miércoles

                                                                Antropología Fantástica 30

Uno de ellos, luego de esforzar la vista hacia la oscuridad, se dio vuelta convencido de que de allá no venían, pero de repente dio un salto y también comenzó a gritar, sin el valor de tocarse las asentaderas. Continuaba a girar como un ululupis tratando de ver esa otra astilla, que silenciosa y rápida se había hundido en sus carnes. Luego otra que se clavó en el pecho peludo de un guerrero. También éste la miró sin entender. Por lo visto no le dolía. La extrajo con facilidad y la observó, pero cuando descubrió la sangre que manaba comenzó a gritar del espanto. Luego otra que terminó en el estómago de un conmilitón. Luego otra que rebotó sobre algo duro de un camarada y terminó cayendo a los pies de la muralla. Luego otra y otra. De a poco se asemejaron a una lluvia horizontal en aumento. Fue más que suficiente para que el pánico se apoderara de nosotros. Cuatro guerreros se dirigieron resueltamente para proteger a nuestro principal y comenzaron a arrastrarlo tratando de entrar en la ciudad. Uno no lo logró. Pobre y leal desgraciado. Se desplomó hacia adelante con otra que le entraba por la nuca. Otro gritó porque también habían hecho blanco en sus asentaderas; otro, girando sobre sí mismo, aullaba y sacudía su mano tratando de despegar una que se la había atravesado.   El pesado portón de madera se cerró velozmente detrás de nosotros, y alcanzamos a oír una retahíla de golpecitos sobre él cuando finalmente estuvimos al seguro. Creyendo que nuestro conductor estuviese por morir, el terror llegó puntual. Ya veía las furiosas y sanguinarias luchas por el vacío de poder que dejaría su desaparición. Hasta entonces, salvo ciertas excepciones, como aquella revuelta por la carne, un principal, generalmente por viejo, pasaba el mando a otro. Así, según las memorias de los guerreros ancianos, funcionó nuestra ciudad, desde sus misteriosos inicios, por ese motivo comenzamos a gritar de terror por lo que estaba por venir. Después de esa deshonra a manos de ellas, seguramente el cielo de piedra celeste caería sobre nosotros, el humo de las ofrendas no se elevaría, todo lo contrario, nos ahogaría, las montañas se desplomarían y las hembras andarían como si nada en nuestra amada ciudad. El espanto aumentó aún más cuando, en vez de caer el cielo de piedra, cayó entre nosotros, como piedra, con una astilla en su garganta, el vigía de la atalaya de la puerta. El zumbido que hacían mientras pasaban sobre nuestras cabezas nos enloquecían, y aún más cuando en una segunda tanda comenzaron a pasar encendidas. Parecía todo perdido; nuestro jefe moribundo, sin una guía, desorientados, ¿qué podíamos hacer? Pero, gracias a los dioses y a su determinación, nuestro principal no pasaría al reino eterno de la oscuridad. Estaba milagrosamente entre nosotros, si bien mostrando un agobio inusual en él. Supusimos que se debía a la pérdida de tanta sangre. Le habían puesto hierbas medicinales, y una venda le tapaba el ojo ofendido además de media cabeza. Nos reunió y comprobamos alarmados que su voz había perdido su tono indómito y su potencia. Para nuestra incredulidad nos dijo lo que nunca hubiéramos querido escuchar, «Hay que negociar, mis valientes. Esos demonios han hecho un pacto con los dioses de los infiernos» ―terminó diciendo mientras miraba con su único ojo esa nube de palillos encendidos.

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