viernes

                                                                 Antropología Fantástica 23
En el relato los actores podían presentarse desnudos. Con ellas hubiera sido indecente. Pero insistían, y comprobando nuestra inflexible decisión de no permitirles la entrada, no tenían mejor idea que treparse subrepticiamente a la muralla sólo para ver, y de ahí no había más remedio que correrlas a piedrazos. Para llegar hasta el relato de Kam había que atravesar potreros eternamente embarrados, resbalosos y llenos de mierda. Ahí amontonábamos los cuadrúpedos jóvenes en espera de ser domados. También introducíamos en sus corrales ululupis, casi salvajes, con la sagaz intención de tenerlos continuamente aterrorizados, así, cuando llegaba la doma, continuarían a ser más briosos. Pero esos ululupis grises y rabiosos eran tan estúpidos que me confundieron con un cuadrúpedo. Y, sin embargo, no entendía cómo, siendo más pequeños, los tenían a mal traer, tanto a mí como a aquellos más grandes y mucho más inteligentes que ellos. Un misterio.  Gruñendo, mostrándome sus dientes feroces trataron de juntarme con los otros cuadrúpedos.  Mientras trataba de tenerlos alejados con mi bastón, vino en mi ayuda uno del grupo de Kam. Se llamaba Urmuf. Los enfrentó directamente, y con un par de gritos y amenazas, sin armas, esos ululupis, siempre mostrándole los dientes rígidos, reculando se alejaron. Otro misterio. Era un guerrero de lo más extraño ese Urmuf. ¿Por qué le temían los ululupis y a mí no? Se cubría con una piel de esos animales que caminan con cuatro, pero atacan sobre dos patas, y era bastante parecido al enemigo reseco con fajas entre las piernas y una lanza en la mano, que está como prueba de la existencia del enemigo en el medio de la plaza. Sólo que Urmuf tenía un poco menos de pelo sobre el cuerpo en comparación de aquel pobre desgraciado. Kam me vio llegar y abandonó una inmensa superficie rectangular de un salto, hecha con piedras cuadradas, una pegada a la otra y recubierta con tablas, piedras de más o menos diez, o quince manos de altura y de ancho. Saltó dejando sin su amaestramiento a un grupo de guerreros con máscaras que, al verlo irse, se quedaron inmóviles sobre esa superficie de tablas que formaba el piso del relato. Uno de ellos, por la panza, me pareció que actuaría de principal en aquella batalla del bañado y las esferas de fuego. Recuerdo aún que Kam no fue para nada marcial cuando se acercó para saludarme, ya que no tendría que haber olvidado su pasado castrense. ¡Oh, amigo mío y víctima simbólica de nuestra libertad! ¡Finalmente has venido! ―me dijo, ¡aferrándome por los codos! Me sorprendió que me considerara un amigo, pues era la primera vez que lo trataba, sin tener en cuenta aquella en la cual, mientras me recuperaba del estaqueo y paliza, me contó la historia de la ciudad defendida por un demonio. Tampoco entendí eso de víctima simbólica de nuestra libertad. Jamás me sentí esclavo, y de simbólico no había nada ya que el cuerpo llenos de moretones demostraba lo contrario. Me miraba con curiosidad, de los pies a la cabeza. Luego me confesó que siguió con mucha atención el desarrollo y pormenores de mi juicio. No recordaba haberlo visto entre los presentes. Talvez estuvo afuera, porque dentro del aula no había lugar. Tanto fue el clamor, para mí inesperado, que causó mi juicio y condena. Tendrías que hacer un esfuerzo y recordar palabra por palabra lo que dijiste en tu defensa ―continuó. ¿Cómo era eso de bostezar por la espera? ¡Es fantástica esa conclusión! ¡Originalísima! Digna de dejarla para la posteridad, no obstante no esté de acuerdo contigo, porque el enemigo, amigo mío, así tome una u otra figura existe, ¡y cómo!, y anda por ahí. Siempre al acecho, esperando nuestros momentos de debilidad. ¡Un bostezo grande por la espera!  ¡Genial!  