miércoles

                                                            Antropología Fantástica 25
El remolino de violencia y odio recíproco se ensanchaba cada vez más, dentro de poco devoraría a todos con sus ráfagas impetuosas. Tenía que participar, por uno o por el otro bando, como nos habían enseñado, en caso contrario hubiera pasado por un indiferente, que era aún más grave que ser cobarde, pero no sabía por cuál decidirme, ya que todos, mal o bien, eran mis camaradas. La ciudad necesitaba mi sangre o mi orgullo. Era indistinto una u otro, a los dos se los tragaría satisfecha con la misma indiferencia porque era ciega e impaciente, a favor o en contra del relato, pero rápido porque la sangre no podía esperar. Me pregunté si saldría vivo de esa para poder limpiar y poner en su lugar las cosas resultantes del desastre que veía inminente. Mas por fortuna, justo cuando la lucha estaba por degenerar, llegaron corriendo los guerreros que se encargaban de sedar las reyertas, o disputas de poca monta de sus iguales, esos que daban palos cuando dos o más se peleaban por una hembra en la noche del astro de leche.  A diestra y siniestra, con mucha seriedad y prácticos en sus tareas, comenzaron a dar formidables garrotazos, que veía y sentía que retumbaban y dolían, especialmente en las cabezas de los revoltosos que continuaban a estar muy ocupados riñendo entre sí. Pero, oh, dioses, comprobé amargamente que se ensañaban especialmente con los que se oponían al relato, o sea segundos, terceros, cuartos principales y sus seguidores, obligándolos a formar un grupo, bastante considerable pero menor que sus rivales. Era demasiado evidente que también ellos pactaban por Kam y sus disfrazados, ya que los favorables se amontonaban cobardemente detrás de los guardias para terminar de masacrar a los que aquellos iban dejando por el suelo. Era una injusticia inaceptable. Habrían tenido que ser imparciales. Ya no tuve dudas por quien tomar partido, y no me importó que yo fuese uno a favor; lucharía por defender a las víctimas de una prepotencia indigna, mas, no hubo tiempo para demostrar mi lealtad a los desventajados, porque de repente un viejo y conocido enemigo se presentó, a los gritos sobre la muralla. Las hembras, que por la emoción de asistir a nuestra ficticia contienda sobre el tablado ya no se escondían; ahora, al descubrir una verdadera se habían puesto en pie, las muy osadas, excitadísimas. Daban hurras y gritaban festejando la casi segura victoria de los simpatizantes por el relato de Kam en la trifulca real. Aquel gesto me hizo dudar de sus inteligencias, que dicho sea de paso jamás consideré igual a la nuestra. ¿Creían que nuestra lucha feroz y fratricida era también una representación, como la del tablado? No. No lo creí en su momento porque a más de uno la sangre brotaba a borbotones de sus cabezas partidas a garrotazos.  Sólo me confirmaron que eran y serían estúpidas estas hembras. Salvo, claro, Aluna... y Alarfa... y Alina. No sabían, porque no querían saber, la lógica de la guerra. Seguramente jamás habían escuchado aquella máxima primordial que tardé tanto en desentrañar: el amigo de tu enemigo es tu enemigo, y el enemigo de los dos estará perdido, como asimismo desconocían el genuino, profundo y antiguo sentimiento de camaradería que surgió de repente entre nosotros. No obstante estuviésemos tratando de aniquilarnos mutuamente con ahínco, el viejo instinto gregario, aun en pleno conflicto, se adueñó de nosotros al verlas sobre nuestra muralla. Entonces, dejando de lado las diferencias, todos, simpatizantes, contrarios y los que tendrían que imponer el orden, comenzamos a ordenarles que se fueran, con una única voz, pero aquellas altaneras no nos prestaban atención, todo lo contrario. ¿Terminaron de romperse los huesos, pelandrunes? ―gritaba una. ¡Allá hay uno que todavía está en pie, con la cabeza sana! ―señalaba otra. ¡Qué no escape! ¡Es uno de los contrarios! ¡A él, mis valientes! Y todas se largaron a reír en manera descompuesta cuando vieron y oyeron la imitación de una de ellas, que exageraba los movimientos de nuestro vigía con su cuerno lúgubre llamando al combate. Inflaba los cachetes para luego emitir sonidos irreproducibles. ¡Oh, dioses! ¡Qué bochorno! ¡Qué vergüenza! ¡Si no se van de ahí inmediatamente las bajaremos nosotros! ―gritó uno de los espías. ¡Sííí! ―hicieron eco los demás, ¡A piedrazos! Por toda respuesta, Alarfa (¡no podía ser otra!), como lo había hecho conmigo  tiempo atrás, se levantó el sayo y nos mostró su tesoro viejo que nos indignó aún más. Se expandió un ¡ohhh! de estupor que redondeó ojos y boca por algo que tendríamos que haber visto en privado, no juntos y listos para el combate. Las demás descaradas, alentadas por ella para que la imitaran, repitieron el mismo obsceno gesto, pero lo hicieron aún más ofensivo cuando inmediatamente después se dieron vuelta y nos mostraron sus redondos y blanquísimos culos, allá, en lo alto, sobre nuestras sagradas murallas de ladrillos rojizos.  ¡Fue el colmo! ¡Una ofensa inaudita! ¡Era inaceptable! ¡La burla procaz necesitaba nuestra inmediata respuesta! Entonces, una furiosa lluvia de piedras voló hacia la muralla, que eran esquivadas con desdén, ya que poseían una flexibilidad asombrosa, la misma que nos hacía babear cuando estábamos sobre ellas empujando. Se contoneaban evitándolas al tiempo que gritaban ¡Y va otra! ¡Y pasa otra! ¡Afinen la puntería, zopencos! ¡Estamos aquí, no del otro lado! Llenos de odio continuamos sin descanso la tarea de purificación de nuestra muralla hasta que por fin Alarfa cayó, llevándose las manos al rostro. Y aquello me indignó. Ella no, a pesar de su impertinencia no se lo merecía, era la madre de Aluna.

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