domingo

                                                     Antropología Fantástica 19
Mi defensor, sin dejarse de acariciar la barba, distraído, pidió clemencia. En mi descargo recordó que yo jamás me había enfermado. Y sí aun lo estuve, no dejé de cumplir mis obligaciones de buen guerrero, como vigilar en el atalaya ardiendo de fiebre, siempre en pie, debilitado, con dolor, como lo demostraban mis fojas de servicio. Antes de dar el veredicto el juez me preguntó si tenía algo que agregar. Dije que sí, e imaginé la peor suerte para mí, pero no me importaba... “No niego que la ciudad sea perfecta en el orden. No faltan armas ni comida, y es justa la disciplina impuesta para visitar las hembras, pero no hacemos otra cosa que mantenernos siempre listos, lustrando lanzas, cuchillos y cascos, formando, desfilando, obedeciendo. En ella he visto morir a mis antepasados que hicieron exactamente lo que yo ahora estoy haciendo: esperar al enemigo y como ellos jamás verlo. Ya muertos fueron despedidos con verdadero desgarro por parte de sus conmilitones, pero el único que los recuerda ahora soy yo, seguro de que también me olvidaré de ellos, por eso, por ese olvidarse de todo y esperar un enemigo que no llega considero esta espera una inutilidad que me hace bostezar. (El viejo juez observó escandalizado al acusador y a mi defensor, quien carraspeó para hacerme callar, pero continué) En gran camaradería, no lo niego, pues el contacto, el aglomerarse de mis compañeros alrededor mío es reconfortante, y no tengo dudas de que los otros sentirán esa misma seguridad cuando yo formo parte del grupo que rodea. Nos sentimos fuertes y seguros, pero el tiempo pasa y ya estoy alcanzando la edad de mis antepasados y estoy seguro de que ese mentado enemigo no se hará ver.
¡Estaqueado por cinco días y cinco noches, sin agua! ―gritó furioso el viejo juez.
Cuando me introdujeron en la celda excavada en la tierra pude ver a Alina estaqueada, vertical, con la cabeza hacia abajo, aún blanca su piel visible y el sayo hecho girones, anudado, por pudor, alrededor de sus tobillos. Más allá ese “enemigo” con las sagradas armas cubiertas, y a su costado los fragmentos de la roca que el enemigo había lanzado con su formidable aparato. Todos temibles símbolos que hacían evidente su existencia.  Ya dentro pedí a mis antepasados que la noche que se aproximaba fuese oscura, muy oscura. Mientras esperaba que preparasen las estacas, extraje de mi bolso de cuero las dos figuras de barro cocido y cera que representaban a mis idílicos padre y abuelo, y tuve de repente la necesidad de tener una figura de mi madre. Ella también habitó en una ciudad como la actual, siempre fuera de las murallas, pero de ella no tenía nada que me la recordara. Entonces le prometí a esa casi desconocida que cuando salga de esta, esculpiré, talvez con la ayuda de Alina, una figura femenina. De ella solo recuerdo borrosamente que, siendo tantos hermanos, y yo uno de los menores y el más peleador, nos miraba mientras luchábamos. Cuando estaba por llegar la sangre intervenía sin ninguna emoción en su cara, decidida a hacernos entrar en razón con el bastón, mientras mis hermanitas observaban, masticando raíces y aprendiendo de ella a imponer el orden doméstico. Éramos muchos, tantos como los hijos de Alema, la vendedora de cuerdas. Otro pequeño ejército que la ayudaba a recoger tubérculos, raíces e hierbas de las cuales extraía, después de misteriosos hervores acompañados con ruegos y letanías, las propiedades benéficas, y se las vendía al principal de aquellos tiempos. Había una en especial, que no hervía, pero después de dejarla secar y luego machacarla era muy requerida por aquel, pues decía que lo hacía soñar. Con esa logró acumular bastante pepillas doradas, hasta que un día un grupo de guerreros le arrasó toda la plantación. Recuerdo que días antes hubo un enfrentamiento entre los sacerdotes guerreros apoyados por algunos soldados en una borrascosa reunión. El principal tuvo que ceder, de mala gana, como es de imaginar, al requerimiento de abatir esa planta. Sin embargo, estoy seguro de que no todas las plantas fueron quemadas, pues veo cada tanto a algunos de los sacerdotes con los ojos extraviados y muy abiertos, igual como los ponía el principal.
Busqué y encontré en el fondo del bolso aquella sutil hoja de piedra rosada, afiladísima, pequeña, que con obstinación labré en mis momentos de ocio. Con un poco de cera que extraje de la figura de mi abuelo adherí esa lámina de piedra en el dorso de mi mano del naciente, escondiéndola entre los pelos, mientras escuchaba los gritos de dolor e insultos que profería Krag. Rogué a mis antepasados de poder oír un día los mismos gritos, pero de la boca de Krof. De Alina no escuchaba nada y desde mi posición no podía verla en su totalidad. Me hubiera gustado continuar a hablar con ella... y con Aluna. También con Alarfa. Alina me habría enseñado cómo era esa paz y seguridad del templo, Aluna me habría hecho sentir más vivo de lo que estaba y de Alarfa me hubiera gustado tener su desfachatez. Sin embargo, creo que mi defensa que hice frente a la corte la aprendí de ella. Especialmente por el porte que adopté. Fue la primera vez que, para acompañar lo que decía, moví las manos, incliné mi cuerpo e hice gestos con la cara. Un guerrero no lo debía hacer de frente a sus superiores, pero así salió. Supongo que eso les habrá hecho enfurecer aún más. Pobre Alina. Por lo que me había propuesto hacer me sentía un poco perturbado, porque era y soy un guerrero: me debía y me debo a mis camaradas y a la ciudad, pero Alina, aún si testaruda e indócil no merecía lo que estaba pasando. Traté de verla otra vez, pero me di cuenta de que la noche estaba llegando y los guardias comenzaban a limpiar el terreno en donde armarían las estacas para mí.

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