lunes

                                               DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 4 

Toby se había echado en los asientos posteriores de su auto, adoptando esa única postura con la cual lo recordaba: en su casa, tendido sobre la alfombra con toda la quijada sobre esa, inmóvil. Ya en marcha modificó la posición del espejo retrovisor para verlo mejor. Esta vez la cabeza la apoyaba sobre la tapicería de los asientos, pero siempre parpadeando de vez en cuando, como si esperara algo inevitable, o conocido, sin ningún tipo de ansiedad que le permitía, aparentemente, dormir a intervalos. Esa posición pasiva del animal que daba lástima, le trajo la imagen de la semi-invalida de la sociedad protectora de animales, y no pudo contener un impulso de risa por lo absurdo de tal asociación de ideas al pensar que una, que apenas podía moverse, se preocupara por animales que, como Toby, no ofrecían ninguna resistencia a su destino, así fuera andar al matadero o acompañar como cómplice a un detective dentro de un auto. Continuarían a morir cientos, miles de esos perros y tantos otros.... Patricia, su hija, sólo había podido salvar a uno... Eustaquio Pérez quería recuperar su monita... Armando De La Fuente, con su paranoia había adivinado la infidelidad de su mujer, amante de carteras de cocodrilos como también de perros, aves exóticas y mulatos... y Margarita (o Nicoleta Acuña), a su vez se sentía humillada por un seco pero apuesto mulato... su mujer creaba vestidos de novia sin tener aparentemente ninguna necesidad de él... su hija confiaba en él... ¡burlándose! Detuvo el auto. Con la frenada Toby alzó el cogote. Se miraron. Por primera vez prestó atención a los ojos de un perro, su cristalino, su pupila, su diafragma, a ese brillar debido a la humidificación continua como en los suyos.   Estaba por decir estúpido, pero se corrigió diciéndole;  ¡Qué animal extraño que sos! 

Para llegar hasta la perrera de Javier tuvo que salir de la ruta principal doblando hacia la derecha, encarar una calle de tierra polvorienta llena de baches y cunetas que sacaron a Toby de su despreocupado abandono. La calle terminaba justo delante del portón de entrada, que estaba abierto, pero continuaba por lo menos cien metros más allá para finalmente detenerse frente a un galpón de chapas onduladas extrañamente alto: se parecía más a un hangar que a un lugar destinado a animales.

Por lo visto las oficinas de la Perrera Amistad, que estaban a su derecha, era ese largo edificio de madera pintado de blanco, elevado del suelo por los menos de medio metro gracias a robustas estacas de madera debajo. La construcción era una sucesión de puertas y ventanas, flanqueadas por una galería, también cubierta por el techo de chapas a dos aguas, en su mayor parte oxidadas. Le pareció absurdo que estuviera elevada, porque esa zona no estaba sujeta a inundaciones, así que supuso que de esa manera los animales encontraban una sombra fresca en los días de verano debajo de esas habitaciones. A su izquierda, y de frente a las oficinas, se extendía un cercado rectangular de alambre tejido, con tantos recintos y correspondientes cuchas en cada uno y que terminaba más allá del “hangar”.  El mulato, que no lo miró desde cuando entró, continuaba a tratar de enseñarle a un cachorro a sentarse. Por lo visto ya lo había conseguido, pero igualmente insistía dándole un bocado que el animal tragaba goloso cada vez que se sentaba. El maestro y alumno estaban rodeados de tantos otros perros, pocos de raza pura, tantos mestizos, y los había aún más que vagaban despreocupados. Viendo entrar a Enrique y Toby los únicos que se dirigieron a su encuentro, ladrando y muy excitados, fueron en su mayoría los de talla pequeña. Los más grandes lo hicieron luego, sin ningún apuro, y como no podía ser de otra manera el objeto de tal excitación no era el extraño que entraba, sino sólo Toby, a quien ladraban sonoramente. Este, mientras tanto, con esa flema aristocrática innata no había cambiado para nada su actitud y continuaba a caminar cansino, sujetado a su correa. Cuando llegaron a pocos metros del maestro y alumno, la jauría vociferante ya se había calmado.

Javier Solano, el mulato, se agachó para observar mejor a Toby, respondiendo al saludo, pero no así a la pregunta de Enrique. Le revisó los dientes, los ojos, las orejas, palpó el vientre y las patas del animal.

―A esta edad ya no pueden aprender nada –respondió finalmente. Lo ha salvado del matadero... ¿No es cierto? ¡Qué crueldad!  

Luego miró con atención a Enrique, y este tuvo la certeza de que Javier había comenzado a dudar de que ese tipo que tenía enfrente con un galgo, de casi un metro ochenta, de vientre voluminoso, ancho de espaldas, de voz ronca, rostro oscuro, manos grandes y bien cuidadas hubiese salvado a ese animal.

―No es mío. Es de mi hija –contestó Enrique.

Javier Solano comenzó a enumerar los otros servicios que prestaba, además del adiestramiento, ya que daba por descontado que Toby, debido a la edad, pudiera aprender algo, pero agregando al final que lo intentaría si se lo dejaba unos días. Luego se quedaron en silencio por unos instantes, durante los cuales Enrique registró todo lo que veía: el galpón hangar, las oficinas, el recinto, la camioneta gris, cuando de repente sintió exclamar a Javier;     ―¡Sentado!  y Toby obedeció. La sorpresa de que el animal obedeciera a Javier lo distrajo por unos segundos, y por ese motivo no alcanzó a ver quién había arrojado, desde la última puerta de las oficinas, un balde de agua sobre la calle de tierra. Dejó transcurrir unos instantes mientras fingía de escuchar a Javier para luego preguntarle si podía pasar al baño.

―Al final de la galería a la derecha –contestó el mulato.

Subió la escalera crujiente que llevaba a la galería y comenzó a caminar en ella. Todas las ventanas estaban abiertas, y en la antepenúltima alcanzó a ver fugazmente el perfil de una mujer con el pelo recogido en una coleta que, sentada, estaba escribiendo en su ordenador. Fue un instante, porque en ese momento ella se giró hacia su derecha para copiar lo que estaba escribiendo sin prestarle la más mínima atención. Él continuó a caminar, y al final de la galería, a través de la puerta desde la cual alguien había arrojado el agua, vio a una señora baja de estatura, regordete, de cabello renegrido, en delantal, que enérgicamente lavaba cacharros, mientras que sobre una hornalla algo parecido a una olla de grandes dimensiones humeaba. Llegado hasta el baño en el se encerró  y estuvo por unos minutos, en pie, apoyado a la pared de madera después de haber revisado el botiquín, en el cual solo había artículos de higiene masculina.

Volvió sobre sus pasos, saludó a la señora regordete que ahora revolvía con un cucharón dentro de esa especie de marmita, y pasando por la ventana que le interesaba comprobó que ya no había nadie. Tampoco en las demás ventanas abiertas vio persona alguna. Descendió nuevamente la escalera tratando de adivinar dónde se podía encontrar la muchacha del ordenador y llegó hasta el mulato, siempre mirando distraído a su alrededor. Sólo le quedaba el galpón, pero decidió encarar otra estrategia. Ya de frente a él, y antes de despedirse, prometió de considerar los consejos de Javier Solano y se comprometió a llamarlo en caso de que su hija estuviese de acuerdo en dejarle el animal. Y se marchó acomodando sus pasos a los de Toby.



Al día siguiente, apostado dentro de su auto a no más de cien metros del cruce de la calle de la perrera y la ruta principal, luego de una hora de espera vio salir la camioneta de la Perrera Amistad. También él se puso en marcha. Luego de algunos minutos de seguimiento consideró que la camioneta gris continuaría en esa dirección por bastante tiempo... lo suficiente para pensar en otra cosa.

...

El día anterior había vuelto a su casa para devolver a Toby, y su ex-mujer, con las manos ocupadas esta vez con telas y alfileres, volvió a abrirle la puerta.

