domingo

                                                             Antropología Fantástica 32
Nuestro principal buscó la ayuda de su segundo, y éste, al oído, le aclaró que eran esos roedores orejudos. «¡Ah! Entiendo ―contestó luego de escucharlo, añadiendo con gentileza; ¿Sólo eso?» Con satisfacción comprobamos que Alarfa había perdido por primera vez su agresividad. La veíamos evidentemente desorientada. No se había preparado para exigir más como conviene hacerlo en vista de una tratativa tan importante. La pregunta “¿Sólo eso?” la tomó de sorpresa. Además del pedido de que las dejáramos en paz, ¿qué otra cosa podía exigir si por ingenuidad jamás sospechó que podía hacerlo? Desconocía la trama enrevesada del arte diplomático, hecha de “dame que doy” sobre la cual nuestro jefe caminaba tan a sus anchas. Entonces miró con su único ojo a mi Aluna, que estaba a su lado, como consejera. Tampoco ella no sabía qué pedir. De consecuencia las dos se dieron vuelta en busca de alguna exigencia que a sus secuaces se les hubiera podido ocurrir. Parecía que también aquellas estaban desprovistas, pero, luego de una rápida consultación, finalmente se adelantó una y se lo confió en secreto. Después de oírla, Alarfa, recuperando su agresividad respondió, «¡No! ¡No sólo eso! ¡Hay más! También queremos ir al relato; circular libremente por la ciudad. Cuándo y cómo queramos. Para vender nuestros productos al por menor, para divertirnos».   «¿Algo más?» ―preguntó nuestro principal con una sonrisa que sacó de quicio a Alarfa. No había duda de que le dolía profundamente su ignorancia respecto a una negociación. Con esta inesperada experiencia aprendería que, además del objetivo principal, se pueden exigir hasta cosas absurdas para ir cediendo de a poco. En nuestros pergaminos memoriosos que narraban nuestras eternas luchas fratricidas, hubo casos en los cuales se conseguían ambos. Seguramente que la vieja, la próxima vez, confeccionaría una larguísima lista…, si se presentaría la ocasión de una segunda tratativa. Entonces gritó furiosa: «¡No, nada más…! ¡Y basta de repetir ¿Algo más? ¿Sólo eso? Entiendo.  ¡Bien, bien! y ¡Ah, Ah, Ah!»     «Bien, bien ―respondió sin perder la calma nuestro amado tuerto. Pero antes de jurar sobre este pacto, ¿tendría la bondad de decirme cómo deberá ser nuestro comportamiento en la noche del astro de leche, estimada hembra?»  Alarfa estaba por explotar, y aulló, «¡Que no vengan al galope como “equinos”! (inmediatamente no supimos qué animales eran esta vez, pero “al galope” fue revelador), que se saquen los cascos de las cabezas; sin lanzas ni puñales, que se laven antes, que se corten los pelos y las uñas, que coman hierbas aromáticas para el mal aliento, que no derriben las puertas a patadas, que hagan sus necesidades lejos de las chozas, y que no se emborrachen antes…»  «¡Y que nos llamen con nuestros nombres!» ―agregó una de sus secuaces, desde el fondo. «¡Sí! ¡También eso!» ―añadió Alarfa.   «Bueno, creo que son justas las condiciones» ―respondió nuestro amado principal con una cierta condescendencia y velada picardía, “el tuerto corajudo” para nosotros de ahí en adelante. Como nosotros también él se percató de que estaban exigiendo una insignificancia. Que nos presentáramos con una cierta urbanidad en la noche del astro de leche; que tuviéramos que soportarlas a nuestro lado mientras concurríamos al relato, y oírlas gritar como harpías por nuestras calles vendiendo sus productos no era para nada traumático.  «Bien, bien. Por lo visto y oído creo que no son necesarios estos documentos, toda esta burocracia inútil» ―prosiguió nuestro caudillo, señalando el pergamino a medio iniciar, también casi con desprecio, como lo había señalado la otra.  «¡Para nada!» ―respondió fiera Alarfa.  Entonces, nuestro amado principal, nuestro tuerto corajudo, nuestro caudillo ejemplar, se dispuso a cumplir uno de los ritos que más apreciábamos, así fuera cuando éramos derrotados o cuando nos alzábamos con la victoria: el juramento solemne. Primero carraspeó, se puso rígido, luego alzó su mano del poniente, y con la del naciente levantó el cuero que las protegían, dejando bien a la vista sus sagradas armas. Al mismo tiempo que se las cubría con la palma exclamó con voz firme. “Juro por lo más sagrado y por todos los dioses, honorar, respetar y mantener este pacto”. El primer acto se había cumplido en un silencio total. Ni viento de dioses ni respiro de guerrero se oyó. El cielo de piedra celeste era todavía más transparente. Estaba seguro de que más de uno de mis camaradas se había emocionado al escuchar tan noble y viril promesa. Satisfechos esperamos la contraparte, el juramento de ella… Pasaba el tiempo y nada sucedía. Era bochornosa la espera… ¿Para cuándo?  ¿Es que nos querían humillar nuevamente al hacernos jurar solamente a nosotros? Alarfa miraba a nuestro amado tuerto de los pies a la cabeza, que continuaba tieso con sus dos manos en posiciones sagradas. Lo observaba con su único ojo, desorientada. Entonces mi Aluna, mi soñada Aluna, talvez soplada por los dioses, se dio cuenta de lo que faltaba.

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