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                                                                Antropología Fantástica 35

Era bochornoso lo que escuchábamos, pero aun así alguien tuvo el coraje de contestar con altivez: «Y si nos negamos, ¿qué harán ustedes?» Pasaron unos momentos de silencio absoluto. Alarfa, con su solo ojo nos miraba desde lo alto de nuestra gloriosa muralla. Sentíamos su desprecio. Apretó sus labios sacudiendo lentamente la cabeza, y dijo palabras incomprensibles para mí en aquellos tiempos. «Vuestra obcecación es proverbial. Vivís de la violencia, del odio, de la envidia, de la traición, de la avidez que destruirá en los años a venir todo. Sin embargo, en vuestro masculino extravío, incomprensiblemente, habéis sido capaces de construir esta inmensa muralla, que, si por acaso no lo sabéis, y estoy segura de que no, es espectacular, majestuosa; también daros leyes de comportamiento elemental, aunque sean sólo para codificar el honor, el coraje y todas esas estupideces; mandar expediciones al exterminio con el solo fin de saber qué hay más allá. Pero esto, en comparación, no es nada de frente al estupor, al desconcierto que nos ha causado ver cómo ha surgido eso que llaman en manera arcaica relato, a cuyas representaciones iremos, por derecho adquirido, pero no actuaremos. Estoy de acuerdo con algunos de vosotros, porque correríamos peligro al andar desnudas sobre el escenario como lo hace más de uno de los actores. Es vergonzoso... Y si vosotros no aceptáis nuestras condiciones, bueno... ―y se dio vuelta para mirar al enemigo. Podríamos pasar a ellos. Por lo que veo son mucho más aseados y ordenados. Hasta se recogen el cabello detrás, no como el vuestro, desgreñado, sucio y duro como paja».   ¡Oh, dioses!, me dije. ¡Qué culpa sin saber nos hemos buscado! ¿Por qué esta afrenta? ¡Quieren imponer sus leyes! Más de una ya se mezclaba irrespetuosamente dentro de nuestras filas, empujando y a golpes de codo para poder ver mejor a su bruja tuerta, allá, en lo alto, sobre nuestra sagrada muralla. Si se permitían hacerlo cuando todavía no habíamos decidido nada, ¿cómo sería en el posible caso de que hubiéramos dicho que sí? Entonces, olfateando el peligro inminente grité con toda mi voz: ¡Noo! ¡No aceptamos!    ¡Preferimos mor...! y antes de que terminara mi indignada respuesta, alguien, a mis espaldas, me dio un tremendo puntapié en los tobillos. «¡Por todos los dioses! ¡Cállate, pedazo de tripas hediondas con patas! ¡Es una tratativa seria! ¡Está en juego nuestro futuro como lo ha dicho el principal! Si ellas se van con el enemigo, ¿qué hacemos? ¿Lo entiendes o no, bruto?»  ―me susurró con rabia, para luego abandonarme en el medio de un claro producido por el paulatino distanciarse de mis camaradas. Y así, solo pero fiero, descubrí que mi Aluna me miraba con una infinita tristeza. También ella, como Alarfa lo había hecho antes, cerró sus labios mientras sacudía resignada la cabeza. Oh, dioses, dueños y señores de los cielos de piedra celeste, de las blancas nubes informes que raptan, de las otras, las violetas que nos enloquecen, de los mares sin fondo, relámpagos enceguecedores, rayos mortíferos y tierras sin fin que aterrorizan. ¿Qué he hecho de mal? ¿Por qué han puesto a Aluna y a mi amada y protectora ciudad al mismo tiempo?   «No tome en cuenta, hembra Alarfa, lo dicho por el guerrero Akadama ―gritó probablemente el que me pateó. Es un tarambana que no ha hecho otra cosa que decir estupideces, como por ejemplo andar afirmando que el enemigo no existía y recibir los más que justificados palos como castigo. Le han dado tantos que su cabeza no le funciona muy bien.  Yo estoy de acuerdo con la propuesta de la hembra Alarfa ―agregó. Que levanten la mano los que están conmigo». No quise ni ver ni sentir, pero mi desazón fue total cuando vi el rostro sonriente de satisfacción de mi amado principal tuerto, el corajudo. ¡También él estaba de acuerdo con los demás! Se disponía a contar las manos, pero no fue necesario. ¡Mayoría absoluta! ―gritó. Y fue en ese preciso y doloroso momento que moqueé por primera vez.

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