pies. Era un engaño,

lo sabía, pero también sabía que era

más fácil dejarse llevar por la gravedad

de la tierra que aspirar hacia arriba.

He aquí su pavor, que después de caer

se cerrara el cristal de las aguas sobre

su cabecita de niña y no estar más

en su barrio polaco, con un cielo arriba

y los inevitables charcos allá abajo.

Wislawa, la de los espejos quebrados

que después de la guerra continuaban

a reflejar el cielo, Wislawa, la que

decía que al fin y al cabo no se estaba

tan mal sobre esta tierra, ya que aún

se fabricaban sillas, paraguas, zapatos,

pañuelos para llorar y juguetes,

y donde la ignorancia tenía tanto trabajo.






domingo

                                                     Antropología Fantástica 19
Mi defensor, sin dejarse de acariciar la barba, distraído, pidió clemencia. En mi descargo recordó que yo jamás me había enfermado. Y sí aun lo estuve, no dejé de cumplir mis obligaciones de buen guerrero, como vigilar en el atalaya ardiendo de fiebre, siempre en pie, debilitado, con dolor, como lo demostraban mis fojas de servicio. Antes de dar el veredicto el juez me preguntó si tenía algo que agregar. Dije que sí, e imaginé la peor suerte para mí, pero no me importaba... “No niego que la ciudad sea perfecta en el orden. No faltan armas ni comida, y es justa la disciplina impuesta para visitar las hembras, pero no hacemos otra cosa que mantenernos siempre listos, lustrando lanzas, cuchillos y cascos, formando, desfilando, obedeciendo. En ella he visto morir a mis antepasados que hicieron exactamente lo que yo ahora estoy haciendo: esperar al enemigo y como ellos jamás verlo. Ya muertos fueron despedidos con verdadero desgarro por parte de sus conmilitones, pero el único que los recuerda ahora soy yo, seguro de que también me olvidaré de ellos, por eso, por ese olvidarse de todo y esperar un enemigo que no llega considero esta espera una inutilidad que me hace bostezar. (El viejo juez observó escandalizado al acusador y a mi defensor, quien carraspeó para hacerme callar, pero continué) En gran camaradería, no lo niego, pues el contacto, el aglomerarse de mis compañeros alrededor mío es reconfortante, y no tengo dudas de que los otros sentirán esa misma seguridad cuando yo formo parte del grupo que rodea. Nos sentimos fuertes y seguros, pero el tiempo pasa y ya estoy alcanzando la edad de mis antepasados y estoy seguro de que ese mentado enemigo no se hará ver.
¡Estaqueado por cinco días y cinco noches, sin agua! ―gritó furioso el viejo juez.
Cuando me introdujeron en la celda excavada en la tierra pude ver a Alina estaqueada, vertical, con la cabeza hacia abajo, aún blanca su piel visible y el sayo hecho girones, anudado, por pudor, alrededor de sus tobillos. Más allá ese “enemigo” con las sagradas armas cubiertas, y a su costado los fragmentos de la roca que el enemigo había lanzado con su formidable aparato. Todos temibles símbolos que hacían evidente su existencia.  Ya dentro pedí a mis antepasados que la noche que se aproximaba fuese oscura, muy oscura. Mientras esperaba que preparasen las estacas, extraje de mi bolso de cuero las dos figuras de barro cocido y cera que representaban a mis idílicos padre y abuelo, y tuve de repente la necesidad de tener una figura de mi madre. Ella también habitó en una ciudad como la actual, siempre fuera de las murallas, pero de ella no tenía nada que me la recordara. Entonces le prometí a esa casi desconocida que cuando salga de esta, esculpiré, talvez con la ayuda de Alina, una figura femenina. De ella solo recuerdo borrosamente que, siendo tantos hermanos, y yo uno de los menores y el más peleador, nos miraba mientras luchábamos. Cuando estaba por llegar la sangre intervenía sin ninguna emoción en su cara, decidida a hacernos entrar en razón con el bastón, mientras mis hermanitas observaban, masticando raíces y aprendiendo de ella a imponer el orden doméstico. Éramos muchos, tantos como los hijos de Alema, la vendedora de cuerdas. Otro pequeño ejército que la ayudaba a recoger tubérculos, raíces e hierbas de las cuales extraía, después de misteriosos hervores acompañados con ruegos y letanías, las propiedades benéficas, y se las vendía al principal de aquellos tiempos. Había una en especial, que no hervía, pero después de dejarla secar y luego machacarla era muy requerida por aquel, pues decía que lo hacía soñar. Con esa logró acumular bastante pepillas doradas, hasta que un día un grupo de guerreros le arrasó toda la plantación. Recuerdo que días antes hubo un enfrentamiento entre los sacerdotes guerreros apoyados por algunos soldados en una borrascosa reunión. El principal tuvo que ceder, de mala gana, como es de imaginar, al requerimiento de abatir esa planta. Sin embargo, estoy seguro de que no todas las plantas fueron quemadas, pues veo cada tanto a algunos de los sacerdotes con los ojos extraviados y muy abiertos, igual como los ponía el principal.
Busqué y encontré en el fondo del bolso aquella sutil hoja de piedra rosada, afiladísima, pequeña, que con obstinación labré en mis momentos de ocio. Con un poco de cera que extraje de la figura de mi abuelo adherí esa lámina de piedra en el dorso de mi mano del naciente, escondiéndola entre los pelos, mientras escuchaba los gritos de dolor e insultos que profería Krag. Rogué a mis antepasados de poder oír un día los mismos gritos, pero de la boca de Krof. De Alina no escuchaba nada y desde mi posición no podía verla en su totalidad. Me hubiera gustado continuar a hablar con ella... y con Aluna. También con Alarfa. Alina me habría enseñado cómo era esa paz y seguridad del templo, Aluna me habría hecho sentir más vivo de lo que estaba y de Alarfa me hubiera gustado tener su desfachatez. Sin embargo, creo que mi defensa que hice frente a la corte la aprendí de ella. Especialmente por el porte que adopté. Fue la primera vez que, para acompañar lo que decía, moví las manos, incliné mi cuerpo e hice gestos con la cara. Un guerrero no lo debía hacer de frente a sus superiores, pero así salió. Supongo que eso les habrá hecho enfurecer aún más. Pobre Alina. Por lo que me había propuesto hacer me sentía un poco perturbado, porque era y soy un guerrero: me debía y me debo a mis camaradas y a la ciudad, pero Alina, aún si testaruda e indócil no merecía lo que estaba pasando. Traté de verla otra vez, pero me di cuenta de que la noche estaba llegando y los guardias comenzaban a limpiar el terreno en donde armarían las estacas para mí.
                                                   Antropología Fantástica 18

