domingo

                                                            Antropología Fantástica 17

El otro encuentro, si se puede decir encuentro, pues tampoco vimos a nadie, fue cuando dada la enésima alarma, también aquella vez por Krof, una tarde comenzamos a ver extrañas y diminutas luces que pasaban con gran estruendo sobre el bosque, en donde las hembras se abastecían de leña. Entonces, como siempre sucedía en estos casos, cualquier cosa inexplicable que se manifestaba tenía que ser a la fuerza el enemigo con sus andanzas y había que salir a enfrentarlo con decisión. Excitados formamos y abandonamos la ciudad cuadriculada a paso vivo decididos a dar combate. Las luces continuaban a pasar, pero cada vez más pequeñas. El principal, pensando que el adversario estuviese cambiando de estrategia, desconocida hasta ese momento, ordenó apresurar aún más la marcha. Las hembras que volvían arrastrando trineos repletos de leña junto a pastoras de animales, al vernos marchar tan gallardos, nos miraron asombradas y curiosas al principio. Luego, cuando supieron a dónde y por qué íbamos, comenzaron a dar muestras de desprecio y a burlarse de nuestra formación impecable. «Son sólo piedras del cielo eso que ustedes ven, inofensivas. Caen cada tanto y se apagan siempre. ¿No se dieron cuenta?» nos gritó una de las más insolentes dando inicio a un murmullo de desaprobación y burla de las demás, al final de las cuales nos preguntó en manera insolente si no teníamos nada que hacer en vez de andar persiguiendo piedritas luminosas. El principal la miró despectivo, con altivez, para luego preguntarle al segundo principal, sin girar la cabeza, el nombre de esa hembra irrespetuosa. Este último, no sabiéndolo transmitió, también sin girar la cabeza, la pregunta al tercer principal y así, de categoría en categoría llegó hasta Bruk, ―guerrero siempre disponible para realizar los trabajos más inverosímiles que bien conocía a esa deliciosa hembra. Demasiado bien la conocía y se guardó muy dentro suyo el nombre para no denunciarla, contestando que jamás la había visto. Sus demás camaradas también dieron la misma respuesta, lo que indujo a pensar a Bruk que no era él solo que la conocía. Cuando la respuesta llegó al principal, de la misma manera como había salido la pregunta, este, finalmente se dio vuelta y miró con desconfianza a su tropa. Inmediatamente ordenó proseguir con la marcha y que ignorásemos a esas mal educadas.

Nos detuvimos a muchos pasos del comienzo del bosque pues había un ancho bañado que nos cortaba la marcha. Considerándolo el principal ordenó que toda la tropa se dividiese en dos para costear ese obstáculo y luego converger más adelante. En tanto las piedrecillas del cielo continuaban a pasar, pero cada vez menos y no sobre el bosque como creía nuestro principal. Luego de un bullicioso pasaje estuvimos todos de la otra parte de ese bañado que por lo visto era profundo, escuchando al principal que furioso gritaba y preguntaba para qué habían servido las últimas ejercitaciones sobre el transitar de la tropa en silencio. El segundo principal contestó que éramos algo duros de cabeza. Con mi compañero nos miramos respectivamente las nuestras, porque no supimos si se refería al eterno casco duro de tres cueros que vestíamos o a lo que protegía. Estuvimos ahí rígidos, a la espera, con la tensión en aumento. Fue en esos momentos que mi convicción de la no existencia del enemigo se hizo más patente, pues compartir ese estado de inquietud encerrada a la fuerza en el cuerpo de mis compañeros y que yo sentía palpable, en manera inexplicable me disponía también a mí a esperar y a desear su presencia que presentía cercana. Tenía que esforzarme para retomar mi más que segura convicción.  Continuábamos ahí, ansiosos mirando la mano de nuestro primer guerrero responsable de nuestro pelotón, que a su vez miraba la mano alzada del principal para incitarnos a avanzar, cuando de repente vimos aquella pequeña piedrecilla incandescente, volando mucho más bajo, y en el sentido contrario a las otras, que se dirigía hacia nosotros sobre la copa de los árboles. Su luminosidad y grandeza iban en aumento, junto a un fragor que se hacía cada vez más ensordecedor a medida que se acercaba. La mano del principal no se bajó, en consecuencia, tampoco la del nuestro primer guerrero, pues al igual que todo el ejército miraba asombrado esa ya tremenda bola de fuego que pasó sobre nuestras cabezas con un estruendo espantoso. Hizo sangrar y doler los oídos y ocasionar una onda de aire que desbarató a más de uno y a más de otros arrancó vestido, casco, escudo y lanza. Duró lo que dura un cerrar y abrir de ojos, erizándonos piel y pelos. Luego se oyó una explosión tremenda vaya a saber dónde. La estampida que siguió a tal hecho fue desastrosa. El terror y el desorden fue contagioso. El cielo oscureció al improviso y un fuego invisible comenzó a arrastrarse y a rodearnos, mientras que un olor a podrido nos quitaba el respiro y un polvillo incandescente se depositaba sobre todos nosotros. Nos golpeábamos mutuamente para apagar el fuego de nuestros taparrabos y capas de animales. El gallardo ejército se apresuró a huir en desbandada y humeando hacia la ciudad, olvidándose del bañado a nuestras espaldas, que continuaba a ser bastante profundo y que antes habíamos evitado en orden ruidoso. Perdimos más de doscientos guerreros ahogados por la urgencia de escapar. El principal también tuvo que huir al igual que sus bravos consejeros y sus segundos y terceros principales, a pie, pues las bestias espantadas corrían más veloz que ellos. «¡Atrás! ¡Retroceder! ¡Mantener el orden! ―gritaba el principal con su abdomen bamboleante y descalzo.  ¡A repararse!» Y corría más que nadie. Llegamos a la ciudad pisoteándonos, sucios, exhaustos y espantados. Nos amontonamos a gemir en el muro opuesto al de ingreso, muro sobre el cual se habían encaramado casi todas las hembras a disfrutar del espectáculo de sus conflictivos guerreros que volvían derrotados. Algunas lloraban pues intuían que no verían a más de un hijo, pero otras, menos sensibles, o descaradas, reían y nos escarnecían burlonas. «¡Continúen a buscar fantasmas! ―nos gritaban desde allá arriba. ¡Estúpidos extraviados! ―agregaban. ¡Tienen todo acá y se emperran en buscar fantasmas!» Y continuaban a reír. No así las otras, las que seguramente habían perdido un hijo. Estando sentadas o en pie sobre nuestra muralla, con esos rostros tan desiguales, de aflicción, de sarcástica risa y de terror me hizo recordar aquellos espectáculos de guerreros con máscaras inventado por Kam, viejo y corajudo principal que había renunciado al mando.

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