domingo

                                                   Antropología Fantástica  15
… se detuvo, dudó por un instante y me preguntó si entendía el significado fáctico de realidad. Estaba decidido a responder que sí, primero por orgullo y luego por inercia, pero la verdad era que hasta ese momento jamás me había preguntado qué era la realidad, y menos fáctica. No sabía qué decir, entonces los dioses vinieron en mi ayuda y me susurraron; cotidianidad, la cotidianidad del esperar; tanto en formación, como en las atalayas. Esa era la cotidiana realidad para mí. Contesté fieramente que sí, que lo sabía. Entonces el acusador continuó …como decía, que la razón de toda esta realidad fáctica que es la ciudad ordenada y evidente se debe al necesario y natural hecho de existir y defenderse, y en caso fortuito para ofender a cualquier enemigo aun si es escurridizo Y agregó. En definitiva y simplificando, ¿no cree que el esfuerzo es inmenso? ¿No cree que es desproporcionado el crear y mantener una mole de guerreros, murallas, animales, ideas, costumbres, lenguaje, virtudes…? ―pensó un instante y agregó―, y también vicios, ¿por qué no?, y que su fin no sea otro que la sobrevivencia, y si uno, o algo debe sobrevivir, ¿no le parece que es innegable la existencia de un enemigo? Era dificilísimo lo que había dicho. Entendí poco, pero sabía adónde quería llegar. Contesté que no ponía en duda la finalidad de mi ciudad ordenada y limpia y su destino, pero volví a repetir que después de veinticinco pariciones de hembras jamás vi enemigo alguno, aun reconociendo que más de una vez habíamos corrido detrás de algo que, como siempre, jamás fue alcanzado. El acusador pidió que se registrara que el acusado reconocía en manera perversa y ambigua dos realidades incompatibles entre ellas: la ciudad de los guerreros, de la cual yo tomaba parte para defenderla   y la no existencia del enemigo, agregando escandalizado y para sí, como si fuera él el autor de las leyes, cómo era posible tamaña contradicción, y que con mi banal defensa simplemente me estaba definiendo yo mismo un ignorante inútil. Luego, para afirmar su tesis, me recordó el enfrentamiento con aquel grupo reducido de “enemigos” ... y después aquel otro, aún más traumático. No tuve necesidad de escucharlo, los recordaba muy bien. Del primero tenemos en la plaza de armas, colgado, escarnecido y a la vista de todos ese “enemigo”, que yo creo que no sea ni enemigo ni guerrero. Del segundo, la vergüenza sufrida por los sobrevivientes y la sordera temporaria de algunos de los participantes a aquella batalla.
...
Del primero me acordaba muy pero muy bien pues fue Krof, siempre ese bastardo en medio que, saliendo en patrulla de reconocimiento con un superior inmediato, un primer guerrero, llegaron hasta unas alturas que desde nuestra ciudad casi no se distinguían. Muchos pasos más adelante comenzaba un bosque, bosque que el primer guerrero consideró que era una posición estratégica a favor de un eventual ataque del enemigo. Podían esconderse ahí, tranquilamente, al amparo de la oscuridad, sin que los viéramos para tramar un ataque, sentenció. Entonces decidió comunicar al principal que se podía instalar un puesto continuo de vigilancia sobre aquella colina para controlarlos. Luego, para llevar a cabo esta idea que le pareció digna de un primer guerrero como él, dejó a Krof con precisas instrucciones de vigilar el entorno mientras él retornaría a la ciudad para indicar su posición en el mapa del principal.
Puestos de avanzada como estos existieron siempre, y se siguen inventando de acuerdo al deseo de ascensos de quien los propone. Los principales veían con satisfacción y buen ojo que sus subordinados estuviesen siempre inquietos; que buscaran o sugirieran nuevas posibilidades ventajosas para un eventual encuentro con el enemigo. Yo, aunque si no creía que el enemigo existiera, me parecía justo que se abocaran e inventaran nuevas excusas, porque cuando estaban ocupados imaginándose el enemigo, eran más tratables y menos dogmáticos. Cuando el primer guerrero partió al galope con su bestia, Krof, quedándose solo en esa inmensidad, hizo lo que siempre había hecho en esas situaciones; observar la soledad que lo rodeaba; darse cuenta de que era libre de obligaciones y beberse casi toda la cantimplora que agua no tenía. Como contaría él más tarde, esa soledad que enfriaba los huesos se le hizo inmensa, no enemiga, pero si aplastante, y así abandonado se durmió, no tanto profundamente (pues él, a pesar de todo sigue siendo un guerrero, y los guerreros jamás duermen en forma profunda), como para no poder darse cuenta desde esa cómoda posición sobre la hierba, entre sueño, resaca y terror, de la llegada del primer guerrero que volvía de la ciudad. ¿Tanto tiempo había dormido?, se preguntó Krof.
Ciertamente el primer guerrero, viéndolo, consideró que no era la posición de un observador atento.  Krof a su vez, observando la actitud de su superior, que de la sorpresa pasó a la ira, y de ésta pronto a prenderlo a fustazos, Krof, así como estaba, con el oído pegado a la tierra, en duermevela y babeando, más que inventar intuyó una posible salvación al evidente e inevitable castigo exclamando, ¡El enemigo! y se levantó sobre sus manos y piernas, temblando por el peligro inminente de la fusta de su superior.  Este dudó por un instante y miró donde el presunto perezoso miraba.  Le bastó poco para convencerse de que ese grupo indefinido de animales con dos y cuatro patas que había surgido al improviso era el taimado enemigo. Ya montado de un salto, y con la misma fusta violenta acicateó su cuadrúpedo, saliendo al galope tendido para comunicar el descubrimiento del enemigo y obligar a la división acorazada a presentar combate. Durante todo ese tiempo de espera, que no fue poco, Krof no hizo otra cosa que temblar de miedo sabiéndose solo y con el “enemigo” tan cercano. Cada tanto levantaba la cabeza de los yuyos, y de a poco se percató de que aquel “enemigo” de pacíficos animales que avanzaban con parsimonia unos en busca de raíces y otros olfateando el aire, rascándose continuamente e iniciando reyertas que terminaban súbito, de guerreros sólo tenían el porte casi erguido. Y más extraño le pareció que tuviesen las sagradas armas sin cubrir. Encima sus barbas no sólo estaban en sus caras, como la de Krof, sino también en todo el cuerpo. Y muy tupida. Pero Krof no se hizo más preguntas y consideró que ese era el enemigo, y como tal había que exterminar. El tiempo de espera fue interminable, y a él no le quedaba otra opción que retroceder reptando pegado a la hierba, pues aquellos avanzaban en su dirección, muy lentamente, y le vinieron irrefrenables y espasmódicos deseos de cagar. 

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