miércoles


Wislawa tenía terror a los charcos

que crean y abandonan las lluvias.

Los evitaba de un salto, temerosa

de caer y desaparecer para siempre

en esos espacios de cielo y de nubes

allí abajo, a sus pies. Era un engaño,

lo sabía, pero también sabía que era

más fácil dejarse llevar por la gravedad

de la tierra que aspirar hacia arriba.

He aquí su pavor, que después de caer

se cerrara el cristal de las aguas sobre

su cabecita de niña y no estar más

en su barrio polaco, con un cielo arriba

y los inevitables charcos allá abajo.

Wislawa, la de los espejos quebrados

que después de la guerra continuaban

a reflejar el cielo, Wislawa, la que

decía que al fin y al cabo no se estaba

tan mal sobre esta tierra, ya que aún

se fabricaban sillas, paraguas, zapatos,

pañuelos para llorar y juguetes,

y donde la ignorancia tenía tanto trabajo.






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