miércoles

                                                          Antropología Fantástica 20

Las chispas de las primeras hogueras que mis camaradas encendieron delante de sus tiendas, comenzaron a dejarse llevar por el viento. Recordé a un antiguo que decía que esas, como el fuego que las origina, eran el aliento de los dioses que ayudaban siempre. Con sus alientos nos habían donado el fuego y ahora arrastraban una multitud de chispas que atravesaban mi ciudad. ¿Talvez me buscaban para ayudarme? Ojalá también lo hubieran hecho por Alina.
Sentí a los guardias que venían por mi como también una explosión, lejana, sorda, y creo haber visto un resplandor. Luego el griterío de toda la ciudad. ¡El enemigo! Jamás me encontré tan agradecido por su llegada, aun sabiendo íntimamente que sería otra vez una desilusión. Después de una ruidosa preparación del ejército, que llenó mi celda de polvo espeso y amarillo, la ciudad se podía decir que estaba vacía. Las hogueras se consumieron e imaginé la oscuridad de mi amada ciudad que era igual a la de mi celda. Tuve siempre esa facilidad de ver en la oscuridad, cosa que quedó registrada en mis fojas de servicio. No todos la tenían. Más de una vez acompañé al principal anterior a cazar en batidas nocturnas, y por mi habilidad me dio el sobrenombre de “felino”, palabra desconocida para mí en aquellos tiempos, de la cual supe su significado atando cabos. Eran esos cuadrúpedos silenciosos que veían en la noche.  No me disgustaba tal apelativo pues apreciaba en ellos esa disposición a la soledad. Después de un momento distinguía perfectamente los nudos de los troncos sobre mi cabeza a guisa de enrejado. Esperé un momento para tratar de escuchar la tromba del ejército, los cascos de las bestias y el paso ritmado de mis tantos camaradas. ¡Partían felices! Cuando no los escuché más, puse manos a la obra liberándome, antes que nada y con un respiro de alivio, de la sutil hoja escondida en el dorso de mi mano, volviéndola a guardar en el bolso de cuero. Ya no me serviría. El enemigo se había hecho presente otra vez modificando el futuro, y en aquel caso haciendo vana mi decisión de cortar las cuerdas de las rejas de mi prisión, las de Alina y ayudarla a escapar. Yo no podía huir con ella. Me debía y me debo a mi ciudad. Con la ciudad a oscuras, podía hacer lo que me había propuesto de otra manera y evitar pasar por un traidor. Nadie me señalaría como el cómplice de la fuga de ella si encontraban las ataduras intactas.
El maestro de nudos que había ligado los troncos por lo visto también había aprendido de las pescadoras. Seguramente observándolas desde lejos. Yo también sabía cómo se hacían. Especialmente cómo se deshacían esos nudos. No me costó tanto desatar los travesaños. No estaba el astro de leche. También las chispas del cielo por algún motivo habían desaparecido, y esto me dio más ánimo. Las únicas antorchas eran las de las dos atalayas que dominaban el portón, y cuatro en este. Mis camaradas, que habían descendido de sus puestos de vigías, estaban por cerrarlo, siempre observando la oscuridad exterior desilusionados por no estar con sus compañeros. Me arrastré como aprendí viendo reptiles, recordando por un momento que de niño me sentía como uno de ellos. A la caza y tratando de que no me viesen o sintiesen me allegué a Alina, que en la noche oscura refulgía tenuemente, blanca, quieta, estaqueada en cuatro puntos, con la cabeza hacia abajo. No me vio cuando me acerqué en silencio y en silencio me quedé a observarla. Su rostro estaba hinchado, sus cabellos blancos apoyaban sobre la tierra oscura como una pequeña cascada de candidez. Los lazos habían lacerado sus muñecas y sus pies. De repente abrió los ojos y me miró sonriendo a pesar de su sufrimiento. Sabía que vendrías ―me dijo. Me espanté. ¿Cómo lo sabía? No te asustes ―prosiguió. Cuando mirabas las chispas que volaban me lo revelaste. Pero si yo no grité, me dije. Luego, mirando