―No lo he cansado... y tiene las patas limpias  –se excusó inmediatamente. Elisa se agachó, feliz de ver de nuevo a su Toby quien respondió al  efusivo recibimiento de su patrona con su habitual desinterés. Aferró la correa y lo arrastró del otro lado del umbral de la puerta, en su terreno, dentro de su casa, y ahí se quedó, inmóvil, observando a su ex marido. Pasaron unos segundos en los cuales Enrique se sentía cada vez más inadecuado porque no encontraba palabras, mientras que la mirada de Elisa, sin cambiar de intensidad, no esperaba otra cosa que él se marchara.

―¿Puedo entrar? Después de todo también es mi casa –se animó a decir.

―También es la mía... ¿Y para qué querés entrar?

La rigidez emocional de Elisa, que se había acentuado después de la separación, en el fondo, lo divertía. Ella desde siempre se había comportado de esa manera; con una intransigencia de vieja abuela, de hermana mayor, de esposa prudente: una especie de conservadurismo femenino que por ser tal, al final  se resolvía siempre a regañadientes con la aceptación de una situación, persona, cosa o idea. Pero últimamente Enrique comprobaba que la actitud hacia él no cambiaba, y esto lo desalentaba porque no quería perderla. Por lo visto la separación la había fortalecida... mucho más  que a él.

―Bueno, entonces si no me ofrecés un café ¿qué te parece si el sábado que viene te invito a cenar?

Toby, después de dar una vuelta sobre sí mismo, se sentó al lado de su patrona, y con su mirada impersonal parecía que apoyaría incondicionalmente lo que estaba por decir su dueña, que fingiendo hastío, aburrimiento y rabia contenida contestó;

―¡Pero vos no querés... o no podés entender que..!  –y a ese “podés” le dio la entonación de un no poder por una tara congénita... y se detuvo ahí porque sabía que Enrique conocía lo que estaba por reprocharle y que a ella le causaba, más que dolor, humillación: la infidelidad de su marido cuatro años atrás.

No podía odiar a esa mujer que había amado desde un primer momento porque era algo casi fisiológico. Cada vez que surgían estas u otras discusiones con buenos motivos para odiarla, como en este caso donde ponía en duda su capacidad de querer o  poder entender, un desánimo lo invadía. Ahora tenía toda la razón del mundo: la había traicionado... pero en cualquier otra situación le sucedía lo mismo, una especie de dependencia de ella lo desarmaba, por eso, al observarlo echado a los pies de su ama, un acceso de furia dirigida a Toby lo embistió, porque le pareció que el animal, con su plácida y estúpida mirada, le decía “ella tiene razón, hermano”.

Desde que comenzó esta tarde,

 la lluvia, no ha hecho otra cosa

que hacer muy bien su trabajo;

humedecer y lavar sin distinciones

y salpicar de costado cuando

no puede hacerlo desde lo alto,



y no trabaja sola hoy la lluvia

pues se trajo a su socio mas descarado;

un viento impetuoso para ayudarla

en las faenas que más la divierten;

 dar vuelta paraguas y alzar las polleras

de las muchachas, que se espantan primero,

luego ríen aguantando en contramano

las ráfagas de viento y el agua,

                                                      tratando de saber si alguien se dió cuenta

de sus piernas desnudas.



Es una gran trabajadora la lluvia;

lavó al cartero y a esos hombres rudos

y en cuero, que arreglaban la calle

y huyeron liberados y a los gritos

con las primeras gotas que cayeron,

primero como clavos, y luego a baldazos.

Hoy tendremos mojadas las cartas  

y los baches rebosantes, pero todo lava

menos a aquellos que viven  secos

protegidos en palacios de cristales y acero.



La lluvia lava a conciencia el trabajo

mejor remunerado que exista;

vivir observando la resignación delicada

de ramas y flores por el peso del agua;

ver a dónde van los pájaros que huyen,

                                                     y mirar la obstinación de los árboles

que le llevan la contra a la gravedad

de la tierra donde hemos nacido.

Hoy sus hojas se me muestran vivaces,

 como alas, que quieren levantar el vuelo

hoy, justo hoy, que llueve, como si hubieran

reventado todas las nubes del cielo.

sábado


Por esta campaña contra el humo

Francisca fuma afuera

con el frío del invierno,

y como todos, cuando fuma

hace otras nubes con el humo;

se va con ellas y regresa

en busca de otra recién hecha

                                                                    que le sea sólo suya,

luego las observa diluirse,

sus volutas y las nubes,

y cuando se percata que la miro

taconeando por el frío,
absorta a dos pasos de la puerta,

me cuenta que es el primer cigarrillo

encendido este lunes,

pues el sábado y el domingo,

entre la ropa, los mocosos, su suegra,

la comida, las compras y el marido

no ha tenido tanto tiempo.

Pobre mina, y encima

con este frío, tiene que irse

a fumar afuera.


                                           DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 3

Jürgen, apenas Nicoleta-Margarita cerró la puerta, entró sin esperar que lo llamaran. Todavía el perfume de ella flotaba en el ambiente y aspirándolo el circense exclamó;

―¡Qué mujer! Sin pelos en la lengua ¡Eh! Me parece que ama sólo los animales exóticos, pero bien muertos... ¿Vio su cartera?  –y se sentó.

El monito con un salto también lo hizo, sobre el escritorio, y comenzó a observar los papeles, los libros, las paredes, el techo...

―¿No es que ensucia?  –preguntó Enrique comprobando que el ano del animal se apoyaba sobre el vidrio del escritorio.

―¡Noo! Lo bañé esta mañana... ¡Un lío! No es que le guste tanto el agua.  Se trepa por todos los lados, pero al final lo logro... Solamente para el baño es indócil...  Es muy inteligente... ¡Hace esas monerías que divierten tanto al público...! Pero últimamente, sin su Yuyu, ya no es el mismo. A veces no quiere hacer nada, está como deprimido... Veamos si logro que haga algo. Yoyo... saluda al señor como un chinito –le ordenó. El monito lo miró, emitió un leve chillido, se puso de pie y flexionando sus rodillitas se inclinó varias veces con las manitas entrecruzadas. La sonrisa de Enrique fue un resoplido debido a tal absurdidad

―No lo veo tan...  deprimido...  ¿En qué puedo servirlo...? Aunque ya me lo imagino –preguntó Enrique Schwartz buscando al mismo tiempo en su chaqueta la tarjeta que le había dado en el ascensor. Señor... Jürgen. Jürgen Schwartz.

Con ese apellido, que también era el suyo, había cuatro personas en todo el país: tres no tenían nada que ver con él y el cuarto era un lejano pariente. Le importaban pocos los parientes, además trataba de verlos lo menos posible, pero sólo por curiosidad le preguntó si tenía alguna relación con aquel último.

―¡No!  Ese no es mi apellido. Me llamo Eustaquio Pérez. Elegí ese porque es... exótico, atrae... Es casi impronunciable –respondió Jürgen transformado en un santiamén en Eustaquio. Y continuó;

―Sí. Es sobre Yuyu... Me la robaron y si no la recupero pienso que Yoyo no será jamás el mismo... Los dos hacen uno de los números con más éxito.

Enrique observó su aspecto. Esos personajes, mitad actores, mitad pordioseros lo abochornaban. Como consideraba la compasión como algo superficial e innecesario, propio de mujeres y curas, todas las actuaciones de ellos le parecían un patético, miserable intento de suplantar las virtudes que no poseían para ser verdaderos actores, con sólo adoptar una apariencia extravagante. Eran casi una absurda copia de la existencia, pues prometían maravillas que al final eran torpes intentos de malabarismos, o burdo ilusionismo, poniendo en acto situaciones ridículas y resolviéndolas con finales resabidos e insulsos, con tantos colores chillones para esconder la falta de ingenio, con tantos ruidos que querían ser música, con tantas luces que en vez de iluminar acongojaban. Una tristeza desoladora.

Miró al monito que aparentemente manipulaba algo invisible o muy pequeño. También este, igual que su dueño, lo observaba con la incertidumbre de alguien que espera algo con ansiedad.

