jueves

                                                                 Antropología Fantástica 34
Desde la atalaya había observado nuevamente la larguísima fila de enemigos que ahora estaban más cercanos. No habían dejado piedra sobre piedra, y detrás se perfilaban todavía más guerreros. Cerrando las filas venían animales cargados, niños, ancianos... y cosa muy extraña: poquísimas hembras jóvenes.   «Principal Arkaú, me parece que se encuentra dentro de un gravísimo problema ―dijo Alarfa, muy seria. Haciendo un cálculo aproximativo serán más o menos diez contra uno. Para colmo con falta de hembras. No quisiera estar en su lugar, principal. Esa nostalgia los harán más combativos y feroces. Me gustaría saber el por qué de tan pocas hembras.  Enfermedades no creo. Pestes tampoco. Nos lavamos seguido. Somos longevas y muy a menudo, con un dolor que ustedes no pueden entender, enterramos a nuestros hijos... y a los posibles padres que ustedes llevan alegremente al matadero. Es muy probable que otro enemigo, más fuerte que estos se las hayan arreado. Es difícil su situación, principal. No quisiera estar en su lugar» ―terminó diciendo Alarfa, esforzando la vista para distinguir mejor los tres caballeros guerreros que se habían despegado de la multitud y se acercaban a la muralla, agregando; «¿Ha visto lo que llevan en un brazo, principal?»  «Sí. ¿Qué es esa... madera redonda?» ―preguntó nuestro caudillo.   «Escudos» ―respondió Alarfa.   «¿Escudos? ¿Y para qué sirven?»    «Para detener los golpes. De lanza y de esas mazas que llevan colgando de la cintura».   «¡Cobardes! ¡Rehúyen el combate cuerpo a cuerpo!»  ―respondió indignado nuestro comandante.   De repente, Alarfa dijo algo extrañísimo que nos hizo sospechar que ese demonio tuerto escuchaba lo que pensaba nuestro principal. Le preguntó si estaba pensando lo mismo que ella, a lo que nuestro caudillo contestó con palabras aún más increíbles e enigmáticas. Le dijo que sí, que estaba pensando lo mismo, e inmediatamente añadió; «¿A qué precio?»  Miré a mi camarada y comprobé que se encontraba más desorientado que yo al escuchar, en momentos tan graves, las condiciones de compraventa de vaya saber qué cosa.  Alarfa se le acercó y comenzó a enumerar a baja voz la mercadería que vendía, o que compraba, con los dedos de la mano. Oh, dioses de los cielos de piedra celeste ―exclamé en esos momentos―, ¿por qué todo era cada vez más complicado? Deseé vehemente volver atrás en el tiempo,emente complicado? Duisieraal mataderorañarentario que no disminuirte  cuando creía que el enemigo no existía y no llegaba nunca. Esperé con el corazón a punto de estallar que nuestro amado caudillo no se humillara, que no se dejara embaucar otra vez por esa hechicera vendiendo, o quizás comprando vaya a saber qué cosa inútil. Sin embargo, a tratativa terminada, nuestro principal no tenía el aspecto de un guerrero a quien se le había obligado a hacer algo por la fuerza. Todo lo contrario. Había recuperado su porte erguido. Se lo veía muy serio, se diría satisfecho, al igual que la tuerta. Súbito ordenó que sonaran los cuernos a silencio, y desde nuestra muralla nos informó que el enemigo ―y se dio vuelta para observarlo―, además de ser diez veces más que nosotros, poseía armas nuevas; que lo más probable era que venían en busca de hembras, y este particular, como lo sabíamos por experiencia propia, los volverían muy feroces; que las posibilidades de que fuésemos derrotados eran muy, pero muy altas, mas no todo estaba perdido. Había una solución que muy a su pesar estaba en manos de las hembras, por eso la decisión final correspondía a nosotros. Sería una elección dolorosa de parte nuestra, pero teníamos que tener presente que con ella se jugaba nuestra existencia de guerreros. Hizo silencio para ver nuestra reacción, y al ver nuestras caras desorientadas, prosiguió. Como es tan crucial la decisión y todo depende de que vosotros la aceptéis o no, no seré yo en detallarla porque soy consciente de que puedo influir en vuestra libre elección. Será Alarfa quien les dirá de qué se trata.  «La cuestión es simple, guerreros» ―inició esta, pero el vigía que controlaba a los tres emisarios de repente gritó, «¡cuidado, mi principal!» ―y sobre la cabeza de nuestro héroe pasó zumbando una maza. Debido a su increíble rapidez de reflejos, se había dado vuelta al instante, sin demostrar ni temor o sorpresa por el objeto, y al igual que nosotros, la observó cómo terminaba su carrera detrás de las filas, levantando una polvareda amarilla al estrellarse.  «Seré veloz ―continuó Alarfa―, porque los que están ahí afuera tienen urgencia. Nosotras sabemos construir y usar el arco y la flecha. Las flechas son esas cosas que vosotros llamáis astillas que hacen mal. Los que están ahí afuera las desconocen, y por eso serán presa fácil, y como vosotros también ellos pedirán una tregua, o quizás el sometimiento total».   «¿Y en cambio, ustedes, que piden?» ―se sintió decir casi al unísono. Fue ahí que entendí lo que secretamente vendían y compraban momentos antes esos dos tuertos.   «Estar adentro de las murallas ―contestó Alarfa―, cosa que ya hicimos y es irreversible, porque el pacto anterior lo permitía. Segundo: ya que será largo el asedio, nosotras elegiremos con quién vivir, no vosotros».   «Me parece justo ―gritó un guerrero. Pueden elegir a voluntad, siempre y cuando continuemos a dormir en las tiendas, con cuatro o cinco hembras para cada uno, en lugar de los cuatro o cinco camaradas que nos tocaban».   «¡Ni lo sueñen! Una hembra y un macho ―respondió severa―, y solos. Nada más. Y no en tiendas. En chozas de piedra, barro y paja que vosotros construiréis y que nosotras mantendremos limpias; con un baño afuera, y no un agujero como lo han hecho hasta ahora, al aire libre».    «¡¿Quééé!?  ―fue la respuesta que voló de una punta a la otra sobre nuestras cabezas. ¿Pretenden que usemos nuestras propias manos, que ensuciemos nuestras manos que sólo conocen el uso y cuidado de las armas, para construir chozas y…? ¿cómo llaman a esos cagaderos…?»  «Baños» ―aclaró otro guerrero con desprecio.  «Y no sólo eso ―rebatió Alarfa. De aquí en adelante seremos nosotras las que decidirán cuándo y cómo nuestros hijos serán enrolados en el ejército, después de que hayan aprendido a leer y escribir. Y seréis vosotros que procuraréis la comida. No nosotras. Entre combate y combate tendréis que salir a cazar y a pescar. No tenemos nada en contra de vuestras guerras, imaginarias o no, con tal de que traigan cosas útiles; tesoros, esclavos, comida, y no esas piedras que cayeron del cielo y no sirven para nada, como tampoco otra como esa pobre antropomorfa que se parece en algo a nosotras, y encima preñada».  

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