sus ojos, al revés con respecto a los míos, los ojos de una hembra inocente encerrados en un rostro cándido, por un momento, pequeñísimo, como esas chispas, supe que mi ciudad, la de ellas, la soledad de afuera, mis camaradas, todo, todo tenía una razón comprensible que me llenó de fervor, porque los dioses no me estaban ayudando a mí, pero sí a ella a través mío. No tuve dificultad para desatarla. La deposité con cuidado sobre la tierra y la observé embelesado. Su blancura resaltaba sobre la tierra oscura, y una extraña sensación de tranquilidad me embargó. Entonces comencé a arrojarle con cuidado manojos de tierra para que no delatara su fulgor. Por un momento deseé acariciar ese cuerpo, su vientre, sus senos, pero me contuve. Ella, mientras tanto, comenzaba a respirar con normalidad. Cuando se sintió pronta comenzamos a arrastrarnos mientras yo pensaba cómo haría para atravesar el portón. De repente Alina se puso en pie, y diciendo que no se arrastraría nunca más, comenzó a limpiarse la tierra que antes le había arrojado hasta quedar otra vez blanca. Quise decirle que no tenía que hacerlo, nos descubrirían. Me miró desde allá arriba. No es necesario. Verás que todo saldrá bien ―respondió a una pregunta que yo no había formulado. Caminó a mi lado mientras yo aún reptaba. Pensé que todo estaba perdido; los guardias la verían. Nos detuvimos a pasos de ellos, que de espaldas a nosotros miraban todavía la oscuridad exterior de la ciudad, tratando de ver la retaguardia del ejército. Las antorchas, cuatro, flameaban sinuosas realizando una danza, como si quisieran despegarse de su esclavitud. Ella estaba en pie y a mí no me venía ninguna idea, sino aquella de huir sin que me vieran, pero mirándola nuevamente aguanté. De repente, otra vez un viento nocturno comenzó a agitarse trayendo bandadas inquietas y desordenadas de chispas, como un ejército diminuto en estampida. Los guardias también lo sintieron y se estaban girando cuando al improviso el viento se tornó más violento y las cuatro antorchas, luego de inclinarse contra su intención de continuar a bailar verticales, se apagaron. Y ella comenzó a trasladarse sin apuro, blanca, recta, mientras las últimas chispas desaparecían por la puerta.
Con mis camaradas más de una vez habíamos estado esperando el enemigo en la oscuridad más espesa. Recuerdo que habíamos tenido miedo, pero siendo en tantos sabíamos que se diluía en cada uno hasta transformarse en un pacto tácito, de seguridad mutua mientras podíamos sentir la cercanía del otro. Pero aquellos desgraciados eran solo dos, una forma de soledad en donde el miedo no desaparecía, todo lo contrario. La ciudad estaba vacía, y comenzaron a gritar despavoridos por lo que veían; una mujer cándida rodeada de chispas que avanzaba en la oscuridad sin mover los pies, pues los había puesto sobre mis espaldas pidiéndome que continuase a reptar. Sentí sus gritos que me helaron la piel y sus carreras para escapar. Ella, llegados al portón, se bajó de mis espaldas.  Me puse en pie y la observé. Sabía que estábamos solos, en la puerta de mi ciudad deshabitada, la puerta que para ella era la salvación y para mí la obligación de no escapar. Las mortificaciones en manos y pies todavía no habían desaparecido, sin embargo, refulgía aún más. Me acarició con sus dos manos tibias, desde las sienes hasta el mentón. Luego me cubrió los ojos y me dijo que rogaría para que los próximos y necesarios dolores fuesen soportables, que después no tenía que dejarme llevar por el odio, que cuando la quisiera ver fuese al bosque más lejano que encontrase. No la sentí marcharse. Creí que todavía estaba delante de mí y entonces abrí los ojos. La perdí de vista de a poco, hasta que se hizo una figura luminosa pequeñísima que se apagó de repente. Como las chispas. Entonces me di cuenta de que estaba solo en mi ciudad en medio de la noche.

No hay comentarios.:

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web