martes

                                                             Antropología Fantástica 37
Todo cambia. Hasta el lenguaje. Vos no sois como cuando erais niño. Ni el retoño de lo que mañana será un árbol frondoso. Ni el hilo de agua, que luego de la furia del dios que sacude la tierra será un rio impetuoso. No, mi estimado sacerdote. No lo seréis, ni lo seremos ni lo serán mientras que el dios del tiempo marque su invariable y continuo devenir, comiéndose sus propios hijos y vomitándolos distintos después.  ¡Abran el portón! ―ordenó―, que quiero parlamentar de cara a cara con ese, que sin duda es un descendiente de aquella gloriosa expedición de la cual no supimos más nada». Y descendió majestuoso sin prestar atención a la gritería de nosotros que le aconsejábamos que no lo hiciera.  Hasta alejó con un empujón, fastidiado, a su mancebo preferido que se había aferrado a su cuerpo, implorándole también de que no se expusiera. Pero las órdenes son órdenes y el pesado portón se abrió. Y fue ahí que comprobamos la diferencia de nobleza de nuestro caudillo con la de aquel bárbaro, Kraukalí. El nuestro quería llegar a un acuerdo justo, pero el otro, al ver el imbatible portón abierto, debido a su índole salvaje y calculando una fácil victoria, se dio vuelta, y con el rostro deformado ordenó a sus huestes, ¡Al ataque!
¡No lo hubiera jamás hecho! Una lluvia de flechas que oscureció el astro mayor se abatió sobre ellos. La primera en disparar fue Alarfa, que con su diabólico único ojo centró el caballo del engreído e incomprensible charlatán. Rodando, y mordiendo el polvo luego del desplome de su bestia, llegó hasta los pies de nuestro caudillo. Y ahí se quedó, humillado, desconcertado, con un pie de nuestro héroe tuerto sobre su pecho y la lanza a punto de penetrar en su garganta. Lo que siguió más allá, a pocos pasos de él y de su vencedor, sobre la tierra amarilla, fue, al principio, un griterío feroz y una inmediata persecución, luego una fácil carnicería. Al ver a su caudillo derrotado, el pánico se apoderó de ellos, y comenzaron a huir, dándonos las espaldas, pero se toparon con la propia retaguardia compuesta de niños, viejos, hembras, animales y carros. Atrapados, sin saber por dónde escapar nos imploraban piedad, pero estábamos sordos, furiosos y sedientos de sangre por tanta espera, y hundíamos y hundíamos nuestras lanzas en las carnes con facilidad pasmosa. El suelo otra vez se tiñó de rojo; chapoteábamos sobre una sangre que más de uno de nosotros hubiera preferido que se desparramara dentro de nuestra ciudad, no en la de ellas. Habría podido ser la primera vez que sangre desconocida la bañaba, y no la de camaradas. Incontenibles y sordos tajeábamos, cortábamos y penetrábamos sus carnes, quebrábamos sus huesos, manos y cabezas. La roja y humeante sangre se mezclaba con sus heces y sus orinas. No sentíamos la fatiga ni el dolor; parecía que cuando más sangre veíamos, más sangre queríamos; que, oyendo los gritos de terror de los vivos, pretendiéramos que de la misma manera lo hicieran los muertos. Todo a mi alrededor era un subir y bajar la ensangrentada mano armada. E inevitablemente llegó el cansancio, y de a poco la gritería se fue acallando, entonces nuestro jefe tuvo que amenazar con severos castigos, repetidas veces, a aquellos camaradas más sanguinarios, que continuaban a ultimar a los heridos con ahínco, a masacrar y a mutilar los muertos con ferocidad. Obedecieron de mala gana retornar a las filas, y cuando lo hicieron cada uno de ellos arrastraba los restos de un adversario por un pie, dejando detrás una estela de negra sangre. Luego volvieron a empujones los primeros prisioneros aterrorizados y