Un bostezo como lo que está arriba de nosotros ―añadió mirando el cielo de piedra celeste, que desde cuando decidí visitar el relato comenzó a llenarse de horrendas nubes color violeta oscuro, con destellos anaranjados en sus interiores que las atravesaban de una punta a la otra, presagios para nada alentadores, me dije. Su cercanía corporal, su desparpajo, su modo para nada digno de un ex principal me confundieron, y por respeto a su pasado de corajudo guerrero traté de recordar lo dicho en mi defensa, pero al comprobar que me era difícil hacerlo me dijo: no importa, amigo mío. Verás que cuando estés más tranquilo te vendrá solito ―y se apartó un poco para observarme mejor. ¡Por todos los dioses! ¡Cómo te han dejado! ¡Qué barbaridad! ―exclamó, verdaderamente indignado observando mi estado, con su puño cerrado debajo del mentón. Mmm... no creo que le guste al público ver tu martirio, amigo mío. Demasiado violento, macabro. Pondremos en su lugar que te destierran. ¡Oh, sí!, exclamó mirando algo extraordinario detrás de mi cabeza, recién descubierto. Será desgarrador presenciar el adiós para siempre del héroe incomprendido... repudiado por su ciudad, sí, ya veo el coro quejumbroso y plañidero que te saluda, y tú, fiero y altivo que se aleja. ¡Será grandioso! Me sentí halagado al saber que también lo que me había sucedido formaría parte de su relato, cosa que no hubiera esperado. De repente, y solo moviendo los ojos hacia un costado, continuando a mirar detrás de mí, me sorprendió nuevamente al decirme: ¿Te diste cuenta de que tenemos alcahuetes? Me di vuelta y vi a dos guerreros, dos tercer principal. Estaban sentados sobre uno de los tantos bloques de piedras cuadradas, diseminados e iguales a los que sostenían el entablado, que sin un orden aparente lo rodeaban. Increíblemente estaban cometiendo tres faltas que un guerrero no podía hacer, y menos aún los principales segundo y tercero. Supuse que lo hacían descaradamente, como Krof cuando bebía a la vista de todos nosotros, porque gozarían de la confianza íntima del principal por ser sus espías. La primera falta era que uno de ellos, si bien con la lanza en la mano, ¡se había quitado el casco de tres cueros! para permitir que el otro detrás le revisara el cabello en busca de piojos. La segunda era que había un contacto físico con un camarada que podía pasar como una caricia, porque entre buscar piojos y acariciar bien poca era la diferencia. Había ya antecedentes por tal falta.  Y la última era que el otro había abandonado su lanza para tener las manos libres y poder revisarle los pelos. Estaba tan concentrado en su búsqueda que no prestaba atención a lo que sucedía a su derredor, no así su paciente, quien con mirada tensa seguía nerviosamente cada disparatada pirueta que realizaba Urmuf muy cerca suyo. Éste chillaba, saltaba, ululaba, hacía cabriolas, se revolcaba como un ululupis y cuando trataba de acercársele recibía una sucesión de planazos dados con la lanza.  ¡Urmuf! gritó Kam. Deja en paz a los... espectadores. La verdad que a esos dos les regalaría el argumento de la obra, sin tachaduras, completa, así se evitan de recordar todo lo que oyen o ven ―añadió por lo bajo―, pero me encantan sus caras cuando en los ensayos ven al principal gritando, pataleando y corriendo despavorido. ¡Vaya a saber qué le contarán después! Bueno... tengo que continuar con el ensayo. Quedate a verlo. Te divertirás.  Cuando te acuerdes la arenga traémela escrita. No es necesario que sea perfecta. Sólo las partes más importantes, el caracú del discurso.  Yo no sé escribir ―le contesté casi susurrando. Ah, es verdad. Me había olvidado. Y seguro que ni leer ―respondió. Bueno, lamentablemente tendrás que pedírselo al juez. ¡No quiero ni pensar lo que te dirá cuando lo hagas ese viejo gruñón! ¡Cuánto me gustaría estar presente! Luego, abandonando su excitación y poniéndose serio agregó: ¡Pero tiene la obligación de dártelo! Y te lo dará porque fue un intachable y noble guerrero. Aun si rezongando. El honor obliga.   Al verlo alejarse, Urmuf dejó de molestar a los espías y corrió detrás de Kam. Al igual que ellos que volvieron a su posición marcial, o sea con cascos, lanzas en la mano y ya sin contacto físico, me dispuse a ver el ensayo

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