miércoles

                                                           Antropología Fantástica 44

Como es obvio, durante la construcción no permitimos a las hembras que se acercaran a nuestro astillero por motivos de seguridad. Fue una decisión dolorosa ya que fue más de un mes sin ellas. La única consolación la hallábamos pensando que, por fin, además de murallas también éramos capaces de construir estilizadas naves que las llenarían de estupor al verlas. Y fue exactamente lo que sucedió. Nuestro caudillo, excitado por la seguridad que daban las nuevas naves y por el éxito indudable de la campaña que encabezaría, en un acto de magnificencia permitió que estuvieran presentes en la despedida. Sabíamos que jamás habrían reconocido nuestra habilidad para construir esas elegantes naves. Según ellas, nuestros antepasados, no nosotros, como lo recalcaban con manifiesto y deliberado desprecio, fueron los únicos capaces de construir la majestuosa muralla de nuestra ciudad. Mi Aluna, como es obvio, no formaba parte de esa chusma envidiosa que miraba incrédula nuestras creaciones, pero igualmente se unió al coro, que al momento de la despedida nos pedían que volviéramos con cosas útiles: joyas y esclavos. Nos alejamos del puerto asegurándoles que volveríamos con lo pedido, no todos, por supuesto, ya que no pocos preguntaban con malicia cómo era posible que le prometiéramos esos presentes tan valiosos sin tener en cuenta que más de una vez queríamos echarlas a piedrazos de nuestras chozas. Fue una despedida dolorosa porque sabíamos que sería una aventura a lo desconocido, con mares y naves jamás probadas, llena de peligros y de la cual posiblemente más de uno no volvería vivo, y, sin embargo, mientras nosotros hacíamos un esfuerzo inmenso para no demostrar nuestra angustia, ellas parecían muy contentas al vernos alejarnos. Repetían continuamente: vuelvan con cosas útiles, con joyas, con esclavos.  

De la travesía, que duró más de seis meses y paulatinamente se transformó de un optimismo triunfal en los primeros días, a un oscuro presagio mientras procedíamos, diré que no hicimos otra cosa que remar abnegadamente, siempre alentados por nuestro caudillo que nos convencía que el día venidero sería mejor que el que dejábamos a nuestras espaldas, y no era así: eran exactamente iguales, y esto nos desalentaba. Desembarcábamos para abastecernos de agua y comida, descansar lo necesario y luego continuar. Contactos con el enemigo los hubo, por fin, pero visualmente, jamás cercano como para iniciar una tratativa comercial, o un combate para hacernos con esclavos. Esos grupos nómades que aparecían cada tanto, sin una organización social o militar huían despavoridos al vernos. Seguramente pensaban que nosotros éramos los bárbaros. Esto nos llevaba a preguntarnos de dónde habían salido las huestes de Kraukalí tan agresivas. También descubrimos tribus de antropomorfos ―como llamó Aluna a aquella pobre desgraciada que mostrábamos en el medio de la plaza de armas―, que desaparecieron casi al instante al olfatearnos, y que tan bochornoso recuerdo nos causaba. Con el pasar del tiempo comenzó a ser decepcionante. Y lo peor era que los horizontes cambiaban continuamente. ¿Cuán inmensa era esta tierra? Tenía que tener un fin, pero nada hacía prever que lo tuviera.

Lo que sí tendría un fin sería la imagen que teníamos de nuestro jefe. Su figura impávida y seguro de sí mismo, su porte desafiante, su mirada inquisidora, su voz de trueno, de ese día en adelante iniciaron a desvanecer. Todo tuvo origen cuando, sobre una colina, para nuestra sorpresa avistamos restos de una muralla.

¡Oh, dioses! ¿Cómo fue posible que las ruinas materiales de una misteriosa ciudad pudieran llevar a la ruina emocional a un gran conductor como lo era nuestro jefe? ¿Por qué no permitió que sus fieles guerreros lo acompañaran en la primera inspección? ¿Qué nos quería esconder? ¿Qué sospechaba? Ordenó que sólo Bruk lo siguiera, y por medio de este, que nos pidió encarecidamente la mayor reserva, supimos lo que le sucedió en esos dramáticos momentos. No podíamos creer que nuestro principal, dirigiéndose todo el tiempo a nuestro camarada Bruk mientras contemplaba las ruinas, lo hiciera… derramando lágrimas. «Observa, mi fiel Bruk, estos brotes de inofensivas hierbas que crecen entre ladrillo y ladrillo con tenaz determinación. Prisa no tienen porque el tiempo es su aliado, y son tan frágiles y ciegas como crueles a la vez, pero la victoria, si de victoria se trata, al final, será de ellas, sin necesidad de fanfarrias. Observa, mi fiel Bruk, esta muralla cercenada, ofendida por manos de la ignorancia y la barbarie, y tú, como artista, toma nota de lo queda para que ni siquiera el olvido se pierda; observa, amigo mío, lo que habrá sido esta plaza polvorienta, estos jardines secos, estas columnas quebradas, estas calles recubiertas de lajas, fuentes áridas, templos sin dioses, estos restos de estatuas. Aquí hubo una diosa, y ahora es solo un vientre y un par de alas; allí, en esos pedazos un guerrero que jamás se habría rendido, y, sin embargo, ahora… ¡Oh, dioses! ¡Sucederá lo mismo! ¡Sucederá lo mismo!»

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