lunes

                                                                  Antropología Fantástica 29
El desbande habría sido total si no fuese que nuestro principal, interponiéndose en nuestra carrera alocada, a golpes de fusta nos obligó a escucharlo. «¡Cobardes ignorantes! ―nos gritó cuando nos detuvimos y lo rodeamos para escuchar, para saber qué teníamos que hacer. ¿No han visto jamás cómo se doblan las ramas cargadas de nieve? ¿Eh? ¿Y qué sucedía cuando le quitábamos el peso? ¡Salían disparadas para arriba! ¡Zumm!» ―añadió, revoleando veloz su brazo. «¡Es verdad!» ―grito uno. «¿Lo han entendido ahora, tripas hediondas con patas? ¡A formar entonces detrás mío! ―vociferó. Tenemos que destruir esa arma infernal solo hecha de un árbol antes de que haga más daño. No nos costará tanto. ¡Abran el portón! ¡Y no se excedan con el castigo corporal posterior y debido! ¡Sólo recios fustazos, precisos garrotazos, viriles trompadas, patadas y mordiscones!, ¡hasta que se rindan! Las arrastraremos por los cabellos a esas revoltosas engreídas. ¡Atreverse a tal insensatez! ¡Adelante, mis valientes!» El portón se abrió con hurras eufóricas en vista de un triunfo fácil. Nuestro principal sería el primero que lo atravesaría, gallardo y fiero, dispuesto a reestablecer el orden natural. A partir de la revuelta de la carne fue siempre un padre para nosotros, un enviado de los dioses en nuestra ayuda. Además de ser intrépido nos explicaba los pocos misterios de este mundo, los necesarios. Aún hoy estremezco al recordar cómo me sentía en aquella que creíamos sería una gloriosa jornada al restablecer nuevamente el orden, pero sobre todo apropiarnos de una novedosa arma. Me parecía como si mil demonios ocupaban mi cuerpo, impacientes por destruir ese aparato innatural, sin embargo, a pesar de la excitación, tuve el tiempo necesario para pensar en ella, porque no quería que sufriera demasiado el merecido castigo. Tendría que escabullirme para salvarla de la furia de los demás que no harían distinciones. Me adelantaría a mis camaradas para llegar primero junto a ella y ocultarla y, ya al seguro, no sería demasiado severo, solamente le tiraría de los pelos y le ordenaría de evitar malas compañías. Lo sentía por Alarfa. Como ya no era joven seguro que la sacrificarían. ¿Y Alina, ese demonio, estaría con ellas? Entonces traté de recordar nuevamente la historia de la ciudad de Kam.  ¿Los hombres, junto al demonio luchaban contra los dioses? No creí entenderla porque el demonio que nos ayudaba entonces se volvía contra nosotros ahora. Talvez mi comandante me la hubiera explicado mejor, porque los guerreros sacerdotes eran bastante oscuros cuando trataban de hacernos entender lo que decían. Mi principal cruzó el portón mientras otra bola de fuego pasaba sobre nuestras cabezas de la cual no nos preocupamos, pero se detuvo de repente luego de dar pocos pasos, como fulminado por un rayo y lanzando un grito atroz que nos hizo temblar huesos, piel y pelos. Fue un grito de sufrimiento desgarrador que jamás le habíamos sentido, no obstante, en más de una ocasión, en los certámenes de lucha terminara con heridas espantosas. Parecía que algo le molestaba en la cara, a quien sus manos no se atrevían a tocar. Entonces se dio vuelta hacia nosotros y nos miró, como pidiendo ayuda. ¡Oh, dioses! ¡Con un solo ojo!, porque en el otro tenía hundida una astilla, fina y larga.  Nuevamente el terror nos invadió.  Su ojo comenzó a sangrar copiosamente. «¡Ahhh! ―gritaba. ¡Que alguien me saque esta... cosa! ¡Ahhhh!»   Krof, que felizmente estaba donde no tenía que estar se le acercó servicial, pero pude comprobar que tenía un miedo espantoso. Talvez creía, como nosotros, que era un animal, un reptil volador que le mordía el ojo. Para comprobarlo lo golpeó tímidamente con sus dedos, varias veces, haciéndolo oscilar, movimiento que al principal le causó aún más dolor. «¡Ahhh! ―volvió a gritar nuestro jefe. ¡No la muevas! ¡Tírala para atrás! ¡Ahhhh! ¡Rápido! ¡Ahhh!»  Krof le pidió que no se moviera, y con un tirón extrajo esa astilla puntiaguda con una pluma en la otra extremidad, chorreando sangre. Continuó a mirarla, sin entender, mientras nuestro caudillo daba saltos de dolor. «¡Hierbas curativas! ¡Que me traigan hierbas curativas! ¡Pronto! ¡Oh, dioses! ¡Qué dolor!» ―aullaba tapándose el ojo tratando de detener la sangre. Krof, todavía desconcertado y siempre servil, quiso hacérsela ver, pero otra astilla surgida de la nada sin ruido le atravesó la garganta que no le permitió gritar ahh de dolor, solo dijo grr por la sorpresa, y con esa póstuma incredulidad se desplomó. Se acercaron otros atraídos por lo sucedido; unos para ayudar al principal, que con un solo ojo miraba a Krof agonizante, los restantes para ver más de cerca al caído que continuaba a retorcerse señalando el objeto sin atreverse a tocarlo. Le extrajeron la astilla y se la pasaron entre ellos, observándola sin entender mientras Krof dejaba de moverse. No había duda de que venía de donde estaban esas figuras blanquecinas que se entreveían dentro de la penumbra violeta, rodeando ese artefacto infernal que ya dábamos por destruido.

No hay comentarios.:

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web