milagrosamente vivos, que eran mucho más dóciles luego de la derrota que sus pocas hembras. Tuvimos que recurrir a acciones violentas y amenazas contra ellas que no podían aceptar ver a sus hombres reducidos de tal manera. Gritaban, mordían, pateaban, escupían, nos apedreaban. Las hembras son tremendas. Las desconocidas y las nuestras. A duras penas las convencimos de que sacrificaríamos a sus hijos, frente a sus propios ojos, sin ninguna piedad. Entonces, comprobando nuestra feroz intención que llevaríamos a cabo sin vacilar, ya que aferrábamos por los pelos a más de uno de sus cachorros, ya prontos a atravesarles el cogote, se calmaron. Para ultrajar sus escudos, a nuestro triunfante y sabio tuerto su séquito lo encaramó sobre uno de esos. Desde allá arriba, majestuoso, ordenó que le pasaran la lanza del derrotado, y con un formidable golpe de rodilla la quebró en dos. Luego miró a esa chusma atemorizada que dócilmente hizo lo mismo con las suyas. Después, fiero y altivo, mandó que lo bajaran y esperó, mirando al vencido. Éste se levantó, sucio de tierra amarilla, para luego arrodillarse y besar la mano que nuestro gran jefe le alargó magnánimo. Parecía que todo había terminado.
¡Oh, dioses! ¡Qué jornada gloriosa! No obstante la excitación no me abandonara, recuerdo aún que el cielo de piedra celeste era más claro que nunca. Parecía que, además de haber derrotado al pérfido enemigo, también hubiéramos alejado para siempre las odiosas nubes violetas y sus dolores. La paz finalmente llegaba, y esto, la paz que nunca habíamos experimentado, me alarmó. La de las armas, después de tanta sangre y horrores estaba entre nosotros…, pero, ¿qué nos esperaba de ahí en adelante con las hembras? Mis temores se vieron confirmados cuando nuestro caudillo, inexplicablemente, llamó a Alarfa a su lado y le dijo algo. Esa hembra soberbia le respondió que sí. Se dio vuelta, y con señas, hizo que se acercaran un montón de sus iguales e inició a explicarles algo, no muy difícil por lo visto. Las otras asintieron, entusiasmadas, mientras miraban la multitud de prisioneros, que, en pie o sentados sobre el suelo, observaban a sus alrededores sin entender, sangrantes, temerosos, talvez esperando lo peor. Pero no. !Oh, dioses! ¿Cómo osaban hacerlo? No fueron pocas las que decidieron de acercarse a los derrotados sin temor alguno, y fuimos testigos incrédulos de una escena que preanunciaba lo que se nos venia encima en el futuro. De entrada, comenzaron a revisarles los ojos, que eran mucho más claros que los nuestros, y esto parecía que las excitaban aún más. Les acariciaron las largas y renegridas colas de cabello detrás de sus nucas; les controlaron y contaron los dientes, luego estiraron orejas, apretaron narices y tocaron, casi con temor, sus ombligos; comprobaron la dureza de los músculos de brazos y piernas; se aseguraron de que los dedos de pies y manos fuesen diez, el largor de las uñas, y finalmente les palparon las sagradas armas de guerreros. Estaban satisfechas por lo visto. Las muy traidoras. Luego de lo que habíamos hecho por ellas. Fueron falsas y aprovechadoras cuando nos vendieron los rollos de soga con las puntas escondidas. Ganaron con el peso de los mismos porque no especificamos que tenían que ser todos del mismo tamaño; para fabricarlas usaban material de pésima calidad; nos engañaban con el peso de la carne. Usaron una magia incomprensible para derrotarnos. Encima, en esta última batalla, no habían sido pocos los guerreros nuestros que dejaron los huesos quietos para siempre sobre la tierra amarilla de la ciudad de... ¡ellas! Así nos pagaban, con la ingratitud. 

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