Toda esa masa de combatientes que poco tiempo antes era un conjunto de bravos y ordenados guerreros, ahora gemía y gritaba amedrentada, ahí abajo, al pie de la muralla. Nosotros igual al coro, y ellas, allá arriba, como los actores. El principal, ya con su cuadrúpedo recuperado y con su escolta todavía maltrecha pidió silencio, galopando de una punta a la otra de esa multitud de guerreros desamparados, siempre mirando, diría yo con fruición porque tenía ganas de revancha, hacia el bosque que ahora la opuesta muralla escondía. Pero la gritería era histérica y no era para menos; jamás habíamos visto un arma tan terrible. Además, la vocinglería sarcástica de las mujeres aumentaba nuestro desconcierto. ¡Las muy desgraciadas!  Esas desfachatadas se divertían con nuestra humillación. ¡Qué deshonra! Hay un olor feo gritaba una de ellas desde allá arriba, arrugando la nariz. Alguien se hizo encima. ¡Silencio!, nos gritaba el principal, mirando cada tanto esa multitud de hembras con ojeriza.  ¡Guerreros!, deberían avergonzarse ―y hubo de recurrir a la fusta para tratar de imponerlo. Mas no fue la orden del principal que logró restablecer el silencio finalmente, sino el tiempo que pasaba. Entonces, así, a tientas, aún temblorosos y con la vergüenza que se había apoderado de nosotros obligándonos a no mirarnos, comenzamos a inventariar el desastre.   Se estableció por alzada de mano el número de los camaradas faltantes, que eran aquellos que quedaron hundidos en el bañado. Después se contaron los muertos aplastados por sus propios compañeros y se dieron los primeros auxilios a los heridos. ¡Es una vergüenza!  ―continuaba a gritar el principal que no podía castigar a todos, pero luego, reuniéndonos y esperando que se estableciese otra vez el silencio, nos arengó diciéndonos que el enemigo, por lo visto, tenía armas de formidable poder; que esa capacidad de disparar pesadas piedras encendidas tan lejos, era la prueba evidente de que era poderosísimo, pero que sólo era una batalla perdida, no la guerra, y nos recomendó mayor esfuerzo, cuidado y atención para la próxima vez. Desde esa vez noté que una dificultad para escuchar, que no duró poco, seguramente debido a la explosión, había afectado a mí y a mis compañeros, pues comenzamos a pedir la repetición de lo dicho a nuestro ocasional interlocutor, molesto defecto que ni siquiera la plana mayor estuvo exenta de sufrirlo. Fue por eso que vi sin oír muy bien lo que decían cuando condecoraron a Krof. No fue difícil imaginarlo: por los gestos ampulosos del principal y sus ayudantes y la cara de satisfacción de Krof, seguramente elogiaban su permanente estado de alerta, coraje y otras virtudes militares: había sido él a dar la alarma por las piedrecillas luminosas. Y no solo a él decoraron. Hubo otros pechos con medallas y penachos coloridos. Ya el miedo y la vergüenza se habían olvidado. Una hermosa medalla que Krof mostraba con orgullo, y que por el honor conseguido lo autorizaba a seguir bebiendo descaradamente de la cantimplora: ahora lo hacía a la vista de todos nosotros, los guerreros sin medallas.  Además, se transformó en uno de los portavoces de la existencia y por cierto de la bellaquería del enemigo. Lo habían ascendido a primer guerrero.  

