domingo

                                                           Antropología  Fantástica 40

Escribir sobre Alina es turbante porque mi Aluna, cuando le pregunto por aquella, me dice que por los palos que me dieron aquella vez que me estaquearon yo sencillamente la inventé, en mi cabeza extraviada y dolorida. Yo no le creo. Además, todas sus secuaces la recuerdan, si bien algunas piensan que fue solo un fantasma. Para mí que Aluna lo dice porque las hembras son celosas. Alarfa, si estuviera viva, habría aclarado la situación de una vez por toda. No pueden soportar que otra ocupe la cabeza de sus hombres. «¡Pero si te he visto al lado de ella!» ―le digo.  «No era ella ese día. Era...» ―e inventa siempre nombres distintos para confundirme cada vez que discutimos. He decidido no preguntarle más nada, pero cuando voy al templo en honor de Alina, que sus hermanas ―como se llaman entre si―, construyeron en el punto en que la vi por última vez, a pocos pasos de la puerta que da al mar y a las montañas, Aluna me sigue, de lejos, muy seria, con un ramo de flores. Esto me confirma que no tuve visiones. Y ahí me quedo, dentro de esos muros blancos, preguntándome cuál de esas aves que revolotean dentro de la cúpula será Alina. Sus sacerdotisas atrapan pichones de palomas blancas y los crían dentro. Entran y salen continuamente. Dicen que van a todos los bosques mágicos de la tierra y vuelven sin mostrar cansancio, porque cuando se agotan, se dejan llevar por las nubes blancas que se dirigen a nuestra ciudad, cada vez con hojas de árboles distintos en sus picos. Además, son dóciles. Se dejan atrapar sin oponer resistencia y uno puede acariciarles el cándido plumaje.

Mi amado principal tuerto, después de la muerte de Alarfa, de un día para otro decidió que también él saldría a ver que había más allá de las montañas. Lo haría por segunda vez, talvez con menos entusiasmo que la anterior, y de esta todavía lo estamos esperando. Cedió el mando en paz y se marchó. Hasta ahora nada sabemos de él y su pequeño ejército. No fueron muchos los que lo siguieron: todos aquellos inquietos y curiosos, llenos de fantasías absurdas y siempre dispuestos a irse a las manos por nimiedades. ¿También sus descendientes, un día, como lo hicieron los otros bárbaros que ahora viven no muy lejos de nosotros, volverán con un estandarte hecho jirones? ¿Un estandarte sobre el cual mi corajudo tuerto hizo dibujar ―además de un cuchillo de piedra y dos lanzas cruzadas―, un haz de flechas en el centro? ¿Se presentarán a nuestras puertas con el mismo lenguaje incomprensible, sin siquiera sospechar los orígenes comunes? ¿Y qué harán los hijos de mis nietos? Seguramente guerra. Guerras y masacres por cosas que sobran, o no existen:  la comida, las mujeres, la tierra, el honor, la gloria, el coraje. A menudo pienso que mi Aluna tiene razón. «¿Qué buscamos como desequilibrados si lo tenemos todo acá? Basta ponerse de acuerdo» ―agrega. Para ellas es fácil que no ven más allá del grupo, pero para nosotros, con una vista, un olfato, un oído y una intuición tan desarrollada es difícil. Siempre conocemos la intención de los otros, que inevitablemente jamás son pacíficas. Nuestro comandante Arkaú, por su naturaleza indómita, era el claro ejemplo de estas virtudes guerreras, pero antes de masacrar o ser masacrado, aceptaba negociar, ponerse de acuerdo. Era muy tolerante y astuto a la vez. Todavía no perdemos la esperanza de que un día, luego de la debida alarma, que dicho sea de paso ya no suena casi nunca, lo veamos aparecer a lo lejos con su ojo de menos al frente de su legión de exploradores, más viejo, y seguramente más sabio, lleno de gloria, tesoros y, sobre todo, novedades. Si a alguien le debemos la grandeza y progreso reciente de mi ciudad, es a él. Fue nuestro conductor el que vio las inmensas posibilidades de tener una flota a partir de la obstinación de Bruk, ese camarada hechizado por el mar. Al poco tiempo del sometimiento de aquellos bárbaros, y aprovechando el inevitable período de paz que lo acompañó, nuestro caudillo reunió a toda la plana mayor para comunicarles su decisión de salir en expedición, hacia la tierra sin confines, para saber qué había más allá, cuántos otros bárbaros existían, qué comían, qué bebían y, en caso afirmativo, tomar los recaudos necesarios por si se les ocurría acercarse a nuestra ciudad.  Pero sobre todo buscar esos yacimientos de un mineral que lo intrigó.

(En este punto tengo que hacer una declaración personal que no mancillará el recuerdo que conservo de él. Los inevitables períodos de paz fueron siempre catastróficos, y por este motivo imploraba a los dioses que no llegaran. Inevitablemente las guardias, los plantones, las arengas, los desfiles, el control, los simulacros de batallas, los juramentos en masa, las batidas sin previo aviso, las luchas cuerpo a cuerpo para mantenernos siempre en forma disminuían; en cantidad y calidad, y ese exceso de tiempo sin apremios nuestros jefes lo usaban para inventarse nuevas aventuras, sobre todo expediciones a lo ignoto. La paz no estaba hecha para ellos que no tenían paz interiormente, y no desaprovechaban momentos para no dejarnos en paz. Por supuesto que protestábamos al inicio, porque holgazanear también era de nuestro agrado, pero luego los seguíamos convencidos, hechizados, sin paz, como ellos)

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