miércoles

                                                            Antropología Fantástica - Epílogo


Bruk, que al inicio no sabía a quién le sucedería lo mismo, opinaba que fue a partir de ese momento que nuestro caudillo comenzó a manifestar esos repentinos cambios de estado de ánimo y humor. Le ordenó que hiciera copias de todas estas estatuas, y que ya de retorno en nuestra ciudad, tenía que construirlas idénticas. Luego, llamándonos, nos obligó a transportar esos restos de informes piedras hasta la playa, con la intención de cargarlas sobre las naves. Siendo tantas, y pesadas, le hicimos notar que sería imposible navegar por meses junto a ellas. Ahí, para nuestro terror, comprobamos que los dioses de la furia se alternaban en él con los dioses benévolos, porque vociferó, que, si era así, dos contingentes tendrían que quedar a tierra para dar espacio en las naves a sus piedras. Era inconcebible. ¿Cómo podía preferirlas en lugar de nosotros, sus fieles guerreros que lo habrían seguido hasta la muerte? Llegó hasta a amenazarnos con la fusta, prometiendo castigos y si era necesario hasta la muerte. Desconcertados, pero sobre todo aterrorizados por su aspecto, hicimos cuadrado, listos para el combate. Su plana mayor, que sin duda también se encontraba desorientada, trató de hacerle entender que sus órdenes eran, además de crueles, inauditas. Nuestro caudillo los miró desafiante. Ya estaba por saltarles encima, pero se detuvo, vaya a saber por qué, y entonces, para nuestra infinita tristeza lo vimos, luego de dirigir su mirada hacia nosotros ―y por lo visto volver a reconocernos―, arrodillarse sobre la arena, con las manos sobre su cabeza, y… ¡llorando!, nos pidió que lo perdonáramos. ¡Oh, dioses! ¡Qué dolor inundó nuestros pechos! Ahí supimos que nuestro héroe ya no sería jamás el mismo.

Y retornamos lentamente con sus piedras, sin joyas ni esclavos. Cuando nuestras hembras constataron con lo que volvíamos, inmediatamente pensamos que los reproches serían vergonzosos e interminables y ya estábamos listos para defendernos, pero nos equivocamos. Al ver el estado lastimoso de nuestro conductor, dieron, por vez primera, muestras de cordura. Y nada dijeron, pero comenzaron a recetarle infinidad de brebajes curadores, de cánticos propiciatorios y danzas, de posturas corporales, de cremas mágicas para untar su cabeza, de plegarias. Hasta llegaron a insinuar que, con tal de curarlo, nada objetarían si nuestro conductor compartía el lecho con más de una.  Todo inútil. Mientras Bruk y otros les realizaban sus benditas estatuas para embellecer nuestra ciudad, tareas que al verlas momentáneamente lo sacaban de su postración, él, un día sí, y otro no, se trepaba a la muralla, y atisbando el horizonte, hacia la muralla de los bárbaros de Kraukalí, ordenaba que formáramos con equipo de combate, listos para salir a destruirlos, ya que ellos llevarían a la ruina nuestra ciudad. Costaba tanto convencerlo de que no era de nobles guerreros iniciar las hostilidades sin un motivo, que si lo hubiéramos hecho nos transformaríamos en bárbaros como ellos. Él, en sus momentos de lucidez, se daba cuenta de sus cambios de humor. La angustia por el futuro de su amada ciudad lo habría matado, por eso decidió salir en expedición como lo he dicho antes. Y todavía lo estamos esperando.

Con respecto a los bárbaros de Kraukalí que mi noble tuerto perdonó, para que pudieran progresar civilmente, y que cada tanto quería aniquilar en sus momentos de enajenación, tengo que decir que me preocupan. Aprendieron muy rápido a hacer campamentos amurallados. Hasta ahora no ha sucedido nada grave, solo pequeñas peleas por el agua de un riacho, por un pedazo de terreno, por una hembra caprichosa que no sabe con cual guerrero quedarse. Han hecho la muralla mucho más grande que la nuestra, y son tantos. Cada vez más. Y esto es muy peligroso. Una vez al año mandan una embajada, con regalos y votos de no beligerancia, de confianza mutua, pero creo que vienen a nuestra ciudad sólo para espiar. Será guerra más adelante. Estoy seguro. Espero que mis huesos, para esos tiempos ni gris polvo sean. Un olvido frío. Un gran bostezo invisible en medio de la absurdidad de este mundo.

¿Qué más tenía que escribir? ¡Oh, dioses! No me acuerdo. Ahora que mi dulce Aluna duerme satisfecha, otra vez con su panza hinchada, me treparé de nuevo a mi vieja atalaya, a tratar de recordar mirando la luna. Y sé que no podré hacerlo. Ni dormir ni tratar de recordar porque un ejército de bravos fantasmas a paso vivo, de nobles y corajudos guerreros y principales sobre briosos caballos al trote desfilarán delante de mis ojos, velando el Astro de Leche.

                                                                                     

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