domingo

                                                               Antropología Fantástica 36
La perversidad de ellas llegó al límite cuando comenzaron a extraer esos artilugios incomprensibles y pestíferos de los bultos que introdujeron en nuestra ciudad. Podían habernos exterminados cuando lo hubiesen querido. Aluna, abriéndose paso en medio de la excitación de mis camaradas que tocaban las maderas y estiraban las cuerdas, se acercó y me miró. Daba la impresión de que no sabía qué hacer conmigo. Traía entre sus manos uno de esos artefactos. «Vení para acá, pez en contracorriente» ―me dijo. Mirá cómo se hace. Luego apoyó esa varita sobre la cuerda, la estiró curvando al máximo la madera y disparó hacia lo alto, hacia las nubes blancas, una astilla que desapareció. «Prueba tú».  No recordaba cómo lo había hecho, así que traté de apoyar sobre la cuerda la punta afiladísima del palito, pero antes de que me digiera algo lo di vuelta porque fue evidente que así no se disparaba: no podía engancharse…, y lancé yo también una flecha que fue mucho más lejos que la suya, como debía ser. Después de todo no era tan difícil aprender a usarlos. Vi con sorpresa a más de uno de mis conmilitones que daban la impresión de conocerlos desde siempre, a otros que, asombrados, observaban la cantidad de flechas que las hembras habían introducido a escondidas dentro de nuestra ciudad. ¡Era increíble! ¿Cómo podíamos confiar en ellas? En poco tiempo de aprendizaje mi compañía y las otras que componían mi unidad, La Gloriosa de Piedra, lanzó infinidad de flechas al cielo. A un amplio ¡Oh! de admiración por los tiros, le siguió un desbande y gritos de espanto cuando vimos que, regresando, se nos venían encima. Ahí comprobamos la eficiencia de nuestros cascos de tres cueros, ya que las flechas no pudieron hacer mayor daño a las cabezas de los pocos y desafortunados camaradas que recibieron una: no lograron traspasarlos del todo. Luego de otra ejercitación en la cual aprendimos a no temerles y a esquivarlas, nuestro amado caudillo, con el rostro satisfecho, nos llamó para ocupar nuestros puestos en la muralla. También se treparon ellas, porque después de todo, además de que teníamos que respetar el pacto, sabían manejar mejor que nosotros esas armas. Y así, en una fila de guerreros dentro de la cual cada tanto se introducían a la fuerza, nos asomamos sobre el pretil para ver mejor los tres emisarios del enemigo. Del camarada que los había tenido siempre bajo control, nuestro principal se enteró de que, desde cuando llegaron no pararon de hablar. Especialmente el del centro. En una lengua desconocida. Y lo seguía haciendo, exactamente igual a nuestro caudillo cuando nos arengaba, mostrando un pecho duro e inflado, pero aquel envuelto en pieles. Era evidente de que estaba muy irritado por la espera. Llevaba un casco de cuero semejante a los nuestros, sus pies estaban envueltos también en cuero y en su espalda le colgaba una madera, coloreada y redonda junto a su lanza. Por lo visto había sido él que arrojó su maza, ya que era al único de los tres a quien le faltaba.  Su cuadrúpedo, que como los nuestros sólo tenía anudada la nariz con una soga, parecía tan feroz como su jinete. Caracoleaba, tiraba patadas y gritaba en su idioma. También ellos los mantendrían siempre indómitos mediante los ululupis, ya que sentíamos, detrás de las filas, sus continuas amenazas.  Su dueño, entonces, sin parar de hablar, señaló con una y otra mano la vastedad de su ejército. Luego indicó a mi amado principal, a su ayudante y a sus segundos, dando a entender que los aplastaría de un golpe, dentro de la palma de su mano. Varias veces. ¡Qué soberbio!  Los gestos que hizo después convencieron a mi principal de que Alarfa tenía razón: venían por nuestras hembras. Las señaló con su dedo musculoso, una por una, con mucha atención, ya que estaban mezcladas con nosotros sobre nuestra muralla, como si las eligiera, especialmente a mi Aluna, sobre la cual detuvo su mirada por más tiempo. Está de más decir que mi vista se nubló de rojo. Hasta me pareció ver nubes violetas que descargaban sus furias sobre la tierra, y estuve a punto de saltar desde esa altura si no fuera que mi disciplina me lo impedía: tendría que pasar sobre mis huesos inmóviles si osaba acercarse a ella.  Después cerró y abrió, muchas veces, los dedos de sus manos para comunicarnos la cantidad que necesitaban. ¡Son demasiadas! ¿Qué haremos nosotros?, alcancé a escuchar. Luego esperó muy tranquilo, al contrario de su cuadrúpedo que continuaba a pararse en dos patas. Eran tantos y feroces me dije. Como nosotros que no éramos de menos. Nuestra victoria no sería fácil. La fortuna de las armas podía estar de uno o del otro lado, y teníamos que prepararnos a lo peor, aun sabedores de que nos protegía nuestra muralla y un arma nueva. Los sacerdotes guerreros, al igual que nuestros jefes, tenían razón: el perverso adversario existía y los teníamos delante de nuestras narices. También nos decían que éramos los únicos sobre esta tierra, siempre distintos al enemigo, por supuesto, ya que fuimos capaces de construir un campamento rodeado de muralla, pero no era así, no obstante aquellos anduvieran sin un lugar fijo. También que el enemigo era horrendo. Que tenían un solo ojo, que eran altos como dos de nosotros, uno arriba del otro y comían sus propias carnes, pero desde que estaban ahí, gritando y amenazando, tuvimos el tiempo necesario para observarlos mejor, y eran muy pocas las diferencias. Talvez un poco más pálidos, pero con dos ojos y dos manos. Fue entonces que, otra vez, las cosas se hicieron aún más complicadas. El escriba de nuestro amado tuerto le preguntó si había visto ese pedazo de tela, que, con un palo uno de los emisarios había tenido en su mano continuamente. Estaba hecha jirones, pero todavía se podía ver la imagen desteñida de dos lanzas cruzadas y un puñal en el centro. Nuestro principal contestó que sí, que la había visto; desde cuando llegó. Uno de los sacerdotes guerreros, que siempre andaba detrás de él, le dijo que era imposible, que éramos los únicos a poblar esta tierra a pesar del parecido entre ellos y nosotros; que los dioses no lo habrían permitido; que era una herejía; que eran monstruos surgidos del infierno. Con grande coraje y parsimonia nuestro venerado tuerto le pidió que se callara porque las cosas eran evidentes: ese estandarte, si bien antiquísimo y maltrecho, era igual al estandarte del ejército de expedición que diez principales atrás salió en busca del enemigo y nunca más volvió. Toda la preparación, los pertrechos, los nombres de los intrépidos y la fecha de partida quedó minuciosamente registrado en un antiguo pergamino. Sé que jamás lo ha consultado, venerable sacerdote, pero está ahí, a disposición de todos. Entonces, el sacerdote guerrero, molesto por ser llamado al silencio, hinchando su pecho le respondió que, si era así, por qué no le entendíamos lo que decía. «Porque todo cambia, venerable sacerdote ―respondió nuestro sabio comandante con palabras incomprensibles para mí.

No hay comentarios.:

No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web