―¿Conoce mis honorarios?  –preguntó mientras le pasaba una hoja en la cual estaban los precios por día, eventuales gastos extras, transporte, comunicaciones y un apartado en donde se establecía un extra del diez por ciento en caso de éxito de la pesquisa. Eustaquio Pérez leyó la información junto a su monito, que también miraba la hoja, y a quien le comentó por lo bajo que eran “algo saladas las tarifas”.

―Además siempre exijo un anticipo –añadió Enrique, esperando que se mandaran a mudar.

―Sí. Nos parece justo. ¿No es cierto Yoyo?  –y observó su monito. Todo sea por tu Yuyu.

Cuando se fueron, Enrique Schwartz observó el recorte de diario que le había dejado como único indicio de quién podría haberle robado su Yuyu. "Tumultuosa manifestación frente al Circo Schwartz por parte de la Sociedad Protectora de Animales",  rezaba el título. En la foto se veía una muchacha apoyada sobre un bastón, sosteniendo una pancarta en la cual se leía "Somos todos animales, pero nosotros somos más animales que ellos".

Eustaquio Pérez le había dejado varios cilindros de monedas envueltas en papel de diario junto a un montón de billetes en concepto de adelanto. Trataba de estirarlos pasándole la mano por encima, mientras llamaba a su amigo, jefe de gráficos en el diario El Día para pedirle el original de la fotografía de esa muchacha semi-inválida.

...

Necesitaba un animal para presentarse en la perrera de Javier Solano. Un perro era lo más fácil, y el de su hija sería perfecto.

Su ex-mujer lo recibió con un sobresalto cuando abrió la puerta. Continuaba a ser hermosa a pesar de que los años habían labrado leves arrugas en la extremidad de los ojos. De todas las imágenes que tenía de ella eligió esa, nueva, única, y se olvidó de las otras.   No lo hizo pasar, aunque la casa continuaba a ser de Enrique y por lo visto, para abrirle la puerta, había interrumpido una conversación telefónica rodeada de bobinas de telas, de vestidos en confección, máquinas de coser, planchas, maniquíes, perchas... en la sala que antaño había sido el común comedor.

Su hija, Patricia, se prestaba como modelo para un vestido de novia, y continuaba embelesada girando y observándose en un espejo gigantesco. La madre la sacó de su encantamiento comunicándole quién había llegado, y así, con el vestido de novia puesto, sujetando pedazos que todavía no habían sido cosidos sobre el, corriendo fue a su encuentro mientras su madre volvía a su labor.

Una vez se había ensuciado toda la cara con el chocolate que estaba bebiendo. ¿Cuántos años tenía en aquel momento? Poco más de uno. Pataleaba en su sillita, golpeaba la mesa con las palmas de sus manos enérgicamente mientras él la observaba.... y de repente esa niña le dirigió una sonrisa con la cual comenzó una camaradería que aún no había terminado y que no terminaría jamás, y ahora se probaba, para otra, un vestido de novia.

―¿Qué tal me queda? –le preguntó excitada sin saludarlo, como si su padre continuara a vivir en esa casa. Es uno de los mejores modelos que ha realizado... ¿Pero ¿qué hacés ahí parado...? ¡Ah! Seguro que no te dejó entrar... Para odiarte tanto seguro que te habrá querido también tanto. ¿O no? ¿Hasta cuándo durará esta payasada entre ustedes?

―Patricia, por favor, terminala... no entendés― –respondió su padre con verdadero fastidio.

―¡Sí que entiendo! Vos sos un egoísta insensible y ella es una testaruda sin remedio –respondió su hija con verdadera decisión.

Esa mocosa, o mejor dicho esa adolescente, verdaderamente no entendía nada... Pero ¡tenía un poder de síntesis!

―Necesito a Toby por unas horas –cortó tajante Enrique.

Patricia, luego de continuar a mirarlo fijo por unos instantes, sabiendo que sus palabras todavía se estaban decantando dentro de su padre, gritó sin darse vuelta.

―¡Elisa...! Tu ex necesita llevarse a Toby por unas horas ¿Qué hacemos? ¿Se lo prestamos? Mientras lo miraba estaba por estallar de risa.

―¡Pero que lo devuelva limpio! –contestó su madre de espaldas, continuando a controlar un pedazo de tela, con movimientos casi violentos, visiblemente molesta. ¡Que no me toque lavarlo a mí!  ¡Y que no lo haga cansar!



Toby era un galgo español que después de haber participado en innumerables carreras de esa raza, llegado a los tres años y agotado su rendimiento, había sido descartado; de consecuencia su destino era ser sacrificado. Patricia se había enterado de la suerte que les esperaban a esos animales, que años tras años eran suprimidos como en una cadena de montaje, pero al revés, logrando salvar entre tantos condenados a Toby. Elisa, su madre, se había siempre opuesto a tener un perro en su casa, pero conociendo la historia de Toby se había apiadado del animal y desde cuando llegó, abandonando su anterior y rígida oposición sin dar explicaciones, ese perro fue objeto de una atención especial de parte de madre e hija. Pero para Enrique aquel perro era el perro más taciturno, impasible, estático, mudo y apático que había visto jamás.  Por todo eso, para convencerse de que después de todo era un perro normal, cada vez que a la madrugada, con frio o calor, salía a correr sus cinco kilómetros, se lo llevaba consigo a través del parque cuando aún él y su esposa vivían juntos.

Una característica de los perros de esta raza es que se recuperan en poco tiempo luego de un esfuerzo, y trotear al lado de Enrique no era paragonable en nada a las carreras en los canódromos en las cuales, según los comentarios de su ex-dueño, alcanzaba casi los sesenta kilómetros por hora; por este motivo, cuando volvían, Toby demostraba la misma placidez, indiferencia y lentitud con la cual había salido, pero inevitablemente con las patas embarradas mientras Enrique jadeaba. Esto bastaba para que Elisa, luego de reprochar a su marido, lo bañara inmediatamente con champú, agua tibia y al final, con una sucesión de consideraciones lastimosas sobre su fragilidad debido a su ¡delgadez! y a su pelo corto, cuidadosamente lo secaba con toalla, bien ventilado con un secador, rito al cual Toby se sometía sin demostrar ningún tipo de emoción, rígido como una estatua.

viernes

                                         DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 2

Mientras tanto Margarita, desde el ascensor, habiendo visto la escena, bloqueó la puerta adivinando que el personaje estrambótico también lo usaría.

Ya dentro los tres, volvió a bloquear la puerta porque distinguió a nuestro detective, que después de abrirse paso a través de los niños, ya estaba en el corredor y se dirigía al ascensor que lo esperaba. Agradeció por la cortesía de la espera sin mirar a ambos, pero de reojo vio que ella observaba alternadamente y con disgusto, tanto al animal como a su dueño: el personaje extravagante vestido de rojo que parecía orgulloso de sí mismo.

La puerta del ascensor se cerró y con toda seguridad, debido a la sacudida del arranque, el animal, con un corto y agudo chillido se trepó de un salto al hombro de su amo, asustando a Margarita que con visible indignación le preguntó;

—¿No piensa que es una crueldad esclavizar así a ese pobre animal?

El circense no abandonó su porte risueño, todo lo contrario, además sacó pecho, y a nuestro investigador le pareció que el interpelado había sido el monito, ya que además de no saber reír, por consiguiente, muy serio como la pregunta, luego de mirarla se rascó la cabeza buscando una respuesta en el piso del ascensor, en sus paredes y en el techo. Pero respondió su dueño con una humana sonrisa.

―¡Ah...!  Supongo señora que también usted comparte las ideas de esos ingenuos idealistas protectores de animales...  Estoy seguro de que han sido ellos los que me secuestraron a Yuyu, la compañera de este que ve, Yoyo –y lo señaló con un movimiento de su cabeza.

― ¡Seguramente estará mucho mejor en manos de personas que aman a los animales, que no los explotan por intereses económicos, que no le ponen collares de hierro...! ¿No ve que son indefensos? El cautiverio no es la condición natural―   –respondió con desprecio Margarita.

