martes

                                                               Antropología Fantástica 41

El caudillo de los bárbaros derrotados, Krakaulí, en una de sus tantas ofrendas para reafirmar su más que sospechosa amistad y sometimiento, le había donado un hacha, que, a su vez, perteneció a un enemigo que exterminó en una lucha cuerpo a cuerpo: terrible y mortífera arma, no de piedra, sino de un material que no perdía el filo jamás. Bastaba fregarlo contra una superficie dura y rugosa y quedaba como nueva, no como las nuestras de piedra, que, cuando se astillaban, no había otra solución que tirarlas y perder un día entero para fabricar otras. Nuestro jefe, como siempre práctico y previsor, vio las enormes ventajas que podía sacar si lograba descubrir cómo y dónde procurarse ese mineral prodigioso.  También ubicar las minas de las cuales provenían el dorado y el plateado de todas las joyas que las pocas hembras de Krakaulí ostentaban para envidia de las nuestras.
En aquella reunión con su plana mayor, nuestro superior, después de dejar bien en claro los dos objetivos, agregó que, gracias a la inventiva y visión del futuro de Bruk, esa sería la primera expedición que no se marcharía tras lo desconocido a pie. Sus inmediatos subordinados, al sentir la noticia, se estremecieron por la emoción y lo aclamaron con hurras, ya que dejar para la memoria a venir una primacía de tal importancia era un honor: sus nombres quedarían esculpidos sobre estelas de piedras, para la eternidad. Y súbito desplegó los planos de las modernísimas naves de tronco de Bruk, que ya había finiquitado un prototipo: un espectacular rectángulo de diez por cincuenta pasos, compuesto por rectos troncos, impecablemente unidos uno al lado del otro con robustos nudos. Era una nave muy flexible, pues se adaptaba inmediatamente a los lomos de las olas, siempre y cuando fueran encaradas de costado.  En el esperado día de la demostración práctica, que preveía una prueba de navegación de cinco días, nuestro caudillo volvió a dar muestras de su sagacidad. Temiendo que emisarios de los bárbaros sometidos se mezclaran entre nosotros para copiarnos el invento, ordenó un estricto control y disimulada vigilancia. Tuvimos que presentarnos con nuestro guerrero responsable de pelotón, y mostrar las tablillas donde constaba nombre, número, cuerpo y grupo. También, y muy previsor, consideró que la presencia de las hembras en el evento sería un potencial peligro, ya que es proverbial ese vicio que tienen de desparramar cualquier noticia, banal o importante que fuera, pero buscando la mejor manera de comunicárselas sin herir sus susceptibilidades, se llevó la sorpresa de que ya sabían de las intenciones del viaje (sobre esta fuga de noticias no hay duda de que la responsable fue Alsaína, la hembra que nuestro jefe tuvo que elegir como compañera para respetar aquel pacto con Alarfa), y que no tenían ningún interés de andar a ver esos troncos flotantes, que según ellas no podían ir más allá de un tiro de flecha, y menos con nosotros encima. Aún hoy me pregunto con cuáles filtros o poderes secretos adivinaron el desastroso resultado del primer intento de navegar.  El único asombro lo demostraron por los nudos que Bruk, finalmente, había aprendido a hacer. Debo reconocer que, a partir del momento de la partida, aquel no fue un día memorable. Sentíamos gran admiración y respeto por nuestro jefe. Fue él que encabezó aquella revuelta por la injusta distribución de carne haciéndose portavoz de nuestros reclamos. Era él que visitaba al improviso nuestras tiendas de campaña para saber cómo estábamos, si el rancho era suficiente, si sufríamos el frio o el calor, si nos faltaba algo. Fue él, si bien con la ayuda de las hembras, que nos llevó a la victoria contra aquellos bárbaros encabezados por Kraukalí. Fue él que se presentó al relato sin ánimo de censurar lo narrado, aun al corriente del nombre ridículo que Kam le había dado, transformándose luego en un decidido sostenedor de las artes que comenzaron a nacer alrededor de las obras representadas.  Fue él que nos reveló la secreta fuerza que guardaban los troncos o ramas expuestos a una torsión. En él veíamos a nuestros padres desconocidos cuando nos daba consejos de cómo aferrar la lanza, de cómo esperar el embate, de cómo reaccionar. Por eso nos embarcamos sin objetar sobre aquellas cinco naves cuando lo ordenó: diez guerreros bien pertrechados en cada una, haciendo caso omiso a nuestro innato terror al agua, y sobre todo salada. Con bríos encaramos las primeras olas, y después de superarlas, ya en mar abierto, mirándonos incrédulos entre nosotros por el lugar al cual habíamos logrado llegar, nos convencimos de que nada nos podía detener de ahí en adelante. Comenzamos a remar al ritmo sin sentir la fatiga, dándonos fuerza mutuamente, mirando el horizonte y al compás que marcaba el novel e improvisado timonel, esperando que nuestro comandante nos viese y admirara, pero con el pasar del tiempo comprobamos que no podíamos continuar siempre mojados. Al no tener un parapeto, como el pretil de nuestra muralla, esas naves lisas eran continuamente barridas por las olas.

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