miércoles

                                                             Antropología Fantástica 43

Esa misma noche comenzó un frenético ir y venir, desde la playa hasta la ciudad, y de esta al bosque del cual nos abastecíamos de leña, bastante alejado, por cierto. Nuestro conductor, en el portón de entrada, ordenó al vigía en la atalaya que despertara al comandante interino que nombró antes de partir para que se presentara inmediatamente. El vigía, como era de esperar, sorprendido, ya que no le habían comunicado llegada alguna, y para colmo en medio de la noche, le ordenó que se identificara, listo para hacer sonar el cuerno lúgubre si era necesario, tratando de ver en la oscuridad. Nuestro jefe gruñó, maldijo, pero se hizo acercar una antorcha que iluminó su rostro feroz, y enseguida se sintió una cadena de órdenes que repetían: llamada urgente para el comandante Brakaú en la atalaya uno…, llamada urgente para el comandante Brakaú en la atalaya uno... Éste, por lo visto y como ejemplo de mando, no dormía, o lo hacía muy cerca de la puerta, pues lo vimos aparecer sobre nuestra muralla casi al instante. Al reconocerlo, luego de saludarlo con el debido respeto, le dijo que en esos momentos lo hacía en medio del mar, que era una agradable sorpresa verlo, e inmediatamente le preguntó si tenía que hacer formar la tropa para recibirlo. Nuestro héroe le contestó que se olvidara del protocolo, que ni siquiera entraría; que debía elegir cincuenta bravos además de requisar todas las hachas y cúneos de piedra, y que fueran al bosque de la leña, hacía el cual ya nos dirigíamos, detrás de nuestro conductor, en la más completa oscuridad.

¡Oh, dioses! ¡Qué momentos! Nosotros no teníamos un día que fuera distinto a los demás. Entre formar y vigilar eran todos exactamente iguales, no así las hembras que lo tenían, en honor de Alina, que comenzaron a festejar una vez al mes. Fue tanto el fervor derramado en esas circunstancias que alguien le propuso a Arkaú, que, de ahí en adelante, festejáramos esa noche, en recuerdo de la gesta de “las naves de la noche”. Y así se hizo.

(Aquí tendrá que perdonarme el futuro lector si los datos que trascribiré pueden no corresponder a la realidad. Ahora me doy cuenta de lo terrible que es dejar para la posteridad relatos que, debido a un fervor lindando con la insania, llevan en sí mismo la termita del error, la telaraña del olvido… y la insidia de la parcialidad).

¿Cuántos rectos y altos árboles abatimos? No lo recuerdo, pero suficientes para construir cinco naves panzudas y dejar casi pelado todo ese inmenso bosque.

¿Cuántos días trabajamos como obsesos? Tampoco lo recuerdo, como así mismo cuántos pasaba sin dormir.

El momento de la tremenda cicatriz que llevo en mi pecho, a veces ―y por falsos motivos de decoro, lo reconozco―, lo ubico antes de la construcción, en una fiera batalla indefinida, y no mientras hachábamos los tronco e le introducíamos infinidad de cúneos para procurarnos tablas. Fueron la flexibilidad de una de estas junto al descuido de un camarada los responsables.

Por supuesto recordar qué comíamos también es un misterio. A menudo creo que no lo hacíamos.

Tampoco recuerdo la larga marcha ― ¿tres?, ¿cinco?, ¿diez días y sus noches? ― durante los cuales arrastramos como mulos nuestras creaciones.

Sin embargo, todo lo anterior no tiene importancia cuando rememoro aún hoy, vívidamente, como si todavía estuviera ahí con los pies hundidos en la arena, el momento en el cual, luego de nuestro último empuje haciéndola rodar sobre troncos, la primera nave de la noche hundió su proa en las aguas, con inaudita violencia. Para nuestro terror inmediato parecía que estaba por irse hacia el fondo, cuando de pronto, como si hubiera recapacitado, como si fuera un caballo brioso derribado que se recupera y alza de nuevo su cogote, elásticamente elevó su proa, y entonces, en manera opuesta, nos pareció que se iba hacia los cielos, para luego caer como si el mar la llamara, golpeándolo con furia por tal osadía; y nuevamente trató de volar, esfuerzo imposible pues ya estaba amansada por las aguas, y ahí se quedó, balanceándose dulcemente y haciendo crujir sus maderos. Inmediatamente corrimos como desaforados con el agua más arriba de nuestras cinturas, prontos para ocupar nuestro lugar, pero gracias a nuestra disciplina tuvimos la lucidez de detenernos y esperar primero el abordaje de nuestros jefes.

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