                                                 Antropología Fantástica 17
El otro encuentro, si se puede decir encuentro, pues tampoco vimos a nadie, fue cuando dada la enésima alarma, aquella vez por Krof, una tarde comenzamos a ver extrañas y diminutas luces que pasaban con gran estruendo sobre el bosque, en donde las hembras se abastecían de leña. Entonces, como siempre sucedía en estos casos, cualquier cosa inexplicable que se manifestaba tenía que ser a la fuerza el enemigo con sus andanzas, y había que salir a enfrentarlo con decisión. Excitados formamos y abandonamos la ciudad cuadriculada a paso vivo decididos a dar combate. Las luces continuaban a pasar, pero cada vez más pequeñas. El principal, pensando que el enemigo estuviese cambiando de estrategia, desconocida hasta ese momento, ordenó apresurar aún más la marcha. Las hembras que volvían arrastrando trineos repletos de leña junto a pastoras de animales, al vernos marchar tan gallardos, nos miraron asombradas y curiosas al principio. Luego, cuando supieron a dónde y por qué íbamos, comenzaron a dar muestras de desprecio y a burlarse de nuestra formación impecable. Son sólo piedras del cielo eso que ustedes ven, inofensivas. Caen cada tanto, y se apagan siempre. ¿No se dieron cuenta? nos gritó una de las más insolentes dando inicio a un murmullo de desaprobación y burla de las demás, al final de las cuales nos preguntó en manera insolente si no teníamos nada que hacer en vez de andar persiguiendo piedritas luminosas. El principal la miró despectivo, con altivez, para luego preguntarle al segundo principal, sin girar la cabeza, el nombre de esa hembra irrespetuosa. Este último, no sabiéndolo transmitió, también sin girar la cabeza, la pregunta al tercer principal y así, de categoría en categoría llegó hasta Bruk, ―guerrero siempre disponible para realizar los trabajos más inverosímiles que bien conocía a esa deliciosa hembra. Demasiado bien la conocía y se guardó muy dentro suyo el nombre para no denunciarla, contestando que jamás la había visto. Sus demás camaradas también dieron la misma respuesta, lo que indujo a pensar a Bruk que no era él solo que la conocía. Cuando la respuesta llegó al principal, de la misma manera como había salido la pregunta, este, finalmente se dio vuelta y miró con desconfianza a su tropa. Inmediatamente ordenó proseguir con la marcha y que ignorásemos a esas mal educadas.

