viernes

                                                             Antropología Fantástica 39

Cuando llega la noche con el astro de leche, que pareciera que brilla aún más desde que están dentro de nuestra ciudad, es insaciable. Si no fuera que cuando no la veo ando como perdido, diría que es una bruja que, además de conocer todo sobre ese disco cándido, me ha hechizado. Entonces, para evitarla, me escabullo con cualquier pretexto y me trepo rapidito a una de las atalayas, que desde hace tanto no se utilizan todas. Es suficiente nuestra sagrada muralla. Y ahí me quedo, tratando de dormir mirando la luna, como la llama mi Aluna, porque evoca el ulular y al llanto. Y no sé cómo hace para descubrir dónde estoy. Siento crujir los maderos de la escalera, despacio, luego su olor, después veo su cabecita, su cabello renegrido, sus ojos felinos, sus pechos redondos. «¡Te encontré de nuevo, sardina en contracorriente!»  ―me dice la muy atrevida. «¿Cómo hacés para saber siempre dónde estoy?» ―le pregunto. «¿Y adónde podés estar si no es acá, dentro de tu amada ciudad, encaramado como una comadreja sobre una de estas torres que se caen solas?» ―y agrega con ese gesto de tristeza que nosotros nos cuidamos muy bien de no demostrar―: «El día que te atrevas a salir de ella... ese día sí que no te veré más». Tristeza que le pasa rápido porque la luna tiene otras urgencias, urgencias a las cuales me rindo. «Vení para acá» ―me dice la muy descarada, y saca de entre su sayo siempre lo mismo: un fragante y blando pedazo de carne ahumada. Le da un mordiscón, lo mastica, luego chupa el resto, muy lentamente, varias veces, y me lo ofrece. Es entonces que por la luna y la carne olorosa descubro de nuevo su cuerpo de mujer. Ya no empujo, ahora es un balanceo, juntos, blandas olas del mar que se encrespan, vienen y van y al final revientan. Miro la luna pequeña encerrada en sus ojos, e incrédulo busco la otra, la grande que flota. «¿También yo la reflejo?»  ―pregunto. Me besa de nuevo y al oído me revela que no, tonto, porque está detrás tuyo, pero no te detengas. «Y si la atalaya se cae de nuevo, como la última vez, ¿qué hacemos?» ―le digo. «Lo que hicimos aquella noche ―me responde. Llenos de moretones y heridas pensábamos que nos moríamos, sí, pero de tanto reír». Mi dulce Aluna. No sé cuándo habla en serio y cuándo no. Me desconcierta todavía. Además, tiene esa facilidad para reír que yo no tengo.

También creo que es necesario que escriba sobre Alarfa; sobre mi amado caudillo tuerto; también sobre Bruk, ese loco con sus naves que por poco no mandó a los abismos marinos a toda una expedición, y especialmente sobre Alina, y esta última me disturba. Tanto. Alarfa ya no está más. Era la única que hubiera podido decirme la verdad sobre Alina. Aquella murió de vieja, pero riendo, exigiendo que la cremáramos desnuda y con su mano cubriendo su tesoro.  Era tremenda. Se divertía haciéndonos escandalizar. Por supuesto que le dijimos que sí, que cumpliríamos su póstumo deseo para que se fuera en paz, pero después no lo hicimos. ¡Faltaba más!  Hasta último momento nos miraba con su único ojo, y de repente comenzó a decir cosas incomprensibles. Los dioses habían soplado el humo oscuro de la confusión en su cabecita cuando estaba llegando su fin. Nos decía que despertáramos de nuestro torpor, que miráramos más allá de nuestra cómoda niebla, que tuviéramos siempre presente que todo lo existente provenía del tesoro viejo de la amarilla tierra; que teníamos que cuidarlo con mucha mayor atención, y con menos por aquello que nosotros suponíamos ser, que nosotros, los guerreros, dábamos solamente el envión inicial a la vida que dormía en lo femenino, que la tierra, entre tantos otros, era el lugar justo para nacer y morir felices si nos olvidábamos un poco de nosotros. Luego su único ojo soltó una sola lágrima, y cuando ésta se secó comenzó a reír. Lo hizo hasta el final. Pero lo hacía con una sonrisa extraña, mezcla de tristeza y compasión, como si fuéramos sus hijos que se quedaban desamparados. Qué disparates estoy diciendo. Siempre nos hemos arreglado solos, sin la ayuda de nadie. Recuerdo que mi amado tuerto le sostuvo la mano entre las suyas, firme, hasta que dejó de respirar. «Buen viaje, amiga mía, franca y leal espina a mi costado. Ya nos veremos otra vez, de ojo a ojo, y todo será menos ruinoso, menos absurdo y sin segundas intenciones» ―le susurró al oído. ¡Qué noble guerrero era mi más admirado principal! Kam, que también estuvo a su lado y había comenzado a sentir una verdadera admiración por ella, después del funeral me mostró lo que había dibujado sobre una tablilla de barro: era su rostro, idéntico, con sus cabellos como nido de cigüeña, su único ojo y una sonrisa burlona. «Con esta construiré la máscara del escándalo. Era la que me faltaba» ―me confió al oído, muy satisfecho.

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