―Señora, yo también amo a los animales, tal vez más que nadie, y no tengo duda de que he salvado de una muerte segura a todos los animales que trabajan conmigo...  ¡porque tienen que trabajar!, como todos. Se ganan el pan cotidiano, mejor dicho: tienen que ganarse el pan cotidiano. Cada vez hay menos selvas, o sea menos lugares adaptos para su subsistencia ya que necesitamos esos espacios y la madera de sus árboles, cada vez hay más cazadores furtivos que satisfacen la moda de poseer animales exóticos... o sus pellejos... Sí señora: este bicho tendría que agradecerme.

Dicho esto, el circense sacó de su chaqueta dos tarjetas. Una se la ofreció a nuestro detective que la aceptó curioso, pero Margarita, con un gesto de disgusto y dándose vuelta hacia la puerta, le respondió;

―¡Pero por favor! Sería lo último que haría: ir a ver animales envilecidos.

―Le agradezco su sinceridad señora –respondió el circense guardando la tarjeta rechazada, pero le hago presente que las dietas de mis animales cuestan el triple que la mía.

En el ánimo de nuestro investigador la tensión que sentía por el cauce que había tomado la pesquisa, desapareció por un instante, dándole esa satisfacción que experimentaba cuando asistía a pareceres inconciliables, la fuente inagotable de su trabajo. “Sólo me faltaría chupar un helado mientras estos dos discuten”, se dijo... pero sintió una repentina curiosidad cuando leyó la tarjeta de presentación del circense:

En el ínterin el ascensor había llegado al quinto piso y esperó, como última posibilidad, que se dirigieran a otro piso, por lo menos la mujer. Pero no; descendieron los tres, mejor dicho, los cuatro.

Ella, resueltamente, se dirigió a través del corredor.

Jürgen, luego de hacer descender de su hombro al animal, la siguió, y nuestro investigador, después de un momento de indecisión, en el cual consideró resignado que era imposible que  se dirigieran a las otras tres oficinas que ocupaban el piso:  un importador-exportador de bebidas, un depósito de legajos abandonados del Ministerio de la Justicia y una sede de la Quinta Circunscripción del Partido Comunista (casi siempre cerrada), ya que, ¿qué podrían necesitar de esas oficinas una coqueta y viciada esposa y un circense muerto de hambre y estrafalario con su mono? Efectivamente no iban a aquellas. Margarita golpeó con los nudillos el vidrio opaco de su oficina con su nombre y apellido: Enrique Schwartz.

Jürgen Schwartz y su mascota se habían detenido unos pasos más atrás.

―Parece que nos hemos puesto de acuerdo para llegar al mismo    tiempo –murmuró nuestro investigador, Enrique Schwartz, mientras abría la puerta.

Margarita se había sacado las gafas oscuras y lo miró como asombrada, con insistencia. La expresión de sus ojos   –ahora veía que eran verdes– era la misma de la fotografía: una alegría curiosa, pera esta vez intrigada.

Al contrario de Armando De La Fuente, su marido, Margarita fue directamente al grano y le alar una tarjeta en la cual se leía ¡Nicoleta Acuña!, Veterinaria. Nuestro investigador tuvo un pequeño momento de incertidumbre porque nada coincidía: la perseguida se convertía de alguna manera en perseguidora; no se llamaba como creía, y hasta consideró que no fuesen marido y mujer. Mientras ella inspeccionaba la oficina, deteniéndose especialmente en los diplomas obtenidos durante la permanencia de Enrique en la policía, le reveló que su dirección y confiabilidad se la dio una íntima amiga que había contratado tiempo atrás sus servicios (Le repitió el nombre que Enrique recordó inmediatamente), y que no lo había llamado antes por teléfono para concertar una cita porque estaba pasando por “una situación algo delicada, en la cual era aconsejable mantener la mayor reserva”.

Enrique Schwartz, como buen ex-policía y apasionado investigador, experimentaba las incertidumbres que su oficio le deparaba como retos a su sagacidad, una incitación a su curiosidad, un estímulo para poner en práctica su despreocupación y desprecio por el peligro, pero esta situación, tan ambigua como extraña, comenzó a hacerlo sentir frágil, expuesto a insidias que no había considerado. Tener en su oficina a una frívola e hipócrita mujer de la cual no sabía cuál era el nombre verdadero y junto a esta un extravagante circense vestido de rojo con un mono era casi humillante.

No habían pasado dos días desde su entrevista con el marido que lo contrató para que la siguiese, y ahora tenía frente a frente a la posible esposa infiel, con otro nombre, dispuesta por lo visto a contratar sus servicios. Se esforzó para calmarse logrando esconder su inquietud y esperó.

A todo esto, Nicoleta-Margarita había sacado una fotografía de su cartera; la observó por unos instantes durante los cuales sus ojos, siempre felices, se transformaron en dos ojos verdes resignados... casi aburridos. Luego se la pasó y le pidió “toda, pero toda la información posible” del retratado. Enrique, ya más relajado, casi riendo interiormente, creyó adivinar de quién se trataba, e imaginó todas las ventajas que obtendría simplemente por no hacer nada, ya que marido y mujer se sospechaban mutuamente, pero se equivocó: no era Armando De La Fuente el que estaba en la foto, sino un apuesto... mulato de extraños ojos claros, de tupida cabellera, físico lampiño y atlético, con coloridos pantalones cortos y en chancletas.

Primero trató de esconder su sorpresa, y luego su satisfacción porque, sea como sea, ahorraría tiempo y dinero al no seguirla ya que tenía casi toda la información de la infidelidad de Nicoleta-Margarita en esa foto.

Comenzó a hacerle preguntas generales, pero antes que nada establecer sus honorarios porque había decidido también de llevar a cabo su encargo, sabiendo que su marido, llegado el momento de ajustar las cuentas con su infiel esposa, no revelaría jamás el nombre de quien le había proporcionado los datos ya que estaba bien estipulado en el contrato.

El atrayente mulato, Javier Solano, vivía en las afueras de la ciudad, en una perrera, o   algo   por el estilo, “un terreno donde hay más animales que gente” –precisó Nicoleta-Margarita agregando;

―Este es mi número de teléfono privado –y mientras cerraba su nueva cartera, sin mirarlo y como si hablara consigo misma añadió. Si no respondo no se preocupe. Lo llamaré yo.




miércoles

Con respecto al artículo "Las madres que nos parieron", de El País, del 20 06 2017


¿Por qué será que hoy

me acuerdo de mi abuela?,

india pía y silenciosa

que paría hijos en pie

haciendo fuerza de una soga

anudada a las vigas de los techos,

como si sonara las campanas,

para luego en palangana,

agua pura, cristalina y tibia...

dos tijeretazos, el fajado,

una sonrisa resignada

y al trabajo.

Chile, Chile, Chile

¿Por qué será que hoy me acuerdo

de la geografía

de la mitad de mi persona?


martes


                                                                       A la mañana

ella baja las escaleras,

y después del último escalón

se apoyará sobre esta tierra,



                                                                y no sé si las columnas

de este templo diurno

podrán sostener y explicar

aunque sea con un oráculo,

de lo que siento al verla.



Es la patología de lo esencial

que perdurará mientras la vea.








                                           DETECTIVES, INFIDELIDADES Y MASCOTAS 

La fotografía daba vueltas en su mano mientras esperaba que saliera. Hacía más de una hora que había entrado en ese negocio de zapatos y carteras y por lo visto, de acuerdo a sus gestos que podía ver a través de la vidriera, sus desplazamientos indecisos y los diálogos que se imaginaba tendría para rato.  

La mujer en la fotografía en blanco y negro que sonreía al lado de su marido era una de las tantas mujeres que esposos desconfiados le encomendaban investigar. Volvió a mirarla comprobando una vez más que la infidelidad, si tenía algo en común en todos los casos que recordaba, era que todas ellas no eran de una belleza extraordinaria como en las películas. Y esta nueva clienta tampoco escapaba de su clasificación, producto de años de experiencia como investigador privado; pero era hermosa a su manera.