Nos detuvimos a muchos pasos del comienzo del bosque pues había un ancho bañado que nos cortaba la marcha. Considerándolo el principal ordenó que toda la tropa se dividiese en dos para costear ese obstáculo y luego converger más adelante. En tanto las piedrecillas del cielo continuaban a pasar, pero cada vez menos, y no sobre el bosque como creía nuestro principal. Luego de un bullicioso pasaje estuvimos todos de la otra parte de ese bañado que por lo visto era profundo, escuchando al principal que furioso gritaba y preguntaba para qué habían servido las últimas ejercitaciones sobre el transitar de la tropa en silencio. El segundo principal contestó que éramos algo duros de cabeza. Con mi compañero nos miramos respectivamente las nuestras, porque no supimos si se refería al eterno casco duro de tres cueros que vestíamos o a lo que protegía. Estuvimos ahí rígidos, a la espera, con la tensión en aumento. Fue en esos momentos que mi convicción de la no existencia del enemigo se hizo más patente, pues compartir ese estado de inquietud encerrada a la fuerza en el cuerpo de mis compañeros y que yo sentía palpable, me disponía también a mí a esperar y a desear su presencia que presentía cercana. Continuábamos ahí, ansiosos mirando la mano de nuestro primer guerrero responsable de nuestro pelotón, que a su vez miraba la mano alzada del principal para incitarnos a avanzar, cuando de repente vimos aquella pequeña piedrecilla incandescente, volando mucho más bajo, y en el sentido contrario a las otras, que se dirigía hacia nosotros sobre la copa de los árboles. Su luminosidad y grandeza iban en aumento, junto a un fragor que se hacía cada vez más ensordecedor a medida que se acercaba. La mano del principal no se bajó, en consecuencia, tampoco la del nuestro primer guerrero, pues al igual que todo el ejército miraba asombrado esa ya tremenda bola de fuego que pasó sobre nuestras cabezas con un estruendo espantoso. Hizo sangrar y doler los oídos y ocasionar una onda de aire que desbarató a más de uno y a más de otros arrancó vestido, casco, escudo y lanza. Duró lo que dura un cerrar y abrir de ojos, erizándonos piel y pelos. Luego se oyó una explosión tremenda vaya a saber dónde. La estampida que siguió a tal hecho fue desastrosa. El terror y el desorden fue contagioso. El cielo oscureció al improviso y un fuego invisible comenzó a arrastrarse y a rodearnos, mientras que un olor a podrido y un polvillo incandescente se depositaba sobre todos nosotros. Nos golpeábamos mutuamente para apagar el fuego de nuestros vestidos. El gallardo ejército se apresuró a huir en desbandada y humeando hacia la ciudad, olvidándose del bañado a nuestras espaldas, que continuaba a ser bastante profundo, y que antes habíamos evitado en orden ruidoso. Perdimos más de doscientos guerreros ahogados por la urgencia de escapar. El principal también tuvo que huir al igual que sus bravos consejeros y sus segundos y terceros principales, a pie, pues las bestias espantadas corrían más veloz que ellos. ¡Atrás! ¡Retroceder! ¡Mantener el orden!, gritaba el principal con su abdomen bamboleante y descalzo.  ¡A repararse! Y corría más que nadie. Llegamos a la ciudad pisoteándonos, sucios, exhaustos y espantados. Nos amontonamos a gemir en el muro opuesto al de ingreso, muro sobre el cual se habían encaramado casi todas las hembras a disfrutar del espectáculo de sus conflictivos guerreros que volvían derrotados. Algunas lloraban pues intuían que no verían a más de un hijo, pero otras, menos sensibles, o descaradas, reían y nos escarnecían burlonas. ¡Continúen a buscar fantasmas! ―nos gritaban desde allá arriba. ¡Estúpidos extraviados! ―agregaban. ¡Tienen todo acá y se emperran en buscar fantasmas! Y continuaban a reír. No así las otras, las que seguramente habían perdido un hijo. Estando sentadas o en pie sobre nuestra muralla, con esos rostros tan desiguales, de reproche, de ironía, de sarcástica risa y de terror, me hizo recordar aquellos espectáculos de guerreros con máscaras inventado por Kam, viejo y corajudo principal que había renunciado al mando.
                                                       Antropología Fantástica 16

