domingo

                                                         Antropología Fantástica 24
 
Me dolían todavía los huesos, pero sabía que por la magia de la espera y lo fantástico, el dolor sería un espectador más que se llamaría a silencio.  Me preguntaba cómo harían para representar las piedras de fuego, cuando vi surgir una esfera de ramas, atada a una cuerda que pasaba sobre las cabezas de los actores, con movimiento circular. Surgió desde atrás del escenario, escondida por una hilera de altas ramazones que representaban el cómplice bosque de la batalla. Volvió a pasar otra vez, arrancando con la cuerda hojas y ramas de la cima de los ficticios árboles y alguien gritó que sería difícil detenerla en el momento justo. Y encima ardiendo ―añadió. «¿No se la puede detener con un palo alto?» ―preguntó Kam, y sin esperar respuesta ordenó, «¡Se ensaya otra vez!». Luego de unos momentos en los cuales se oyeron esforzados insultos detrás de los árboles, la esfera pasó sobre el escenario, y cuando volvió a quedar escondida detrás del bosque, se sintió un golpe tremendo y alguien que gritaba e maldecía. «¿Alguien se lastimó?» ―preguntó Kam.  «Si. Pero no es nada. Se enredó en el palo» ― contestó el invisible ayudante. Mientras tanto los bloques de piedra que circundaban el entablado se habían ido llenando de guerreros curiosos. También llegaron segundos, terceros, cuartos y quintos principales que fueron a juntarse con los dos espías. Como estaban todos viendo el ensayo, incluido, allá arriba, el vigía de la atalaya más cercana, ninguno advirtió las cabezas de hembras que comenzaron a aparecer sobre la muralla como hongos. Hubiera dado la alarma si no fuera que reconocí en una de ellas a la de mi dulce Aluna. Hasta sentí su olor desde donde estaba. Luego la de Alarfa y también la cabeza de la vendedora de cuerdas, Alema. Y detrás otras y otras que se iban desparramando agazapadas. «Bueno ―continuó Kam. Traten de mejorar el frenado de la piedra de fuego.  Mientras tanto empecemos con la declamación. ¡Principal Cocoroco! ¡Tu parte! ¡Comienza!» ―ordenó Kam.   «¿Principal Cocoroco? ¿Lo llaman así a nuestro jefe?»  ―escuché de repente que repetían escandalizados los dos espías. Se revolvieron excitados, ellos y sus allegados. Discutían con voces esforzadas de las cuales escapaban chillidos. Dos de ellos aferraron a otro que quería entrar en acción inmediatamente para interrumpir la acción. A todo esto, el guerrero panzón, o sea el principal Corococo, con las manos detrás, luego de mirar el bosque balanceándose sobre sus tacos, se dio vuelta y recitó apesadumbrado, “Tremendo y oscuro es el mundo, guerreros, como este bosque impenetrable y espeso, del cual muy poco trecho nos separa, y en su vientre maligno el enemigo al acecho. Si los dioses nos son adversos y ruego para que no lo sean, de vosotros me espero, pues generoso es el soldado, la viril sangre manar abundante y escuchar decir en el aciago momento, al amigo que cubre tu flanco, muero contento, ya que poco tiempo al enemigo le queda, si tu revives en tu cuerpo que no huye, mi odio, mi furor y mi desprecio”. Más de uno se emocionó a mis espaldas e inmediatamente alcancé a escuchar del otro costado, en donde estaban los simpatizantes del relato, a un guerrero en pie, a punto de llorar, impresionado por los versos: «¡Sí! ¡Eso fue lo que dijo! ¡Es verdad! Lo recuerdo muy bien».  «Silencio, tarambana ―le gritó uno de los segundo principal. Nuestro caudillo jamás dijo tales palabras. No tuvo tiempo. Yo estaba en primera línea. Y además no se llama Corococo».  «Bueno, si no lo dijo, tendría que haberlo dicho, aunque creo que no sea capaz de hablar de esa manera» ―contestó otro en defensa del emocionado. «¡Sí que lo dijo! ¡Yo lo oí! Ustedes, los segundos, terceros y cuartos principales, además de brutos son sordos» ―agregó defendiéndose el emocionado. «¿A quién le has dicho bruto, mal parido?»  ―rebatió el principal segundo, que momentos antes quería intervenir para suspender el espectáculo, con ímpetu frenado otra vez a tiempo por sus camaradas.  «¡Silencio guerreros!» ―gritó Kam al pie del entablado. Todos obedecieron, porque, además de conservar su recia autoridad, recordaban muy bien que fue un intrépido comandante. «Ahora es tu turno, guerrero Kiki» ―prosiguió Kam, dirigiéndose a uno de los que estaban con su máscara feroz en las filas enfrentadas a cada lado del escenario, escuchando la arenga del principal Corococo. «¿Quién será ese guerrero Kiki?» ―preguntó desorientado alguien detrás mío. «Tenés que mostrar que estás profundamente conmovido ―continuó Kam dirigiéndose al tal Kiki―, casi llorando por la arenga de tu comandante. Tu emoción tiene que ser patética, tiene que contagiar al espectador. Salís de la fila dando dos pasos marciales, luego te arrodillas y mirando al público declamás tu parte». El guerrero Kiki, además de dar dos pasos, también golpeó con fuerza su lanza sin punta sobre las tablas, y esa improvisación hizo entusiasmar a Kam que calló súbito para poder oírlo.
“Oh, mi principal, ya siento mi sangre hervir y salir de mis venas. Jamás palabras tan justas y excelsas han surgido de boca más noble y experta. Votados al mezquino destino, al eterno rodar, al andar a ciegas, yo, entre lágrimas que ni de miedo y dolor son, juro sobre esta lanza y mi honor mi vida donar” «¡Muy bien! ¡Bravísimo, Kiki! Sigan así. Adelante» ―susurró Kam excitado. El emocionado detrás mío, todavía más emocionado, agregó que también oyó decir eso a su camarada Kruso, que por desgracia murió ahogado en el bañado traidor. Esto último hizo salir de quicio al principal segundo, que, desde su llegada, con ojo avieso e inquisidor trataba de individualizar simpatizantes del relato. Se desprendió con violencia de sus camaradas que intentaban frenarlo y se abalanzó sobre el mistificador gritando: «¡Pedazo de tripa hedionda en dos patas! ¡Son todas mentiras lo que decís! ¡Así nacen los mitos humanos que se oponen al de los dioses!» Y siguió una trifulca furiosa destinada a agrandarse, porque de los grupos que de a poco habían ocupado las piedras, surgieron simpatizantes de una y otra facción, cada vez más numerosos. ¡Oh, dioses! En aquellos momentos comprobé con amargura que mi ciudad, otra vez, estaba por hundirse en el caos, en el desorden, en la vergüenza.

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