jueves

                                                            Antropología Fantástica 26
Krain, un guerrero que tenía una puntería diabólica con la honda, capaz de abatir un volador en el aire, continuaba a reír por haber hecho centro, mientras cargaba su arma para un nuevo lanzamiento. Me abalancé sobre él antes de que lo hiciera y comencé a castigarlo con un garrote que le arranqué a un conmilitón, que a su vez quería partírmelo sobre mi cabeza. A Krain lo tomé desprevenido, porque, luego de la batalla fratricida creyó que ya no éramos dos facciones, sino un solo guerrero que enfrentaba al enemigo común. Por eso no entendía la granizada de palos que le llovía por mi indignación. Tratando de defenderse con brazos y manos me preguntó por qué lo hacía. «¡A Alarfa, no! Tampoco a Aluna» ―le respondí fiero. «¿Y quién es Alarfa?» ―preguntó desde el suelo, con el rostro y cabeza sangrando. «¡A la que le distes en el ojo!» ―le contesté con ganas de seguir golpeándolo.  «¡Pero si yo apunté a la otra!» ―respondió para salvarse. ¡Oh, dioses! ¡Qué caos es mi ciudad! ―murmuré dolorido, arrojando bien lejos el arma ensangrentada dos veces. ¡He golpeado a dos camaradas inocentes! ¡Cuánto rencor! ¡Cuánto desconcierto! Entonces fue que me acordé de Alina y su ruego de que no odiara. ¿Por dónde andará?, me pregunté, observando las hembras sobre mi muralla dentro de las cuales no la vi. Descorazonado comencé a observar las monstruosas nubes violetas, que, como siempre, después de las catástrofes comenzaban a disolverse. Con insultos esporádicos, finalmente, el tumulto de pasiones se fue apaciguando. Los guardianes habían logrado separar en dos grupos a los contendientes, luego, todos formaron un solo cuerpo y ya sin odios recíprocos observaban a Alarfa. Estaba en cuclillas, tomándose la cara, rodeada de hembras ocupadas en ayudarla. Con la única malherida por pura casualidad habíamos conseguido acallar el griterío desvergonzado, de ella y de sus compinches. «¡Que les sirva de escarmiento!»  ―grito uno. «¡Llévense esa bruja antes de que nos trepemos y la arrojemos del otro lado! ―amenazó otro y añadió, ¡Ya verán cuando llegue la noche del astro de leche!»  Alarfa se levantó con una mano sobre su ojo que sangraba. «¡Esto no va a quedar así!» ―gritó desde nuestra muralla mientras amenazaba con el otro puño. «¡Claro que va a quedar así! ¡Serás tuerta para toda la vida! ¡Hechicera hedionda!» ―respondió el otro. Alarfa lo miró con rabia y añadió lentamente, «¡No tendremos piedad! ¡Ni de nuestros propios hijos, ni de sus padres y eventuales abuelos! ¡Esperen, nomás! ¡Ya verán!» Un grupo de hembras jóvenes la ayudaron a descolgarse del otro lado y de a poco, como habían aparecido comenzaron a desaparecer, siempre haciéndonos gestos obscenos o mirándonos con desprecio. Cuando nuestra sagrada muralla quedó libre, un silencio inaudito flotó sobre todas las cabezas. «¿Qué habrá querido decir con lo último que gritó?» ―preguntó uno, con una insólita preocupación. «Nada. Solo amenazas de hembras. Como las olas del mar; grandes al principio, que van y vienen y al final mueren en la arena sin dejar rastros» ―respondió otro.
Kam, mientras tanto, había tomado nota de todo lo sucedido. Luego de refregarse con fruición las manos por el rumbo que habían tomado los acontecimientos y que seguramente introduciría en su relato, preguntó al principal tercero, responsable del grupo apaciguador, si podía continuar con la prueba. Este le contestó que podría hacerlo, pero sólo cuando un nuevo centinela remplazaría al que no avisó de la presencia de las hembras sobre la muralla por mirar el ensayo. No quise ni pensar el castigo que recibiría por no cumplir con su deber ese pobre desgraciado. Pero se lo merecía. Cuando se lo llevaban entre cuatro, se cruzó con la llegada de... ¡nuestro principal!, que por lo visto había recibido noticias; tanto del argumento de la obra como de los desórdenes. Se presentó con su séquito que lo seguía a poca distancia: su vice principal, cuatro principal segundo y el comandante de uno de los cuerpos que defendía la ciudad baja. De este se murmuraba que había puesto los ojos sobre el mancebo de nuestro jefe supremo. Cuando le comunicaron a este último el por qué de la detención del vigía, aseguró a los cuatro vientos que el castigo sería ejemplar. Después, abandonando su paso marcial, como si fuera uno más, se acercó a nosotros y se sentó en medio de los no simpatizantes. A pesar de ese gesto partidario era toda una seguridad para la normal continuación del espectáculo. No obstante que estuviese al corriente de la deformación de su nombre, Corococo en lugar de principal Arkaú, era un comandante imparcial, severo, a veces sanguinario, pero justo.

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