Cuando por fin llegó la formidable formación de guerreros con el principal altivo a la cabeza, los “enemigos” miraron desconfiados a toda esa masa de animales con cuatro y dos patas dispuestos en compactas filas, mientras continuaban a masticar y rascarse, pero cuando se percataron que el principal, después de dar la señal de ataque se dirigía hacia ellos con malas intenciones, a los saltos y a las zancadas, grandes y pequeños se retiraron hacia el bosque aullando, gritando y gimiendo. El principal, viendo que el “enemigo” huía velozmente y que llegaría dentro de poco a la espesura y seguridad del bosque, ordenó a los caballeros cargar al galope. Estos, a pesar del esfuerzo solicitado a los cuadrúpedos no llegaron a alcanzarlos, pero sí lograron rodear a un solo “enemigo”, extrañamente más lerdo que sus compañeros. Los otros ya habían desaparecido en la oscuridad del bosque. Mientras tanto la infantería se estaba acercando dejando detrás de sí estruendosamente una nube de polvo amarilla y espesa.
El único “enemigo” retrasado se vio rodeado por varios caballeros. Con valor y arrojo aguantó, gritando, gimiendo, tratando de parar los golpes y lanzazos que le llovían de todas partes, hasta caer muerto, lleno de heridas.  La atención de los caballeros viendo abatida e inerme la presa fue interrumpida por el gritar lastimoso de los camaradas del caído, que de repente, y sin salir de la seguridad que daba el bosque, habían vuelto hasta el borde para tratar de ayudar a su compañero. Ya la infantería estaba llegando y los caballeros volvieron a espolear sus cuadrúpedos para tratar de alcanzar a los fugitivos, pero estos, temerosos, horrorizados y a la vez agilísimos ya desaparecían. Volvieron los caballeros hacia el caído, mientras la infantería pasaba en dirección del bosque a perseguirlos, y haciendo un círculo alrededor del “enemigo vencido” no permitieron a más nadie ingresar en el. 
Lo que supimos después, ―pues nadie, aparte de los pocos caballeros y el principal, que ahora está muerto―, supo qué fue lo que en ese círculo de altos oficiales se dijo o hizo. Fue todo a base de conjeturas nuestras, pero para mí, muy cercanas a la verdad. Ese enemigo moribundo no era un “enemigo malvado” y menos un guerrero, y menos un macho, y algunos arriesgaron afirmar que era un hembra, y encima preñada.  Creo que haya sido por eso que el enemigo escarnecido y colgado en la plaza de armas tenga esas fajas que les cubren las sagradas armas.  Sus ojos son como piedras y no sé cómo han hecho para dejárselos abiertos. Para quitarle la curvatura que tenía hacia adelante, y que el principal afirmaba que se debía a lo viejo que era, y por lo tanto muy astuto, lo ataron a una estaca recta. Su aspecto, aun con todas las mañas que usaron para dárselo tremendo, realmente era lastimoso. Una inocencia palpable, no obstante le hubiesen puesto en la mano una lanza amenazadora. Ahora ya está más que seco. Pero era, y hasta no hace tanto, el enemigo, nos decían todos los principales. Realmente tiene consistencia de guerrero, pero está lejos de ser un enemigo que siempre pensé que tendría que tener los rasgos como nosotros, el enemigo igual pero opuesto, y, además, vestido de guerrero.
                                                   Antropología Fantástica  15
… se detuvo, dudó por un instante y me preguntó si entendía el significado fáctico de realidad. Estaba decidido a responder que sí, primero por orgullo y luego por inercia, pero la verdad era que hasta ese momento jamás me había preguntado qué era la realidad, y menos fáctica. No sabía qué decir, entonces los dioses vinieron en mi ayuda y me susurraron; cotidianidad, la cotidianidad del esperar; tanto en formación, como en las atalayas. Esa era la cotidiana realidad para mí. Contesté fieramente que sí, que lo sabía. Entonces el acusador continuó …como decía, que la razón de toda esta realidad fáctica que es la ciudad ordenada y evidente se debe al necesario y natural hecho de existir y defenderse, y en caso fortuito para ofender a cualquier enemigo aun si es escurridizo Y agregó. En definitiva y simplificando, ¿no cree que el esfuerzo es inmenso? ¿No cree que es desproporcionado el crear y mantener una mole de guerreros, murallas, animales, ideas, costumbres, lenguaje, virtudes…? ―pensó un instante y agregó―, y también vicios, ¿por qué no?, y que su fin no sea otro que la sobrevivencia, y si uno, o algo debe sobrevivir, ¿no le parece que es innegable la existencia de un enemigo? Era dificilísimo lo que había dicho. Entendí poco, pero sabía adónde quería llegar. Contesté que no ponía en duda la finalidad de mi ciudad ordenada y limpia y su destino, pero volví a repetir que después de veinticinco pariciones de hembras jamás vi enemigo alguno, aun reconociendo que más de una vez habíamos corrido detrás de algo que, como siempre, jamás fue alcanzado. El acusador pidió que se registrara que el acusado reconocía en manera perversa y ambigua dos realidades incompatibles entre