lunes

                                                            Antropología Fantástica 27

La obra, finalmente, recomenzaba. Un silencio sobrenatural se desplegó sobre todas las cabezas que miraban a los actores, producido por la presencia de nuestro caudillo, pero más que nada por la batalla que iba a comenzar sobre el tablado. Recuerdo con emoción que era justo el turno del comandante Corococo para declamar.   “En dos filas os dispondréis para atravesar el insidioso guado. Valientes soldados quiero, tanto a poniente como a naciente, en el más absoluto silencio, como lo harían muertos diligentes y, cuando estemos como un solo cuerpo, en el centro, del otro lado, ya listos para el combate, esperaréis mi señal para el embate fiero y que los dioses tengan piedad, si quieren, del estrago siguiente. Que no quede enemigo sano y comprueben que es en vano enfrentar a tantos valientes”. Las dos filas de guerreros enmascarados se agazaparon y en puntas de pie rodearon el supuesto bañado, una por cada lado, disponiéndose detrás del comandante, con las lanzas prontas, observando su mano alzada. Nosotros, los espectadores, estábamos hechizados por la acción aun sabiendo el desastroso final, pero esto no nos preocupaba. La magia del relato, me dije.   “A mi señal los quiero ver atravesar viento y distancia como lanzas, arrojadas con vehemencia y furor que cuerpos tantos despanzan.” Entonces Kam ordenó que se pusiera en movimiento la bola de ramas, que no se hizo esperar. Un ¡Oh! extasiado del público acompañó su vuelo. Pasó zumbando sobre las cabezas de los personajes que espantados se acercaron al principal, disponiéndose en abanico alrededor de él, mostrándose al público, sin dejar de mirar la esfera que continuaba a dar vueltas. El comandante Corococo, con gestos ampulosos pero dramáticos, continuó. “Oh, dioses. Qué prodigio luminoso veo, qué brujería de malvados, que vil espanto. Oh, potencia desconocida desvelada en los más oscuros antros.  Reparaos, mis soldados, no temáis ni huyáis con bellaquería, haced de tantos un solo cuerpo y podréis contar a los venideros este día, cuando una batalla ya perdida, por el ardor de tantos jóvenes corazones fue victoria conseguida.”  De la fila de guerreros con máscaras se adelantó uno de ellos para arrodillarse frente al público y recitar su parte. Era su mancebo preferido. “No presentéis combate, oh, mi señor, que el enemigo es potente. No permitáis que no tengamos un regazo en donde apoyar la frente. Retiraos a una posición propicia, recordad que os aman con el pecho doliente y tanta delicia.” De un grupo de simpatizantes del relato, que para estar más cerca del tablado se había detenido a mi lado, escuché preguntar si aquel era el tipo sobre el cual el comandante de la zona baja de la ciudad había puesto el ojo. Un otro le dijo que sí, que era ese. «¡Lo único que falta es que haya una sublevación por culpa de ese... castrado!» ―añadió el anterior. «Yo por ese mancebo no movería un pelo ―contestó su compañero. ¡Faltaría más!  Aunque es muy bueno para recitar, pero lo que presiento es un ajuste de cuentas por la aceptación o no del relato. Esta escaramuza no va a quedar así. Si los jefazos se divierten con esos... guerreros sin armas sagradas, a mí no me van a sacar la diversión de escuchar y ver historias divertidas. ¿Y a vos?» «Tampoco» ―contestó el otro. 

Kam, constatando que ya era una considerable cantidad de espectadores, decidió suspender los ensayos. No faltaba tanto y revelaría el final. Entonces gritó basta por hoy. Pero la esfera continuó a girar mientras quien la manejaba advertía a los gritos que se rompió el freno. Se detuvo finalmente golpeando la cabeza del comandante Corococo, quien se desparramó por el suelo, perdiendo lanza y máscara y despertando la hilaridad general de los presentes. Incluido nuestro real comandante. ¡Cuán tolerante era mi amado jefe!
Fue la primera vez que nos escuchamos reír estando juntos. Reír. No lo habíamos hecho nunca. Y sobre todo hacerlo luego de que momentos antes habíamos comenzado la enésima revuelta fratricida. Fue extraña la sensación de esa alegría espontánea, algo desconocido para nosotros y por ser desconocida no dejó de mostrar su parte de mal augurio en mí. Quizás me equivoque, que haya sido todo pura casualidad, pero al recordar aquellos momentos felices, no puedo dejar de comprobar que, al final de ellos, como un dar y quitar, en mi amada ciudad todo se aceleró para conducirnos al descalabro que nos esperaba con las fauces abiertas. Fue ahí, cuando finalmente, después de emocionarnos con los versos o reír en franca camaradería, cuando los odios fueron sepultados por la fantasía, que mi amada ciudad sufrió por primera vez la peor e inaudita ofensa. Recuerdo aún que alguien gritó alarmado ¡Oh, dioses! ¡Miren! ¡El enemigo ha vuelto! ¡Están atacando! ¡Den la alarma! Me di vuelta y alcancé a ver el último pedazo de trayectoria de una bola de fuego. Cayó en el corral, donde custodiábamos los cuadrúpedos jóvenes, continuamente azuzados por ululupis. La estampida fue incontenible. Rompieron cercos y escaparon, ambos, desparramándose por la ciudad, sembrando el pánico porque esos ululupis no hacían diferencia entre cuadrúpedos y guerreros.

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