domingo

                                                           Antropología Fantástica 18

Toda esa masa de combatientes que poco tiempo antes era un conjunto de bravos y ordenados guerreros, ahora gemía y gritaba amedrentada, ahí abajo, al pie de la muralla. Nosotros igual al coro, y ellas, allá arriba, como los actores. El principal, ya con su cuadrúpedo recuperado y con su escolta todavía maltrecha pidió silencio, galopando de una punta a la otra de esa multitud de guerreros desamparados, siempre mirando, diría yo con fruición porque tenía ganas de revancha, hacia el bosque que ahora la opuesta muralla escondía. Pero la gritería era histérica y no era para menos; jamás habíamos visto un arma tan terrible. Además, la vocinglería sarcástica de las mujeres aumentaba nuestro desconcierto. ¡Las muy desgraciadas!  Esas desfachatadas se divertían con nuestra humillación. ¡Qué deshonra! «Hay un olor feo ―gritaba una de ellas desde allá arriba, arrugando la nariz. Alguien se hizo encima». «¡Silencio! ―nos gritaba el principal, mirando cada tanto esa multitud de hembras con ojeriza.  ¡Guerreros!, deberían avergonzarse» ―y hubo de recurrir a la fusta para tratar de imponerlo. Mas no fue la orden del principal que logró restablecer el silencio finalmente, sino el tiempo que pasaba. Entonces, así, a tientas, aún temblorosos y con la vergüenza que se había apoderado de nosotros obligándonos a no mirarnos, comenzamos a inventariar el desastre.   Se estableció por alzada de mano el número de los camaradas faltantes, que eran aquellos que quedaron hundidos en el bañado. Después se contaron los muertos aplastados por sus propios compañeros y se dieron los primeros auxilios a los heridos. «¡Es una vergüenza!»  ―continuaba a gritar el principal que no podía castigar a todos, pero luego, reuniéndonos y esperando que se estableciese otra vez el silencio, nos arengó diciéndonos que el enemigo, por lo visto, tenía armas de formidable poder; que esa capacidad de disparar pesadas piedras encendidas tan lejos, era la prueba evidente de que era poderosísimo, pero que sólo era una batalla perdida, no la guerra y nos recomendó mayor esfuerzo, cuidado y atención para la próxima vez. Desde esa vez noté que una dificultad para escuchar, que no duró poco, seguramente debido a la explosión, había afectado a mí y a mis compañeros, pues comenzamos a pedir la repetición de lo dicho a nuestro ocasional interlocutor, molesto defecto que ni siquiera la plana mayor estuvo exenta de sufrirlo. Fue por eso que vi sin oír muy bien lo que decían cuando condecoraron a Krof. No fue difícil imaginarlo: por los gestos ampulosos del principal y sus ayudantes y la cara de satisfacción de Krof, seguramente elogiaban su permanente estado de alerta, coraje y otras virtudes militares: había sido él a dar la alarma por las piedrecillas luminosas. Y no solo a él decoraron. Hubo otros pechos con medallas y penachos coloridos. Ya el miedo y la vergüenza se habían olvidado. Una hermosa medalla que Krof mostraba con orgullo y que por el honor conseguido lo autorizaba, según él, a seguir bebiendo descaradamente de la cantimplora: ahora lo hacía a la vista de todos nosotros, los guerreros sin medallas.  Además, se transformó en uno de los portavoces de la existencia y por cierto de la bellaquería del enemigo. Lo habían ascendido a primer guerrero.  

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