ellas: la ciudad de los guerreros, de la cual yo tomaba parte para defenderla   y la no existencia del enemigo, agregando escandalizado y para sí, como si fuera él el autor de las leyes, cómo era posible tamaña contradicción, y que con mi banal defensa simplemente me estaba definiendo yo mismo un ignorante inútil. Luego, para afirmar su tesis, me recordó el enfrentamiento con aquel grupo reducido de “enemigos” ... y después aquel otro, aún más traumático. No tuve necesidad de escucharlo, los recordaba muy bien. Del primero tenemos en la plaza de armas, colgado, escarnecido y a la vista de todos ese “enemigo”, que yo creo que no sea ni enemigo ni guerrero. Del segundo, la vergüenza sufrida por los sobrevivientes y la sordera temporaria de algunos de los participantes a aquella batalla.
...
Del primero me acordaba muy pero muy bien pues fue Krof, siempre ese bastardo en medio que, saliendo en patrulla de reconocimiento con un superior inmediato, un primer guerrero, llegaron hasta unas alturas que desde nuestra ciudad casi no se distinguían. Muchos pasos más adelante comenzaba un bosque, bosque que el primer guerrero consideró que era una posición estratégica a favor de un eventual ataque del enemigo. Podían esconderse ahí, tranquilamente, al amparo de la oscuridad, sin que los viéramos para tramar un ataque, sentenció. Entonces decidió comunicar al principal que se podía instalar un puesto continuo de vigilancia sobre aquella colina para controlarlos. Luego, para llevar a cabo esta idea que le pareció digna de un primer guerrero como él, dejó a Krof con precisas instrucciones de vigilar el entorno mientras él retornaría a la ciudad para indicar su posición en el mapa del principal.
Puestos de avanzada como estos existieron siempre, y se siguen inventando de acuerdo al deseo de ascensos de quien los propone. Los principales veían con satisfacción y buen ojo que sus subordinados estuviesen siempre inquietos; que buscaran o sugirieran nuevas posibilidades ventajosas para un eventual encuentro con el enemigo. Yo, aunque si no creía que el enemigo existiera, me parecía justo que se abocaran e inventaran nuevas excusas, porque cuando estaban ocupados imaginándose el enemigo, eran más tratables y menos dogmáticos. Cuando el primer guerrero partió al galope con su bestia, Krof, quedándose solo en esa inmensidad, hizo lo que siempre había hecho en esas situaciones; observar la soledad que lo rodeaba; darse cuenta de que era libre de obligaciones y beberse casi toda la cantimplora que agua no tenía. Como contaría él más tarde, esa soledad que enfriaba los huesos se le hizo inmensa, no enemiga, pero si aplastante, y así abandonado se durmió, no tanto profundamente (pues él, a pesar de todo sigue siendo un guerrero, y los guerreros jamás duermen en forma profunda), como para no poder darse cuenta desde esa cómoda posición sobre la hierba, entre sueño, resaca y terror, de la llegada del primer guerrero que volvía de la ciudad. ¿Tanto tiempo había dormido?, se preguntó Krof.
Ciertamente el primer guerrero, viéndolo, consideró que no era la posición de un observador atento.  Krof a su vez, observando la actitud de su superior, que de la sorpresa pasó a la ira, y de ésta pronto a prenderlo a fustazos, Krof, así como estaba, con el oído pegado a la tierra, en duermevela y babeando, más que inventar intuyó una posible salvación al evidente e inevitable castigo exclamando, ¡El enemigo! y se levantó sobre sus manos y piernas, temblando por el peligro inminente de la fusta de su superior.  Este dudó por un instante y miró donde el presunto perezoso miraba.  Le bastó poco para convencerse de que ese grupo indefinido de animales con dos y cuatro patas que había surgido al improviso era el taimado enemigo. Ya montado de un salto, y con la misma fusta violenta acicateó su cuadrúpedo, saliendo al galope tendido para comunicar el descubrimiento del enemigo y obligar a la división acorazada a presentar combate. Durante todo ese tiempo de espera, que no fue poco, Krof no hizo otra cosa que temblar de miedo sabiéndose solo y con el “enemigo” tan cercano. Cada tanto levantaba la cabeza de los yuyos, y de a poco se percató de que aquel “enemigo” de pacíficos animales que avanzaban con parsimonia unos en busca de raíces y otros olfateando el aire, rascándose continuamente e iniciando reyertas que terminaban súbito, de guerreros sólo tenían el porte casi erguido. Y más extraño le pareció que tuviesen las sagradas armas sin cubrir. Encima sus barbas no sólo estaban en sus caras, como la de Krof, sino también en todo el cuerpo. Y muy tupida. Pero Krof no se hizo más preguntas y consideró que ese era el enemigo, y como tal había que exterminar. El tiempo de espera fue interminable, y a él no le quedaba otra opción que retroceder reptando pegado a la hierba, pues aquellos avanzaban en su dirección, muy lentamente, y le vinieron irrefrenables y espasmódicos deseos de cagar. 

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