sábado


Contento se va mi perro con su hueso,

me lo agradece a su manera, sé que ríe,

a pesar de que músculos faciales no tiene

y nada sabe de códigos de comunicación,

pero lo entiendo al ver su cola que menea,

gesto sin ninguna trascendencia, un misterio.

Cómo sé que tengo que cuidarlo sin un motivo

no me lo pregunten: ni yo mismo lo comprendo,

igual que él, que algo tiene que mover.

Pero dejando de lado apariencias exteriores,

poseemos cosas que unen a hombre y perro;

un corazón que late, poca paciencia, emociones,

curiosidad, olfato y unas ganas locas de jugar,

y una peculiar: jamás lo he visto de mal humor, 

pero sobre todo esa inclinación a esperarme,

a buscar mi mano, a mirarme con ojos interrogantes,

aunque es un poco exagerado, como un artista

que sobre actúa, digamos algo melodramático,

ya que cuando me ve cerrar la puerta para irme

a él le parece que voy al encuentro de una terrible

desgracia, y cuando vuelvo sano y salvo, intuye

que es un milagro que continúe todavía vivo:

y comienzan los saltos, los ladridos, los festejos.

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Una flor silvestre en la Web

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