Su cráneo era más bien redondo, como si algunos de sus lejanos antepasados hubiera sido un habitante de las estepas mongolas. Su peinado era el resultado de haber tirado con energía hacia atrás sus cabellos negros y brillantes. Sus pómulos eran notorios, de una piel pálida, casi blanca. Sus ojos de un color oscuro tendían a ser estrechos y alargados, y con una boca más bien ancha, de labios finos.  Por todos esos aspectos casi rústicos, fuera del prototipo de las bellezas claras, de rostros ovalados y marcadamente simétricos, es que tenía ese aspecto, según él, de mujer desconfiada y enérgica, segura de sí, mientras miraba ansiosa al objetivo, como si supiera de su unicidad estética y racial.

La dio vuelta otra vez para controlar la fecha en el dorso que, con la facilidad que tienen los ex policías, ya había memorizado: desde entonces habían pasado... cinco años... tres meses y.… dos días. Era uno de los pocos casos de matrimonio con el menor tiempo transcurrido desde el inicio de la convivencia hasta la sufrida denuncia del marido.

Por lo visto esa pareja, al inicio, además de ser felices sentados sobre un sillón rodeados de dos perros, un gato y un papagayo, mostraba a la cámara una peculiaridad en el trato, una manera de estar juntos que tal vez se había trasladado a la vida cotidiana: ella con su mano derecha apoyada en el hombro derecho de su marido, como queriéndolo atraer hacía su cuerpo, mientras que con la izquierda señalaba y miraba el objetivo de la máquina fotográfica. Él, que riendo trataba de oponerse, como pidiéndole que no lo sometiera a algo que lo divertía, pero a lo cual no quería dar su consentimiento, mientras que el gato, acurrucado encima del respaldo, controlaba a los pekineses que querían alcanzarlo. Después, el tiempo, había hecho el resto: de la felicidad a la sospecha. Pero era extraño el lenguaje de la foto, porque mirando al marido en esa actitud que se podría definir de sometimiento, era imposible no compararlo con la actitud que había demostrado en la primera reunión: un tipo poco paciente, imperioso, casi mal educado.

Cuando éste lo llamó y le pidió que fuese a su empresa, en la entrevista hizo lo que siempre hacía en estos casos. Después de presentarse lo dejó hablar, sin interrumpirlo, a no ser que para pedir aclaraciones. Fue entonces que le entregó esa fotografía. Nuestro detective la observó por un instante, y le preguntó si no tenía otra en donde, si era posible, estuviera ella sola y de busto entero, ya que, finalizada la pesquisa, andaban a parar en un archivo donde sólo había ese tipo de fotos.  Era un detective metódico, y gatos, perros y loros no quedaban bien en su galería de casos terminados.

El marido, con evidente irritación, luego de escuchar el pedido de una nueva foto, le respondió que sí, que tenía, ¡y tantas!, pero no daban toda la información sobre ella. En esta foto (recordó el índice extendido y rígido junto al énfasis del pronombre pronunciado después de entregársela), se pueden ver sus rasgos sin ninguna dificultad, pero además da información precisa sobre toda su... personalidad.

Y no insistió, porque primero constató que no cedería en su obstinación, ya que lo miraba desafiante, y segundo, que esa personalidad, (que a él no le interesaba, y además no entendía cómo la personalidad de una mujer podía verse en la imagen bidimensional de una foto) no disminuía para nada la calidad gráfica de los rasgos de esa mujer. Después de todo era una foto muy nítida. Bastaba solo ampliarla si era necesario y evitar entredichos.  Y continuó a escuchar a Armando De La Fuente, el marido presuntamente traicionado, que imprevistamente comenzó a ilustrarlo de cómo, tantos años atrás su abuelo paterno había empezado, con tanto sacrificio a poner en pie “mi” empresa (Tenía una muy personal concepción del tiempo y de la propiedad, ya que la daba por suya antes de nacer). Cuántos obstáculos tuvo que afrontar, cuántas noches insomnes, cuántas insidias, cuanta envidia e incomprensión etc. etc. y veladamente, entre una consideración y la otra, como cosa circunstancial y casi marginal había dejado entrever la infidelidad de su Margarita.

―¿Tiene alguna pista concreta? –preguntó el detective.

El marido tuvo un sobresalto que arrojó su cuerpo hacia el respaldo de su sillón, y en su mirada, además de la sospecha de que no era el investigador adapto, tomó forma la idea de un obstáculo que no había tenido en cuenta... porque simplemente para él no existía: su mujer lo traicionaba.

―¡Para eso lo he contratado..! ¡Para que las encuentre!― –contestó perentorio.

Se notaba que tal infidelidad lo hundía en una situación bochornosa que no había calculado, y que encima lo había llevado a la humillación de tener que dirigirse a un investigador, a quien, aunque ínfimos, tendría que proporcionarle datos. Toda su vida había sido una cuidadosa selección de momentos y personas para continuar en las hormas de su abuelo, y ahí estaba el resultado: una empresa pujante, eficiente y moderna... pero por lo visto su Margarita no entraba en esa cuidadosa selección. Con su posible infidelidad trastornaba su ánimo, especialmente su mirada. La sospecha, más que los celos, había comenzado a roer su realidad que no podía ser que indestructible.

―Sólo quiero pruebas como pueden ser fotos... grabaciones... diálogos. Usted me entiende –agregó mientras lo miraba y se levantaba poniendo fin a la entrevista.  

“Esta vida es una inagotable fuente creadora de posibilidades –se dijo mientras continuaba a juguetear con la foto. Cualquier manifestación del ánimo del hombre no hace otra cosa que crear un mercado.  Los criminales son abastecidos por un interminable y rentable mercado de armas, (¿o habrá sido al revés?).  ¿Y el erotismo? Ni hablar. El narcisismo, la piedad, la compasión... Todos tienen un mercado, y en mi caso específico la infidelidad:  los cuernos”. Y no pudo no repasar, aunque por un instante todo lo sucedido con su esposa.

Unos golpecitos en la ventanilla opuesta lo sobresaltaron.

Era un vagabundo, con la piel de la cara áspera, porosa y oscura, tal vez por la suciedad de meses sin lavarse, o por vivir continuamente al aire libre, o sencillamente por las dos. Extendía la palma de la mano pidiendo una limosna del otro lado del vidrio. No tuvo el tiempo de hacerle señas de que se marchase, porque de repente el pedigüeño se enderezó y se tocó los genitales, mientras que con la otra mano se persignaba. El motivo de tal gesto era que por la calle comenzaba lentamente a pasar un cortejo fúnebre. “También los muertos crean mercado” –añadió mientras observaba la fila de autos negros. “¿Y los vagabundos?”   Éste ya se alejaba con pequeños pasos, casi saltando, soportando una espalda curva dentro de raídos vestidos. Trataba de saber qué tipo de mercado podrían crear estos cuando Margarita salió del negocio con su nueva cartera de cocodrilo. Se detuvo para observarse en el reflejo confuso de la vidriera y comenzó a caminar. Su marido, en la entrevista, también le había dicho que su Margarita amaba todo tipo de animales vivos, siempre y cuando fuesen de raza y con colores exóticos, y a los muertos, por su utilidad, aquellos feroces y repugnantes, como el cocodrilo y la boa, que según ella no había tantos en comercio. Del cuero de vaca no quería ni sentir hablar. Nuestro investigador, luego de descender y cerrar su auto, se puso en marcha, a una cierta distancia, sin apuro. Ella, que no había dejado de detenerse en cada vidriera de prendas femeninas, en un cierto momento consultó su reloj, y de ahí en adelante no se detuvo. Fueron más de veinte minutos a paso veloz en una dirección que comenzó a serle familiar a nuestro investigador, pues llevaba directamente a su barrio: a la calle en donde estaba su oficina. A medida que se acercaban a esta última crecía en él la sospecha, infundada, por cierto, de que ella se dirigiera hacia su despacho. Alarmado se preguntó cómo podía ser, pero se impuso tranquilizarse ya que era una idea descabellada pensar que lo hubiera descubierto. Era el primer día de vigilancia y estaba seguro de que no se había dado cuenta de su presencia. ¡Pero sus pasos iban derechito a su estudio!  Dobló la esquina, miró la numeración y se dio cuenta de que los impares estaban en la vereda opuesta. Antes de cruzar controló el tráfico en ambos sentidos, y cuando lo hizo en la dirección en donde estaba nuestro detective, este no tuvo más remedio que fingir que también él miraba una vidriera. Margarita cruzó la calle con su vestido rosado, su nueva cartera y sus gafas negras. Caminó mirando la numeración, se detuvo delante del doscientos treinta y siete, que también era la del detective, miró los nombres de los residentes y luego entró. Esto lo alarmó aún más, pero en ningún momento contempló la posibilidad de no subir a sus oficinas: todo lo contrario; la curiosidad comenzó a excitarlo porque sabía que no había cometido ningún error.
Detrás de ella también estaba por introducirse un extravagante personaje vestido con un frac rojo, una galera del mismo color y un monito que caminaba a su lado, sujetado con un collar metálico y una cadena, pero antes de entrar se dio vuelta, porque lo seguían varias madres con sus niños que excitados señalaban el animal al cual no se atrevían a acercarse. Se sacó la galera, distribuyó tarjetas de presentación y saludó ceremoniosamente, obligando a su mascota a hacer lo mismo.

