viernes

                                                             Antropología Fantástica 21

No tuve inconvenientes para volver a mi celda y encerrarme otra vez, ligando nuevamente los palos entrecruzados que había desatado para escapar. Mientras esperaba el sueño observé ese cielo oscuro de piedra y pude ver que cada tanto, aquí o allá, al improviso, nacía un punto luminoso que inmediatamente comenzaba a correr, como si escapara de algo, cada vez más veloz, para luego consumirse sin emitir sonido alguno, dejando detrás una traza que poco duraba. Eran iguales a aquellos que el principal había tomado como proyectiles del enemigo. Luego cayó otro y otro, aún más brillantes. Estando así tan altos, tan lejanos y tan mudos era imposible que fueran proyectiles del enemigo.  ¿Quién podría vivir en la soledad de ese tremendo espacio? Escuché el canto de aves nocturnas, más allá de la muralla y recordé que sobre nuestra ciudad jamás cantaban ni volaban aves nocturnas y menos diurnas.

Me despertaron los cascos de los cuadrúpedos y el pisotear desordenado de mis camaradas que volvían otra vez desengañados. No pasó tanto tiempo para que los gritos del principal, indignado por la fuga de Alina me llegasen claritos haciéndome despertar del todo. Controló él mismo la rigidez de la grilla de troncos de mi celda, nudo por nudo, con violencia, maldiciendo. Cuando me sacaron de ella estaban también, además de las mías, preparando otras dos estacas.  Supe enseguida quienes eran los desgraciados: los guardias nocturnos.

Entonces comenzaron los dolores.

El dolor físico no es lo que más mal me hacía, también dolía el sentido del tiempo lento, lentísimo.  Me llevaba al dolor y de éste, al tiempo que se emperraba en no pasar, en un girar lento, como el espiral de los caracoles que van al centro, a ese punto en continuo dar vueltas sobre sí mismo, destrozando y penetrando mis carnes que comenzaban a podrirse. Las maneas de cuero durante el día se contraían por el astro mayor, porque las humedecían por la mañana con el agua que no me daban y durante la noche se alargaban. Entonces, jadeando, sin poder gritar, esperaba la noche, pero era fría, me helaba la piel. Sentía que todo mi cuerpo estaba rígido y, a pesar de esto, me dormía para despertarme por el dolor, no sabiendo si había dormido o no. Ya estaba el astro mayor, siempre, o ya era de noche, siempre: siendo igual a sí mismo como la noche a su oscuridad, perdía el control del tiempo que quedaba inmóvil como el cielo de piedra.  Los ojos se me hinchaban y dolían. La sed me resquebrajaba los labios y me estrangulaba la garganta. No sentía mis piernas, pero de repente volvían a estar en su lugar con un dolor atroz. Me parecía que mi cabeza fuera a quebrarse en mil pedazos si quería moverla para ver mis miembros, que estaban allá, lejanísimos, rojos de sangre.  Comencé, finalmente, a quejarme y a tener visiones. Vi a Aluna que me daba agua en la boca y logré preguntarme cómo había hecho para entrar en mi ciudad, también a Alina que me miraba y soplaba sobre mi rostro, que movía los labios con los ojos vítreos, que se apresuraba a decir cosas en silencio. También vi y sentí al principal que me pateaba las costillas, que insultaba sin sonido. Después la nada, pero cuando estuve a punto de dejar de respirar y de ver, caí lentamente en una oscuridad, sin miedo, con tranquilidad, porque sabía que me estaba muriendo. ¿Sería así la paz de la que hablaba Alina? De seguro no era la misma paz que me acogía cuando me reemplazaban luego de esperar con el cuerpo tieso al enemigo. Era la paz en equilibrio inestable, en un punto sobre el cual aún estaba despierto, muy cercano, cercanísimo al sueño total y me sentía contento de abandonar todo, mas mis párpados que quería cerrar para siempre no me obedecían porque las lágrimas se habían solidificado.

Me desperté, rígido sobre la tierra, sin maneas, con guerreros que tardé en enfocar para darme cuenta de que eran mis compañeros de tienda. ¿Cuánto tiempo había pasado? Veinte astro mayor, me respondieron. Me ardía aún la cabeza, e igualmente traté de levantarme, pero mis piernas, mis manos tumefactas no me sostenían. Vi entre tinieblas a guerreros sacerdotes que hacían extraños gestos sobre mi cuerpo y comprendí que me daban la culpa del castigo y esperaban que recapacitara. También vi, algo más claro, al viejo principal que había renunciado al mando, Kam, el que había inventado ese entretenimiento en el cual podía participar quien quisiera si tenía algo que decir. ¿Qué hacía a mi lado? Me preguntó mi nombre y al decírselo me di cuenta de que mi boca estaba llena de sangre seca. Entonces comenzó a contarme una extraña historia de una ciudad fundada en los cielos por los dioses y expuesta a la insidia de un solo demonio. La lucha era pareja, pero los dioses no podían entender cómo uno sólo de esos ángeles rebeldes tenía tanta fuerza, hasta que por fin descubren que no había uno sólo en la lucha, sino que también había otros habitantes de la ciudad a favor del demonio. ¡Cosa inaudita! Fue por esa razón de fuerzas desiguales que la ciudad dejó de estar en los cielos y se desplomó sobre la tierra. Y era necesario reconstruirla porque el hombre tenía frío y miedo. Pero los dioses, por ser dioses, y además vengativos, no querían y no podían ensuciarse las manos ya que no era constructores, sólo inventores. Les pareció suficiente y justo castigo que esos traidores e ingratos seres se rompiesen el espinazo levantado piedra sobre piedra mientras ellos los miraban como envejecían fatigando. Qué aprendan, raza maldita, tronaron. Yo no tardaría tanto en entender el motivo por el cual me contó esa extraña historia. Alguien me mojó los labios antes de descender con vértigos hacia un sueño en el cual no quería entrar, pero no era yo el que mandaba. Soñé que tocaba a Aluna y ella se reía, la muy desgraciada. Me besó en la boca y quise llevarme conmigo esa alegría a pesar del dolor.


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