lunes

                                                      Antropología Fantástica 22

Pasó bastante tiempo hasta que me rehabilité. De a poco comencé a caminar, lentamente, y lentamente también acudió el recuerdo que me hacía arder la cabeza, entornar los ojos y no oír nada por el castigo recibido. Así y todo, con dolorosa dificultad me trepé a la escalera y llegué a mi atalaya. El guerrero de guardia me ordenó bajar inmediatamente, y ya se disponía a dar la alarma por mi osadía. Todavía no estaba autorizado a visitarla, y tampoco me permitieron recuperar mi lanza y mi cuchillo de piedra rosada. Yo sólo quería ver otra vez, desde lo alto, mi ciudad... y la de ellas. Descendiendo alcancé ver a Krof. Me dije que ya habría oportunidades para hacérsela pagar. Cuando nos cruzábamos me miraba con desprecio, y debía saludarlo a la fuerza porque era mi superior. Y reía, el muy desgraciado. Ya se presentaría la dura noche de la venganza. Sólo bastaba esperar. Él, o aquella, o la ciudad ofrecerían la ocasión.
Durante mi convalecencia, que duró más de treinta astro mayor, supe, para mi congoja, de noticias alarmantes sobre el orden y disciplina del ejército. Nuevamente se habían formado dos facciones, que por entonces sólo se limitaban a discutir. Esto me preocupaba porque recordaba todavía aquel malcontento por el rancho. Inició con observaciones, reproches; luego discusiones, después ofensas, y terminó con una matanza vergonzosa. Kam, el ex comandante que renunció al mando para poder entretenemos con historias representadas por guerreros enmascarados, estaba en el centro de las discusiones. Él y un hermoso mancebo.  Mientras se limitaba a contar sobre dioses que se tiraban pedos como truenos o tormentas, o cómo fertilizaban la tierra con gigantescas gotas de esperma de sus masturbaciones, o cómo robaban las mujeres a otros dioses, o cómo les hacían imposible la vida a los hombres confundiéndolos con vicios y virtudes, nadie se había quejado. Todo lo contrario, porque narraban cómo comenzó la tierra y nuestra ciudad causándonos risa, o tristeza, y muchas veces desorientación. Pero entonces, por lo que había sentido, pretendía contar la humillante derrota contra el enemigo, aquella del bañado, de las piedras de fuego y la retirada desordenada hasta llegar a la muralla, en cuya cima las hembras se mofaron de nosotros. Sabía muy bien que al principal le habría desagradado ver a más de uno de sus guerreros con el rostro oculto detrás de esas máscaras ridículas, con el fin poco honorable de recordar aquel episodio. Para colmo uno de ellos era su mancebo preferido. Yo hubiera estado de acuerdo con él, pero en el fondo no era más que una pantomima, una fantasía de lo que realmente sucedió. Si lograba hacernos reír talvez olvidaríamos para siempre el gusto amargo de la derrota. Atravesé lentamente mi ciudad en dirección del relato de Kam, mientras sentía sobre mí las distintas miradas de mis camaradas. Muchas supe que me despreciaban; no pocas mostraban lástima y otras, aquellas que se parecían a la de Alarfa, eran secas y duras, como la solidaridad que me hacían llegar. El recinto en el cual Kam y sus secuaces se reunían estaba y está en la parte menos poblada de mi ciudad, bastante alejado, pegado a la muralla del naciente. Fue el único lugar, aun habiendo otros, que el anterior principal accedió a prestarle a Kam y los suyos. Los quería bien lejos, esperando que sus guerreros, los que habían hecho presión para tener un lugar donde divertirse, por la lejanía, no llegasen. Se equivocó de estrategia. Llegaron, y no pocos, una considerable multitud curiosa por la novedad. ¡Hasta las hembras del otro lado querían ir a ver...! ¡y también actuar! Era lo único que faltaba. No podían ni siquiera atravesar la muralla, ni soñar que actuaran. En vez de prestar atención a lo horrendo, o a la diversión, los espectadores se habrían distraído con sus cuerpos. El “relato”, como lo había bautizado Kam, era y es cosa para hombres.
(Aquí, en honor de la verdad, tengo que hacer otra aclaración. Después de una minuciosa consultación de pergaminos y tablas que guardan nuestra memoria, supe que Kam no había inventado el relato, él sólo se limitó respetuosamente a ampliar y enriquecer una antiquísima usanza, un rito, tan viejo como nuestra ciudad y el astro mayor. Supongo que tuvo origen por escrúpulo, por un sentido de justicia innato en nosotros. Era obvio que los guerreros debían morir en cualquier tipo de combate, aun entre nosotros o contra enemigos invisibles, pero los había, y no pocos, que morían simplemente de viejos. Para aquellos, además del nuestro, el reconocimiento de los dioses a través del sagrado fuego de la cremación era debido, pero, ¿cuál era la forma de despedir a los otros que jamás tuvieron la oportunidad de mostrar coraje, o eventualmente cobardía, y se llevaron ese secreto para siempre? No se podía esconder debajo de la tierra para que se pudrieran a impávidos guerreros que no tuvieron la oportunidad de demostrarlo. Era injusto, además macabro. Y tampoco se podía cremar a indignos. Esa fue la versión que, desde los orígenes de nuestra ciudad, pasó de generación en generación. Por eso, y con grande astucia de nuestros antepasados, a los muertos por vejez se los despedía con una peculiar ceremonia. En ella varios guerreros con máscaras horrendas trataban de asustar al finado antes de entrar en la negra tierra. Si este no huía se lo cremaba, como si hubiera muerto en combate, con todos los honores, y sus cenizas dentro de un ánfora andaban a reemplazar sus cuerpos para evitarles el deshonor de los gusanos. Ya que ninguno huía, se daba por descontado que habían sido todos íntegros guerreros, y esto, supongo, habrá causado más de una duda. Después, con el pasar del tiempo, y digamos también con una cierta relajación de las costumbres, los enmascarados, como no lograban atemorizar al muerto, y para demostrarle que los que aquí quedaban no estaban a su altura, risueñamente se dedicaban a tratar de asustar a los presentes. Y estos sí que huían horrorizados, especialmente los mocosos varones. Así nació el relato: gracias a la compasión y al escándalo. Con las hembras, siempre chismosas, hacíamos una excepción debido a lo trascendente de la ceremonia, y nadie daba la alarma porque espiaban el rito necrológico a escondidas sobre nuestra muralla, también espantadas, por cierto. Éramos y somos feroces, pero jamás intolerantes. También aclaro que, originariamente, el rito se llamaba relato póstumo.  Con Kam comenzó a llamarse relato, a secas, para quitar ese halo de tragedia de la palabra póstumo. Dicho esto, continúo con mis memorias)   

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