jueves

                                                                 Antropología Fantástica 31

El firmamento, lentamente, tornaba a ser de piedra celeste. Sus tremendas nubes violetas ya no estaban, y en su lugar, de a poco y perezosamente corrían las blancas, hacia las tierras ignotas llevándose el odio y el furor, mas no la vergüenza. El cielo volvía a estar ahí, y por lo visto no cayó cuando Alarfa y sus secuaces cruzaron, por primera vez y causándonos una profunda angustia, el portón de nuestra incólume e invicta ciudad hasta no hacía tanto. El astro mayor calentaba de nuevo nuestras cabezas que no nos atrevíamos a levantar para mirarlas mientras estábamos en formación. La humillación fue tremenda, insoportable. No osábamos mirarnos entre nosotros luego del nefasto anuncio de nuestro principal, y, al principio, no queríamos armar ninguna parada para recibirlas con los honores debidos, pero nuestro caudillo, primero con buenas palabras, adaptas a tal trágica situación, y luego, al ver nuestra reticencia, amenazándonos con sus fusta, nos obligó, antes que nada a cepillarnos mutuamente las pieles de cuadrúpedos que cubrían nuestras espaldas; acomodarnos más o menos los pelos luego de liberarlos de ramas, hojas, tierra y algunos insectos; limpiarnos las caras y después, con órdenes que le costaba pronunciar, a colocarnos en fila dentro de perfectos cuadrados. Lo hicimos, como podrán comprender, de mala gana, pero volvimos a considerarlo un grandísimo jefe, ya que fue la primera vez que nos llamó con el apelativo “conmilitones”: varones unidos por un destino común, sin distinción de categorías, no ya guerreros, o bestias, o tripas hediondas sobre dos patas como solía gritarnos. «Conmilitones ―exclamó, la dignidad antes que nada de frente al azar de la fortuna de las armas. Demostrémosles nuestra integridad. Esta ha sido una batalla perdida, no la guerra. Compórtense en consecuencia, altivos aun en la mala suerte».    Confiábamos ciegamente en nuestro principal, pero no sabíamos que pretenderían esas endemoniadas. Esto nos llevaba a creer que sería una tratativa difícil entre esos dos tuertos. Nuestro caudillo, que además de corajudo era franco y sincero, cuando vencía o cuando perdía, había acumulado sobre la tabla de las negociaciones un montón de pergaminos de piel. Sabíamos que eran los reglamentos de la ciudad de los guerreros. Sin duda los colocaba a la vista para demostrarles a esas atrevidas que teníamos nuestra memoria, leyes escritas, ordenadas y catalogadas; no como ellas que, si bien sabían leer y escribir, jamás se les ocurrió hacer algo parecido. Una manera para ostentar nuestra superioridad y rectitud, sin importar que fuimos nosotros los que solicitamos una tregua. El tintero y la pluma estaban ahí, sobre una tabla, junto a un pergamino en blanco, ya listo para registrar oficialmente las cláusulas de la tregua, sobre el cual el escriba ya comenzaba a trazar signos incomprensibles para mí, al mismo tiempo que los traducía en voz: “Aquí, en nuestra ciudad, fundada al mismo tiempo que nuestro astro mayor...” pero se vio obligado a detenerse abruptamente, sobresaltado por la insolente interrupción de Alarfa que comenzó a vociferar; «¡Sólo queremos que nos dejen en paz!» ―mientras lo miraba con su único ojo, que era todavía más feroz.  «¿Cómo ha dicho, hembra?» ―preguntó gentilmente nuestro principal sin perder la calma, muy a nuestro pesar también tuerto. «¡No necesitamos tanta escritura! ¡Sólo queremos que nos dejen en paz! ¿Para qué tantos cueros, tanta tinta?» ―preguntó con fastidio Alarfa.   «¿En paz, hembra?  ¿Y cuándo fue que no las hemos dejado en paz? ¿Talvez durante las tratativas comerciales?» ―respondió irónico nuestro principal, recordando muy bien sus pasadas e infames triquiñuelas. Debido a la tirantez de la piel vendada, estaba obligado a desviar levemente su cabeza, dando la sensación de no escuchar lo que decía, pero escuchaba y recordaba muy bien.   «¡En las noches del astro de leche!» ―respondió furibunda Alarfa.    «¡Ahh! Pero si esa es una noche de fiesta para todos» ―contestó nuestro principal paternalmente, como liberándose del temor de una humillación mayor.   «¡Para ustedes será una fiesta, que andan siempre como conejos!» ―respondió la descarada.  «¿Cómo qué...?» ―preguntó sorprendido nuestro tuerto, girando aún más la cabeza para oír mejor, como si su sordera aparente fuese real. «¡Conejos! ―repitió la atrevida. ¡Co ne jos!»

(Llegado a este punto es necesario que haga un comentario aclaratorio. Podrá parecer ofensivo, pero no logrará jamás disminuir la grandeza intelectual de nuestro caudillo, ya que no podía saberlo todo. Nosotros, la tropa, además de otros animales, u objetos, desconocíamos el nombre culto de esos roedores, y esto, por motivos obvios, era más que comprensible, pero no poco asombro nos causó que él tampoco lo supiera). 

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