miércoles

                                                                Antropología Fantástica 38
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Esto que acabo de escribir con tanto esfuerzo, ya no sobre pieles, sino sobre vegetales, masticados y pacientemente transformados en una lámina tan blanca como la leche, es la memoria veraz de lo que sucedió hace veintidós pariciones de hembras.  Talvez algunos recuerdos ―y pido disculpas por tal posibilidad―, se hayan disueltos en mi cabeza como las nubes, que desde hace tiempo son sólo blancas y grises, ya no violetas, premonición de desastres. El mismo blanco y gris de mi barba. Para hacerlo tuve primero que ver cómo lo hacía mi Aluna. Fue duro y humillante aprender de ella. Muy humillante. Y también, para qué negarlo, asombroso, porque comencé a andar de sorpresa en sorpresa.  Ver que la “o” que digo, o grito, es igual de redonda a la que escribo, me dice que los dioses no son tan complicados. ¡Oh, prodigio del Astro Mayor, que para nuestra alegría todos los días vuelves de la negra muerte! También la “u”, que no es otra cosa que la “o” sin el asombro final. La “a” tan pacífica y amable con su estribo invitante. La “i”, una astilla que duele y aclara, como las flechas, y la “e” que ondula como las olas del mar. Los labios dan la forma justa, y si me dejo llevar por ellos son muy fáciles de hacer. No podía ser de otra manera. La ele, la eme, la ene y la ese no me causan ninguna admiración. Todo lo contrario. Además, son difíciles de dibujar. Esas letras son y serán femeninas, no como las otras que se pueden juntar con la erre, que es el sonido que todavía llevamos adentro, como cuando la ciudad era únicamente nuestra. Bruto... bribón... bravo... cretino... crinudo...  grasiento...  gruñón.  Estas eran palabras que nos mantenían siempre alerta. Confieso que a pesar de mis años todavía me trepo a mi atalaya para observar, ya no la ciudad desordenada de ellas, que dicho sea de paso ya no existe más allá de nuestra muralla pues es solo campo, sino la mía. A pesar del cataclismo causado en aquellos tiempos por la irrupción de las hembras, continúa a ser más o menos igual, sólo que las amplias chozas de adobe, piedras, ladrillos, madera y paja (y debo reconocerlo; siempre muy ordenadas y limpias), han reemplazado a nuestras amadas y elementales tiendas de campaña. Y bueno... no es que haya cambiada tanto, porque las obligamos a construir…, mejor dicho, construimos las chozas con nuestras propias manos, respetando el pacto y el antiguo trazado: en ordenados cuadrados. Así se puede ver cómo nace el astro mayor en el inicio de una calle sin que nada lo obstaculice; llega al centro de la plaza de armas para dejar paulatinamente sin sombra una estaca, y muere donde muere la calle, detrás de nuestra muralla. Lo de la estaca se le ocurrió a uno de esos sacerdotes para medir el tiempo. Para nosotros, los guerreros, fue una gran novedad que daba aún más precisión a nuestro andar sobre esta tierra inconmensurable. Nos tuvo ocupados por noches y días enteros dando y escuchando pareceres por tal prodigio: que hasta las sombras tuvieran un significado, jamás lo habíamos sospechado. Fueron tan encendidos los cambios de opiniones que por poco no se llegó a las armas. Sin embargo, a las hembras no les causó ni la más mínima impresión, porque, sin tener que ir a ver cuándo la estaca quedaba sin sombra, sabían que era tiempo de comer. Y lo mismo sucede cuando llega la noche, cuando no hay estaca que valga. Estoy seguro de que comemos siempre en el mismo momento. Los sacerdotes guerreros ya no hablan más de enemigos monstruosos que daban miedo. Y esto me preocupa. Ahora andan diciendo que no hay tantos dioses, sino uno solo, que no es otro que el astro mayor, o sol, según Aluna. Si todos estuvieran de acuerdo no habría nada que temer, pero hay otro grupo que opina lo contrario. Otra vez viejos fantasmas se agolpan en mi cabeza que todavía se niega a bajar la cerviz a pesar de la vejez. Lo único que falta es que nos enfrentemos fraternalmente por la cantidad de dioses que puede haber. Aluna dice que hablan así porque tienen todo el tiempo que quieren, ya que no deben lidiar con hembras e hijos. «¿Si hay uno, o dos, o diez? ¿Cuál es el problema, si las cosas continúan a ser y a estar como siempre han sido y estado?» ―me dice.   Sigue siendo muy soberbia mi Aluna. No entiende que estas cosas son importantes para nosotros. «Los dioses nos han elegido a nosotros, los hombres, para llevar a cabo sus designios» ―le respondo. «¿Ah, sí? ¿Y cuáles son esos… divinos designios?» ―me pregunta irónica. «Construir murallas» ―le contesto.  Y ahí, por fin, calla, porque ellas no son capaces. Me ha dado diez y seis hijos mi dulce Aluna. Todas las primaveras se aparece con uno de esos en brazos, con sus cabezas como cocos; duras, redondas y peludas, en proporción más grandes que sus cuerpecitos; ciertamente dignos de compasión, y por lo visto todavía no está satisfecha. No sé qué come, o qué bebe, para que de repente su panza se hinche. A menudo me pregunto si mis sagradas armas no tengan algo que ver con ese misterio, ya que esos renacuajos chillones salen por el mismo lugar por donde entran las mías. Los guerreros sacerdotes dicen que no, que las hembras, cuando llega el preciso momento que sólo ellas conocen, van a respirar el aire lleno de esos hombrecitos, en la cima de una colina misteriosa. Puede ser, pero mi Aluna opina que son unos ignorantes, y sobre todo… mi só gi nos; sí, esa es la palabra que usó. Difícil vocablo, por cierto. Todavía no sé el significado, y por lo visto nadie lo conoce, ni siquiera mi comandante. Cierta vez se lo pregunté a uno de los sacerdotes: me miró con desprecio y no dio respuesta alguna. Lo intenté con Aluna, y me respondió que se lo preguntara a aquellos. Sospecho que no corre buena sangre entre ella y los otros.

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