miércoles

                                                              Antropología Fantástica 42

Le hicimos llegar a los gritos nuestras observaciones, ya que él encabezaba la formación en la nave insignia, sabiendo que, inmediatamente, no nos habría prestado atención; todo lo contrario, nos habría acusado de cobardes y haraganes. Conocíamos su vanidad, como así mismo su sensatez, por eso obedecimos sus órdenes de continuar, contra viento y marea, conscientes de que tarde o temprano reflexionaría. Bruk, a su flanco, también comenzaba a abrigar dudas sobre la calidad de su invento, en especial modo por la inexistencia de algo sólido, fijo, al cual aferrarse, objeto faltante que nos obligaba a abrazarnos entre nosotros para mantener el equilibrio dando una pésima, o por lo menos, sospechosa imagen. Y no hubo más remedio que regresar, y de noche para colmo, cuando no se distinguía el cielo del océano, cuando todo parecía lleno y vacío a la vez, sin la luna ni las estrellas, solo un viento quejumbroso, frío, tajante, y continuos bandazos de agua. Jamás vi tal oscuridad, y ya nos veíamos cayendo como piedras hacia los abismos marinos. No alcanzábamos a distinguirnos a pesar de que estábamos a menos de un paso el uno del otro, y solamente el hablar sin cesar nos aseguraba que continuábamos vivos y a bordo de la nave. Ya estábamos por comenzar a gemir por el terror cuando nuestro jefe gritó, desde un punto impreciso dentro del abismo negro, «Allí, mis valientes, allí están las luces de las antorchas de nuestra ciudad». Creo que jamás remamos tan veloces. Como es de imaginar desembarcamos sin que nadie nos recibiera, y cuando estuvimos, felices, en tierra firme, nos sucedió algo muy extraño: después del necesario descanso, todos mudos, reflexionando aún sobre el peligro al que nos habíamos expuesto, inexplicablemente comenzamos a añorar ese mar que estuvo a punto de engullirnos y que apenas habíamos abandonado. Su balanceo, sus espacios inmensos y silenciosos, la falta de confines, su cielo de piedra celeste y circular nos había hechizado haciéndonos sentir los únicos habitantes de este mundo, y como tales, primeros en cumplir cualquier hazaña. Queríamos volver a intentarlo, siempre y cuando Bruk nos ofreciera algo más seguro. Con mis camaradas nos dirigimos resueltamente hacia donde estaba nuestro comandante y su plana mayor, para comunicarle nuestra decisión que lo llenaría de orgullo al enterarse de que queríamos intentarlo otra vez, pero con otro tipo de naves de las cuales, como era lógico, no teníamos la más mínima idea de cómo tendrían que ser. De eso estaban discutiendo nuestros jefes, con Bruk entre ellos. Nuestro principal tuerto había apenas dicho que, para navegar con seguridad, era necesario imitar a la naturaleza, a los animales con sus extrañas estructuras, y en este caso la forma peculiar del caparazón vacío de una tortuga era lo más adecuado. «Dada vuelta posee naturales paredes que contendrían las aguas. Tenemos que realizar algo parecido» ―sentenció. «Tiene razón nuestro jefe» ―afirmó más de uno, pero Bruk, que por lo visto reflexionaba aún sobre esa observación de imitar a los animales, replicó absorto, casi con displicencia, como uno con probada experiencia en tales construcciones estrafalarias, que era imposible, que no iríamos a ningún lado con una nave circular, que remando no haríamos otra cosa que girar y girar sobre nosotros mismos, pero que nuestro comandante, en lo que concernía a imitar la naturaleza, tenía razón. Se había alejado del grupo como si alguien o algo que estaba en lo alto lo atrajera, como si un dios desconocido lo estuviera aspirando desde el fondo de la noche. «Hay que imitar a la naturaleza» ― repetía. Se detuvo, giró sobre sus pasos, y se acercó a la fogata que ardía en medio de la playa, con un rostro que, al principio, logró espantar hasta a nuestro intrépido caudillo: palidísimo, casi transparente, con los ojos inmensamente abiertos. «Comandante ―exclamó cuando volvió a ser nuestro conocido Bruk―, ¿ha visto lo que queda de ese monstruo marino que vino a morir en esta misma playa, pero casi a un día de marcha?» «Claro que sí. Lo hemos visto todos. ¿Y con eso?» ―replicó nuestro jefe. «Pues así tendremos que construir nuestra nave» ―contestó Bruk. La carcajada general no le hizo mella, y menos la observación de uno de los ayudantes de Arkaú. «Guerrero Bruk ―dijo este―, le recuerdo que queremos navegar sobre las aguas, no debajo de ellas». Bruk no le prestó atención y comenzó a dibujar sobre la arena los restos de aquel monstruo, especialmente su larga columna vertebral y sus costillas arqueadas en ambos costados que se apoyaban sobre la arena. «Tenemos que construir con troncos algo parecido a ese esqueleto ―exclamó trazando veloces líneas―, y con madera recubrirla; y después sí, darlo vuelta. Entonces tendremos direccionalidad, con las dos extremidades filosas, para que corten y avancen en las aguas, hacia adelante y hacia atrás, y nosotros adentro, bien protegidos por sus parapetos altos, y hasta con asientos para remar». E hizo otro dibujo de cómo sería la nave terminada. Formando un círculo todas las cabezas de la plana mayor se aproximaron para verla a la luz de las antorchas. «Guerrero Bruk: genial ―exclamó nuestro tuerto corajudo golpeándole un hombro, añadiendo en manera enigmática…: A veces, sólo hay que mirar las cosas desde la parte opuesta para entenderlas. Genial, guerrero, genial. ¡Manos a la obra! ―ordenó».

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