martes

                                                                 Antropología Fantástica 33
Le susurró algo al oído que, Alarfa, con fastidio, o con desgano, decidió hacer. Se llevó la del naciente hasta el borde inferior de su sayo, y lo aferró para levantarlo, pero cuando vio los ojos desmesuradamente abiertos de nuestro principal y luego los nuestros por lo que íbamos a ver, lo dejó caer, y en su lugar colocó su palma abierta sobre la tela basta que cubría su tesoro ya viejo. La otra, luego de ponerla vertical y de un momento de indecisión, finalmente se la llevó hacia la ubre del naciente, cubriéndosela. Y juró, por fin, para alivio de nuestro principal y de nosotros, con las mismas palabras. Nuestro caudillo estaba radiante después de esa ceremonia que pareció terminar mal. «Bien, bien, hembra; creo que hemos dado un paso que dignifica a ambas partes» ―exclamó nuestro tuerto.   «¡Alarfa! ―contestó agresiva ella. ¡A lar fa!» «¡Oh, sí! Me olvidaba. Le pido sinceramente que me perdone, hembra Alarfa. Bueno... ya que hemos logrado establecer una comunicación más fluida y limadas ciertas asperezas, ¿no podría enseñarme cómo hacen para arrojar esas astillas que causan tanto daño?» ―preguntó nuestro caudillo, señalándose el ojo herido.  «¡Ni muerta!» ―le respondió la engreída.  Y ahí se vio la grandeza de nuestro caudillo. No demostró ningún gesto de contrariedad, o de odio por el rechazo vil. Al contrario; respiró hondo, resignado.   «Comprendo. Son las prerrogativas de los vencedores» ―añadió con dignidad.  «¡Las vencedoras!» ―respondió esa soberbia. ¡Qué descaro! ¡Qué vil afrenta! Impotente deseé que el cielo de piedra celeste se desplomara, que un rayo dejara seca y negra a esa hembra soberbia. Y por un momento creí que los dioses, recapacitando, me hubiesen oído porque sonó furioso el cuerno, mejor dicho, los cuernos, en toda la muralla que da a la ciudad de ellas. Nuevamente nuestro amado tuerto dio muestra de su sabiduría guerrera. Abandonó la gentileza de caballero para transformarse inmediatamente en un formidable conductor, ansioso por iniciar el combate y decidido a ganarlo. «¿Qué sucede, vigía?» ―le gritó al de la atalaya de la puerta mientras su segundo le alcanzaba su lanza. «¡Son incontables, mi principal! ¡Sobre cuadrúpedos y a pie! ¡Han comenzado a arrasar la ciudad de las hembras! ¡Dentro de poco los tendremos en el portón!» ―respondió el vigía aterrorizado―, continuando a soplar dentro del cuerno, con más ímpetu. Inmediatamente nos trepamos a la muralla con nuestro caudillo tuerto a la cabeza... ¡y detrás Alarfa y sus secuaces! ¡Pies de hembras sobre nuestros antiquísimos ladrillos!  Era increíble. Inconcebible. Entonces creí comprender el sentido de aquella historia. ¡El demonio que nos ayudaba eran ellas! ¡Pero quién era capaz de desentrañar el designio de los dioses! Nuestro principal, luego de unos momentos aguzando la vista en dirección de aquella fila interminable de figuras pequeñísimas, exclamó triunfal. «¡Son guerreros! ¡Son guerreros enemigos! ¡Por fin! ¡La verdad de su existencia finalmente se desvela! ¡Jamás he dudado! De otra manera a nada serviría mi grado de comandante y años de estudio del arte militar.  ¡El enemigo se acerca! ¡Guerreros, a sus puestos!» Viéndolo allá arriba, en nuestra sagrada muralla, mis dudas desvanecieron. ¡Qué equivocado estaba yo! Él era nuestro caudillo a quien amábamos, respetábamos y seguiríamos obedientes, así nos llevara hasta el fin de la tierra, y entonces, en aquellos graves momentos, lo fue más que nunca porque el enemigo existía, así como existía él. Descendí de la muralla en orden, y luego de recibir las órdenes de mi superior inmediato la volví a subir, aún con más fervor. La defensa comenzaba a partir de esa muralla.  Era ahí donde esperaríamos el golpe de ariete del odiado adversario que por fin llegaba, no en la otra que daba al mar y a las montañas. Estábamos pronto, crispadas las manos que aferraban la lanza, atento el ojo, en buen equilibrio nuestros cuerpos, en ordenada fila sobre nuestra muralla… y aguardábamos, con los dientes apretados. La única que parecía ignorar el inminente peligro era Alarfa. Se había puesto a silbar y a gritar al resto de hembras amedrentadas que comenzaron a amontonarse a los pies de la muralla esperando recibir sus órdenes, aterrorizadas por la polvareda y el griterío que veían y oían a sus espaldas. «¡Los mocosos y las preñadas primero!» ―gritaba la vieja Alarfa, como si mocosos y preñadas sirvieran de algún modo para la defensa. «¡Luego las abuelas y las enfermas! ¡Después los enseres si los animales dan problemas! ¡De estos traigan solamente las crías, las que entren en sus brazos! ¡Espanten a los más grandes! ¡Mándenlos a pastorear!  ¡Salven las vasijas y las hierbas para hacer ofrendas! ¡Las ramas y cuerdas... para... bueno, ya saben! ¡Todas adentro, rápido!»    «¡¿Cómo todas adentro?!» ―gritó indignado un guerrero.   «¿Qué, eres sordo tu? ―contestó altiva Alarfa. ¿No has escuchado que en la negociación quedó bien claro que podemos entrar y salir cuando queramos?»     «Es así, guerrero. Como lo dice esta hembra... la hembra Alarfa. Discúlpeme otra vez. Los pactos hay que respetarlos» ―dijo nuestro amado tuerto, dirigiéndose con severidad y con evidentes gestos de preocupación al insolente, volviendo de pasar revista. Mientras observaba toda esa multitud de espantadas hembras que entraban en nuestra ciudad al galope, se había llevado las manos detrás y caminaba con una leve curvatura de su cuerpo hacia adelante, cosa que jamás le habíamos visto. Y menos en la inminencia de un combate, en los cuales sobresalía su cabeza impávida y su pecho inflado y casi de piedra. En aquellos aciagos momentos fue preocupante.

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