jueves


                                                                  EL PEZ Y SU MONEDA 

Se había deslizado sin problemas por el canal que desde su amarradero lo llevaba a mar abierto. Los atiborrados y altos juncos junto a las espesas plantas acuáticas le dieron esa sensación de que estaba saliendo otra vez, confiado y sin prisa, a través de una galería de murallas verdes hacia el centro de una arena de combate; como un antiguo gladiador, en donde con un único espectador –su perro “Proletario” ―, encararía nuevamente una posible lucha de paciencia y destreza.

Proletario aún no se había acostumbrado a tan poco y tambaleante espacio que era su vieja lancha de madera con motor, un toldo remendado y barra de timón. Sobre ella andaba inquieto, de una borda a la otra, mirando el agua con curiosidad de perro y cola continuamente en movimiento. Observando su rostro contento a la vez que ansioso, se podría decir que daba su aprobación a tan extraño sustento por donde caminaba.

Pero la serenidad suya y la inquietud de Proletario estaban por terminar con el imprevisto sonido de la sirena de un yate inmenso, de proa lanzada. Había entrado en el canal y procedía hacia ellos con velocidad no aconsejada en tales pasajes. Maldiciendo se puso en pie inmediatamente, aferró aún más fuerte la barra y abriendo las piernas para obtener mayor apoyo, aconsejó a su perro de hacer los mismo con sus cuatro patas.

Proletario, sin prestar atención a su recomendación, comenzó a ladrar al yate apenas lo vio, pero sin ninguna agresividad; quizás resignado debido a su nombre de perro, o tal vez lo saludaba porque era el perro más estúpido que jamás había tenido, pero él largó unas cuantas imprecaciones.

Mientras trataba de virar lo más rápido posible para encarar la onda de proa, alcanzó a ver en la cubierta de la lujosa embarcación a uno de los tripulantes, seguramente el dueño. Los miró como objeto relativo para establecer la velocidad de su yate, o sea sin ver que eran un pescador y su perro, a la vez que gritaba;

«¡No amorcito mío, nooo, disminuye la velocidad...! vas demasiado rápido».

La ola hizo cabecear con violencia la proa que se desplomó en el agua y luego la popa. Proletario perdió el equilibrio, y como avergonzado escondió su cola entre las patas.

Una buena cantidad de agua todavía dulce los mojó a los dos.

Continuó a imprecar hasta cuando se encontró en la desembocadura del canal en la cual su placidez daba paso a las primeras olas del mar. El olor salobre, la inmensidad del mar y del cielo le hicieron olvidar el yate.

Mientras corría el toldo para procurar un poco de sombra para ambos, notó que más allá del vuelo de unas gaviotas se materializaba la estela gaseosa de un invisible avión... luego solo nubes y cielo celeste. Continuó a sentir graznidos de gaviotas cercanas que no lograba ver; el chasquear del agua contra la borda junto al pof pof de su viejo motor, y el respirar agitado de Proletario que se había echado bajo la sombra.

Comenzó a silbar, como siempre lo hacía cuando estaba en mar abierto, esas cuatro notas que se conocen instintivamente como el llamado de alguien a un otro en un lugar desconocido, Do Do Sol Re.… pero por supuesto no llamaba a nadie: sólo lo hacía para confirmar que estaba ahí, feliz. Mientras silbaba miraba a su alrededor y divisó la silueta gris de la nave de aquellos locos que habían llegado a Santa Lucía, su pueblo costero, convencidos de que, en sus costas, que en la antigüedad era paso obligado de galeones para la Europa, tendría que haber uno, por lo menos uno, naufragado y cargado con oro. Pero desde hacía años –y con otros tantos locos como esos―, que ninguno había encontrado absolutamente nada. Dejó de silbar y sonrió indulgente porque por lo menos sacaban de su sopor a Santa Lucía con las expectativas que despertaba, especialmente en Jorge, su joven amigo que creyó divisarlo en uno de los tantos botes, que como pececitos hambrientos rodeaban la nave para ver los preparativos y las zambullidas de los hombres ranas, que luego de cada inmersión y regreso jamás traían buenas noticias.  Era una fiesta para Jorge y sus amigos, y supuso una especie de funeral para los otros.

Por todo esto, por la algarabía que causaban en el pueblo y por haberse demostrado buenos clientes para el huerto y la cocina de su mujer, Margarita, murmuró una plegaria de agradecimiento a Dios y en otra, no muy convencido –ya que pudo imaginarse el desbarajuste que habría causado el hallazgo―, le rogó que por lo menos les hiciera descubrir, no un tesoro completo, sino algún pedazo de mástil, si aún subsistía, o viejos y oxidados pedazos de hierro de la nave, un cañón inservible o  armas inútiles, pero nada más. Y que se marcharan de una vez.

Con Margarita, antes de salir había tenido la enésima escena de preguntas cargadas de reproches por parte de ella y de respuestas no muy convincentes por parte de él.

«¿Adónde vas?»

«Por ahí.»

«Espero que traigas algo... o carne de pescado o de cerdo.»

Esto último lo indignaba, porque era una doble crueldad por parte de ella, ya que sabía bien que jamás tenía suficiente dinero para el carnicero, y una crítica velada a su condición de pescador desafortunado, pero cuando estaba lejos de ella era cuando más feliz se sentía de haber vivido tanto tiempo junto a esa mujer, a la cual, en más de una ocasión, y en esos momentos de incomprensible exaltación, arrodillándose le preguntaba si se casaría de nuevo con él.  Ella reía y le contestaba siempre lo mismo;

«Ni loca, porque serás siempre un pescador... seco y soñador.»

Con esas palabras, después de tirar los hilos, se adormeció, feliz y tranquilo como el vuelo de esa gaviota que alcanzó a ver.

Lo despertó Proletario, no porque entendía algo de pesca, simplemente porque era un perro que se había acostumbrado al silencio y la inmovilidad de las cosas dentro de la lancha, especialmente la de su patrón. Por eso, al ver y sentir que uno de los hilos producía esos golpes en la madera debido a los tirones, y que no habrían bastado para despertar a su dueño, decidió hacerlo él.

«¡Bien Prole... bien!» –gritó cuando se hubo despertado al instante.

Con sus manos bronceadas y callosas comenzó a frenar el sedal. Por los tirones que daba pensó que era un descomunal chorlito.

«¡Vení!, ¡vení! ¿Adónde querés ir...? Pero vení, no seas testarudo» –continuaba a decir mientras el animal se debatía haciendo trechos veloces desde un lado para cambiar improvisamente hacia el otro.

«¡Ah, Prole..! Es inmenso» –volvió a gritar excitado mientras el perro miraba ansioso el lugar en el cual el hilo, cortando el agua, levantaba pequeñas y veloces láminas informes de agua. Bien aferrado el sedal lo dejó que nadara en esas condiciones por un buen rato, luego, viendo que la velocidad había disminuido comenzó a traerlo hacia él, pero el pez aún oponía una tenaz resistencia, si bien con contra golpes espaciados. Cuando lo tuvo a tiro, y con la mano izquierda doliente por la tensión del hilo que se la envolvía, con la derecha logró atraparlo con el medio mundo... y en ese momento vio que todo el esfuerzo no había servido para nada. Era un “Busca Busca”, como él llamaba a esa especie de tiburón pequeño, medio metro más o menos de largo, porque se comía todo; desde peces hasta piedras, metales o plásticos, con la cabeza a forma de martillo y con dos ojos en sus extremidades, a ciento ochenta grados.

