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                                                               Antropología Fantástica 28
Nuestro principal, sin perder el control de los nervios, dio las primeras instrucciones y ordenó que sonaran los cuernos lúgubres, y que no nos preocupáramos por los animales enloquecidos, ya que dentro de poco estaríamos sobre nuestra sólida defensa de ladrillos, con la ciudad prácticamente vacía. Luego gritó, ¡A la muralla! Nuevamente excitados por la inminencia del combate, sabiendo que esta vez veríamos la cara del enemigo, corrimos, todos, molestándonos, cayendo y levantándonos llenos de furor. Ese, a diferencia del anterior, en el cual tuvimos que ir a buscar el proyectil a casi un astro mayor de marcha, y que está como muestra en la plaza, era un ataque cuidadosamente preparado. El primero había hecho centro cayendo dentro del corral. Seguramente se preparaban al segundo con mayor cuidado y mejor mira. Mi ciudad, más larga que ancha como lo he dicho antes, está sólidamente circundada por una muralla continua. Uno de los trechos más largo da a las tierras sin confines, que al encararlo nos introducía en la ciudad de ellas. La opuesta es la que da al mar y a las montañas, por donde nos habían advertido siempre que atacaría el enemigo. Fue sobre esta muralla que como hormigas comenzamos a treparnos para llegar a la cima y defenderla. El cielo, como lo sospeché momentos antes, fue abandonado por las blancas nubes, y en su lugar comenzaron, otra vez, a llegar las temidas, las que presagiaban desastres, de color violeta oscuro, con estruendos y resplandores aterradores dentro de sus vientres; blancos enceguecedores, anaranjados y rojos sangrientos. Por primera vez no dimos importancia a tales funestos presagios de caos como lo hubiéramos hecho en otras circunstancias, simplemente porque estábamos furiosos por la ofensa, sedientos de sangre. Si anunciaban el peligro eminente lo hacían sin conseguir que nosotros corriéramos como insanos de aquí para allá. Corríamos como insanos, sí, pero entonces teníamos una noble misión: defendernos, y después, aniquilar.  Ni ellas ni el adversario en vil complot, podrían derrotar a nuestra ciudad. Estaría ahí, para siempre, a pesar del odio de dioses y bárbaros hostiles, sólida sobre la amarilla tierra, única, irreducible y protectora. El residuo dolor de mi cuerpo desapareció al instante cuando mi segundo principal me entregó mi lanza y mi puñal rosado. ¡Nuevamente era reconocido como un noble guerrero!  Estábamos trepando cuando sentimos otro ruido sordo, otra llamarada, pero a nuestras espaldas. «¡Están atacando del lado de la ciudad de las hembras, no por ésta!» ―gritamos casi al unísono―, cuando ya asomábamos nuestras cabezas en la cima opuesta. ¡Eso significa que las han hecho prisioneras! ¡Oh, dioses! ¡Qué será de mi Aluna, de Alina! ―me dije. Descendimos y corrimos los diez tiros de lanza de un campeón, que es la distancia que nos separaba de la muralla ofendida, más veloces que los cuadrúpedos. Ya encima, jadeando, vimos horrorizados que los dioses continuaban a no estar de nuestro lado, como no lo estaban en aquella historia de Kam, la de una ciudad que se desplomaba sobre la tierra, defendida por un demonio solo y todos los habitantes. Por algún motivo desconocido, ya que siempre reservábamos las partes más enjundiosas de las ofertas para ellos, habían decidido de cambiar el orden natural de hembras y machos. Era, además de la irrupción del enemigo, otro desastre incluido en el funesto color de las nubes, el presagio que los guerreros sacerdotes jamás quisieron aceptar cuando las veían. Para ellos nada significaba que no fueran blancas, o al máximo grises. Son sólo nubes de tormentas, añadían, pero jamás llovía luego y siempre, puntualmente, arrastraban pesares. Desde nuestra muralla mis camaradas no entendían lo que estaban haciendo, pero para mí fue suficiente: no estaban haciendo cosas de hembras. Las secuaces de Alina, aquellas que con palos, sogas y ruedas construyeron columnas perfectamente redondas para embellecer su lugar, todas refulgiendo de blanco, habían pelado, como langostas hambrientas, las ramas de un árbol alto y flexible, y lo estaban doblando por medio de una cuerda anudada en su extremidad. Eran tantas las que tiraban ayudadas a su vez por un cuadrúpedo orejudo. El tronco se plegó despacio, y cuando comenzó a crujir, varias de ellas, encaramadas sobre montones de piedras, traspasaron a una cesta anudada en su punta esferas de ramaje secos. Sentimos olor a grasa derretida de puerco porque fue con ese líquido espeso que la rociaron y le dieron fuego. A una señal de Alarfa (¡no podía ser otra!) que tenía vendado un ojo, soltaron la cuerda... y fuimos testigos de algo que no entendimos. Ellas soltaron al mismo tiempo la soga, pero no liberaron al cuadrúpedo orejudo que, de repente y con violencia, fue arrastrado hasta donde estaban ellas. La bola de fuego rodó inofensiva y lentamente sobre el tronco y cayó a sus raíces. Nos dijimos que probablemente era un sacrificio propiciatorio, a pesar de que el animal continuó a estar vivo. Se levantó, se sacudió y tiró patadas. Alarfa gritó y ordenó apagar el fuego. Luego repitieron todos los movimientos, esta vez desatando antes el cuadrúpedo y, para nuestro asombro y terror, una bola de fuego, haciendo un arco en el aire se nos vino encima. Se desplomó sobre una tienda, deshaciéndose en tantos pedazos encendidos. Otra vez estábamos aterrorizados por tal demostración de magia. El griterío fue infernal. Nos empujábamos para descender, unos por miedo, otros para ayudar a apagar el incendio que comenzó a contagiar a las demás, enloqueciendo aún más a cuadrúpedos y ululupis que por ahí andaban derribando nuestros alojamientos de pieles y pisoteando nuestros cacharros.

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