Proletario ladraba de contento tratando de morderlo.

«No, estúpido, no... ¿Para qué ladrás…? No sirve para nada este bicho... es casi incomible»

Se sentó porque se había agotado con el esfuerzo y pensó en su mujer. Al mirar nuevamente la víctima creyó que un ojo negro y brillante se había movido siguiendo su movimiento... pero era solo un pez que boqueaba agonizando.

«Pobre bicho ―se dijo―. Qué culpa tiene si no sirve para nada», entonces, clavándole el cuchillo a la altura de las branquias, lo abrió de la cabeza hasta la cola para sacarles las tripas que le servirían por lo menos como carnada. Mientras le sacaba los intestinos “Proletario” olía la sangre, pero bufando rechazaba el sabor.

«Bien que cocinados te gustan desgraciado... perro tonto, y si no le saco las espinas te lo comerías todo» lo amonestó, pero de repente notó una dureza y forma muy conocida por sus dedos. Hizo presión con los mismos empujando el objeto a través de la tripa. Cuando estuvo en su mano, sucia de sangre, de algas trituradas junto a granos de arena supo ya que era una moneda, algo más grande de las que conocía. La fregó y la lavó. El oro librado de su costra brillaba ante sus ojos. En un anverso un escudo desconocido, en el reverso el perfil de un hombre de nariz grande y letras que el tiempo no había podido cancelar y para él desconocidas; Carlo, equis, eles, ce.

Se irguió y buscó con la vista la nave de los locos. Los botes de sus jóvenes amigos ya no lo rodeaban. Probablemente se habían cansado de esperar una novedad. En tanto acariciaba su moneda comenzó a rogar que esa nave y sus tripulantes, decepcionados, levase anclas y se mandara a mudar. Luego pensó en su mujer. Ya no podría rechazar su oferta de segundo matrimonio. Miraba su doblón, el agua, su perro, la costa, el motor de su vieja lancha como si alguien lo estuviese obligando a elegir, pero de repente todas las otras cuerdas comenzaron a tironear. Metió su tesoro en el bolsillo, bien envuelta en el pañuelo que ella religiosamente le lavaba y bien planchado se lo dejaba sobre la mesa, y gritando le dijo a “Proletario” que hoy comerían como señores.


domingo

                                                           El Centro Social

Hasta el gato demostraba pertenecer a ese centro social; de un color indefinido, entre el negro y el gris, pelaje hirsuto y descuidado, evidentemente sin dueño, tajos en sus orejas, resultado de peleas por la sobrevivencia y claros con pocos pelos, como si fuera sarna, sin nadie que se ocupara de él, un vagabundo, en definitiva. Cada tanto aparecía en el portón de entrada en busca de piernas para refregarse, y no obstante su aspecto salvaje se dejaba acariciar, hasta un cierto punto; luego desaparecía para escapar a la cocina en donde siempre había algo de comer.

Nada que ver con Evaristo, que cuando llegó vestía aún su impecable traje, zapatos brillantes, camisa rosada, corbata bien anudada y una bolsa conteniendo modelos que tenía que examinar: la gerencia se los entregó a último momento, como siempre, y no tuvo ganas de quedarse después del horario para hacerlo. Estaba cansando y quería escuchar música.

Descubrió el aviso en el diario, en la sección Espectáculos, un cuadradito en el fondo de la página, de no más de cinco centímetros por lado, reducido al mínimo para ahorrar, pero leyó con sorpresa las únicas palabras enteras que le interesaron: “Jazz sesión”, las demás eran abreviaturas incomprensibles como Esc Lab Prof Pisano contrab sax y bat 17.30  Cen Soc Bio Ferrov Can de boch.

Llegó a la seis, junto al gato, y entró atraído por los compases precisos de un contrabajo y las discordancias y titubeos de un piano, una batería y un saxofón. En el mostrador se apiñaban vasos y botellas y no había nadie quien sirviera, y tampoco público; sólo los músicos en un reducido y mal iluminado palco: en camiseta y sudando el baterista; camisa afuera y profundamente concentrado el saxofonista con sus mejillas a punto de reventar; remera ajustada ciñendo un grueso cuerpo el pianista, y un piloto gris hasta las pantorrillas el contrabajista, que daba muestras de éxtasis, como si estuviera en alguna parte del universo transportado por su tun tun cavernoso.

Si no hubiera explicado que estaba ahí por el aviso, el pianista, un tipo hosco, que por lo visto era el responsable del centro social y lo examinó de los pies a la cabeza, seguramente lo habría tomado por un espía, pero tuvo que reconocer la observación del contrabajista que consideraba el aviso bastante enmarañado e incomprensible. Lo que le parecía muy sospechoso al pianista era la hora de llegada de Evaristo, demasiado temprano, según aquel, sin embargo, era esa, estaba bien clarito: las 17.30. Toda esa animadversión recelosa se debía a que el gobierno de la provincia había pasado en manos de la derecha conservadora, y amenazaba con cerrar todos los centros sociales, y el nuevo, pulcro, único, elegante y sospechoso cliente podía ser un enviado para recabar información. Evaristo se sentó en un rincón a esperar que la jazz sesión comenzara, a las ocho, o a las nueve como le aseguró vagamente el pianista con cara de pocos amigos, todavía no muy convencido de que uno vestido de esa manera viniera a su centro social. Mientras tanto escucharía las lecciones de jazz que el profesor Pisano, contrabajista, daba gratis en la Escuela Laboratorio del Centro Social en el Barrio Ferroviario, al lado de las canchas de bochas: estos eran los datos completos del aviso que para economizar había sido reducido al hueso. Entre los silencios de lección y lección alcanzó a oír voces a sus espaldas, detrás de la pared, especialmente cortos y secos gritos femeninos. Se levantó curioso y abrió una puerta de metal encontrándose con un vasto espacio dentro del cual, a un costado, muchachos sudamericanos y africanos observaban a un par de chicas que, con guantes y protecciones en la cabeza y el abdomen practicaban box con manos y pies. Se estaban dando de lo lindo y se detuvieron al verlo. Evaristo saludó a todos y preguntó si no molestaba. Ninguno le contestó y continuaron a tirar patadas y puños. En la pared un cartel rezaba “contra el machismo irracional, aprendé a defenderte”. Estuvo algunos minutos observando sus tácticas. Saltaban en círculo controlándose mutuamente, con rostros agresivos y sudados, y luego, a turno, largaban directos, ganchos y patadas voladoras. Al grito de una de ellas se detenían, repetían el último golpe o patada, se ponían de acuerdo con la angulación y altura, y continuaban a darse. Eran hermosas a pesar de sus rostros fieros encajados dentro del casco de protección. Terminado el primer round volvió a su puesto para continuar a escuchar ese cuarteto aprendiz y descubrió que el bar comenzaba a tomar vida. Una voluntaria universitaria (lo supo después que lo era) estaba despejando el mostrador, lavando y acomodando copas y botellas usadas el día anterior. Después, mientras el lavavajillas funcionaba, ella continuó a resolver problemas de química. Abandonó por un instante sus estudios y sonriendo le sirvió la cerveza que había pedido. En un rincón, a continuación del mostrador, comenzaba una especie de sala de lectura, con dos gastados sillones, anaqueles en las paredes y cajas por el suelo llenas de volúmenes. También otro piano, y encima de este un libro sobre el Marqués de Sade. Un africano leía y otro manipulaba su celular. La voluntaria del mostrador no pudo seguir con sus problemas de química. Había llegado su novio y ahora se besaban, se miraban y acariciaban detrás de la barra. A todo esto, las lecciones de jazz comenzaron, y en el arco de pocos minutos el centro social se llenó de muchachos que fraternizaban sin importarles el color de la piel y no les interesaba el jazz. Reían, hablaban serios, fumaban, bebían y comenzó a sentir olor a mariguana. Tal vez más tarde se atrevería a pedir un porro. Por ahora le largaban miradas sospechosas debido a sus vestidos y a esa caja con una marca re-conocida de ropa femenina. La agitación en las conversaciones fue subiendo y Evaristo no sabía por qué, y no le importaba. Los músicos aprendices, salvo el contrabajista que continuaba en ascesis, abandonaron el palco y en su lugar subieron otros más avezados. Comenzaba la Jazz Sesión del aviso. El saxo se largó en un lamento fraseado que lo paralizó por la intensidad, luego le respondió el contrabajo, muy grave; después el piano, despreocupado y brillante, como para compensar la tristeza de los anteriores, todos debidamente cobijados por el tenue retumbar de la batería y el raspar de los platillos. Estaba acodado en el mostrador, escuchando absorto, cuando de repente oyó exclamar a la voluntaria química «¡La traen acá! ¡Hay que organizarse!»  A quién traen, se preguntó Evaristo, sobresaltado, y estuvo de acuerdo en que se organizaran, fuese quien fuese a la que traían. Ya tenía más de cinco cervezas encima, la cantidad necesaria para estar sin ninguna duda del lado de cualquier perseguido. En el fondo estaba harto de dar su opinión sobre lo que se usaría en el próximo invierno, o verano, o primavera, o lo que mierda fuese. Esos pibes y pibas mal vestidos, y hasta a veces malolientes, eran mucho más genuinos que las vedetes, o actrices anoréxicas que impondrían el uso de lo que tenía en su bolsa. De un grupo de muchachos y chicas, que no estaban de acuerdo en nada, escuchó al final el veredicto definitivo: era una refugiada política, y no había que hacerle caso al gobierno que afirmaba que era una terrorista. Bueno, además de que tendrían que tener razón ahora sabía a quién esperaban. Para escuchar mejor se sentó junto al único grupo de espectadores que había ocupado una mesa, de su edad y burgueses como él, bien vestidos y amantes del jazz, con su bolsa de marca sobre sus piernas, de frente al palco.

Pero la jazz sesión no comenzaría.

De repente se abrió la puerta y un grupo entró rodeando a una chica vestida con campera verde, camisa a cuadros, vaqueros y borceguíes. Su cabello, tan renegrido como sus ojos formaban una cola ondulante detrás de su nuca cuando miraba de un lado para otro. No daba muestras de temor. Parecía que sólo quería saber dónde se encontraba. El pianista abandonó su instrumento para dirigirse al grupo, mientras los demás músicos callaron. Comenzaron a deliberar agitados, y uno de los que la rodeaban lo señaló con el mentón, solo a él, a Evaristo. Por lo visto los otros eran habitués conocidos. El pianista lo miró a su vez y evidentemente contestó algo que a los otros no los convenció más de tanto. Entonces se levantó y alargando su jarra de cerveza gritó: Non problem. Y la bebió de un sorbo. No quería irse, porque los músicos eran buenos, pero se había dado cuenta de que no era bien visto.    

Pero tuvo que quedarse y participar en una noche que no olvidaría jamás.

Fue el gato roñoso que dio la alarma. Entró corriendo tan veloz que resbaló sobre las baldosas al girar hacia la cocina, aterrorizado por las luces azules giratorias de los autos de la policía que se detuvieron con chirridos frente al portón del centro social. El grupo que rodeaba a la chica con la cola ondulante, huyendo hacia el gimnasio, se cruzó con las que practicaban box, que a su vez fueron a ocupar el lugar de aquellos, frente al portón cerrado, junto a europeos, sudamericanos y africanos que formaban un muro, esperando. Evaristo se levantó con sus mercaderías de marca, chasqueó los labios y bebió el último, inexistente trago de su jarra decidido a hacer algo por primera vez. Entró en el gimnasio y se dirigió resueltamente hacia el grupo que protegía a la piba, que en esos momentos se daban cuenta de que no había otra salida, sino aquella principal. También estaban los baños. Uno de sus compañeros se adelantó y le bloqueó el paso. Evaristo, sin perturbarse gracias a las cervezas, miró por encima de su hombro, en dirección de la piba y le mostró, primero la caja y luego el baño. Fue la única que comprendió el mensaje, porque los otros se miraban entre ellos, sin entender. Mientras caminaba hacia allá, ella le gritó algo a su compañero que se apartó para dejarlo pasar en dirección de los vestuarios. Deshizo el nudo de la bolsa mientras andaba y cuando entró ella ya se estaba sacando los pantalones, campera y camisa. Era un espectáculo su cuerpo completamente desnudo. No usaba ni slip ni corpiño, sólo con sus botas militares y medias de lana. La ayudó a vestirse sintiendo ese perfume a cuerpo humano, femenino, sobre todo, sudado por el temor. Le mostró también los zapatos. Ella exclamó algo incomprensible en su idioma, probablemente su admiración por ese par de lujo que se calzó veloz después de sacarse y apartar sus borceguíes gastados. Salieron justo a tiempo. Luego de un tremendo golpe la policía había logrado finalmente entrar forzando la cerradura del portón, pero la resistencia continuaba, despareja, pero continuaba, y los bastonazos dolían. A una de las chicas que practicaba box fueron necesarios tres policías para inmovilizarla. Puteaba y largaba patadas a lo loco. Él se sentó luego de haber acomodado a su imprevista y ahora aristocrática compañera al lado de los burgueses, por lo visto viejos y habituales clientes, amantes del jazz que asistían atemorizados a esas escaramuzas. Uno de estos, indignadísimo, se dirigió resueltamente al policía que mandaba y luego de mostrarle algo señaló su mesa. El oficial ordenó a los suyos que abrieran una brecha, y con ademanes el burgués indignado llamó a sus compañeros. Evaristo salió del brazo con su refugiada a la moda detrás de aquellos. El vestido de gasa y tul con flores y escotado, el sombrero de paja finísima y ala ancha junto a sus zapatos rojos con taco alto estaban hechos a su medida… estaba formidable, bella, única, exótica… pero ¿de dónde había sacado ese abanico con el cual se ventilaba? Pasaron a través de los policías fingiendo indignación y contratiempo. Luego de un trote veloz, durante el cual la piba alzó su vestido para no ensuciarlo, llegaron hasta el auto de Evaristo, y ya dentro, mirando por el espejo retrovisor, se alejaron. No entendía una palabra de lo que decía, pero era evidente que estaba muy enojada.  Un celular se materializó en su mano y comenzó a hablar en su idioma con alguien. Luego le indicó una calle apartada y ahí esperaron. Se sacó los zapatos, los observó con melancolía mientras los giraba y dijo algo. Sin duda le estaba comunicado su admiración, al igual que por el sombrero. Lo acarició como si fuese la cabecita de un niño. Luego se miró el escote florido, satisfecha. Era un modelo hecho para ella. Los dos estaban de acuerdo, sin ningún tipo de duda aun si no se entendían. En ese momento se detuvo un auto al costado. Volvió a desnudarse con incomodidad debido al espacio estrecho, y antes de bajarse, así desnuda, le dio un beso en la mejilla. Subió al otro auto, la cubrieron con una manta, y desapareció.

Evaristo volvió al centro social. Los pibes estaban tratando de reparar la puerta y le sonrieron al entrar. Bebió un número impreciso de cervezas, todas gratis por supuesto, y cuando se despertó con el gato roñoso en su regazo, el centro social estaba vacío. Otra vez había botellas y vasos sobre el mostrador. Sobre la mesa le habían dejado una nota. Le pedían que cerrara bien la puerta cuando se hubiera ido y esperaban que volviese.     

                 


No copie, use la imaginación...

Creative Commons License
Esta obra creada por Céu de Buarque y colaboradores de Puentes de palabras está bajo la licencia de Creative Commons -No comerciacializar-Difundir sin modificar 2.5 Argentina License.

el Mapa de Puentes

Una flor silvestre en la Web

Una flor silvestre en la Web