domingo


                                                ACTORES Y BORRACHOS ITINERANTES



Su vestido ajustado y con tantos pliegues oblicuos comenzaba, como no podía ser de otra manera debido a su edad, bastante más arriba de sus rodillas.

Mostraba un hombro descubierto, y daba la impresión de que todo su cuerpo quería escapar a esa zona desnuda, un cuerpo que no había recibido entrenamiento alguno en los gimnasios tan de moda: era simplemente femenino, bien torneado, sin excesos. Ese hombro invitaba a apoyar una mano, o mejor todavía: besarlo con fervor.

El original modelo que lucía era de un color entre el gris y el celeste; indefinición toda culpa de la noche con sus luces artificiales, pero luz que no hacía ningún efecto, todo lo contrario, sobre su piel clara, propio del tipo septentrional que se enrojece en vez de broncearse si se expone al sol.

Sus pómulos y mentón eran algo prominentes, signos de decisión o tal vez de crueldad. Eran visibles solo si observados de costado, pues de frente daba la impresión de ser una criatura deliciosa.

Llevaba su cabellera rubia recogida en un abundante rodete en su nuca, casi macizo, del cual una buena cantidad de cabellos, finííísimos, pendían como una lluvia fantasmagórica a sus espaldas.  Rasgos fuertes con ojos muy grandes, celestes y decorados hacia lo oscuro, todos atributos para cometer insensateces en nombre de ella.

Esbelta, sin ninguna inclinación a la delgadez morbosa, esa niña comenzaba –pues fue lo primero que observó nuestro actor–, en un apreciable trasero, de esos que insinúan, que no gritan; digamos que era como un cuarto de la esfera terrestre, pero de aquella parte del globo poblado no con aguas, sino con tierra firme. 

Fue una visión femenina que valió la pena seguirla con devoción y entrar en esa fiesta, de cuyos componentes no tenía la menor idea de quiénes eran, ni qué cosa se festejaba, pero como el portón estaba abierto e invitaba, como la noche a entrar en ella, en ella entró detrás de esa mujercita gris-celeste-celestial.

La alegría despreocupada de los primeros jóvenes que vio sobre el césped del jardín, le dieron la seguridad de que entre tanta gente podía pasar desapercibido: podría beber y comer gratis y, por qué no, divertirse con descaro.

Saludó con desenvoltura a los primeros que encontró con gestos que conllevaban familiaridad, acompañados con hola, qué tal, que increíblemente los otros respondían. Luego preguntó en manera casual por el homenajeado de quién supo enseguida cómo se llamaba: Matías, y cuál era el motivo de la fiesta: se había apenas recibido de Perito en Ciencias del Turismo. Estos datos eran más que suficientes para aguantar imperturbable todo el tiempo necesario, en el cual comería y bebería sin ser descubierto. Seguro de su estrategia que no podía ser otra cosa que desfachatez, se presentó a más de uno de los presentes, siempre con la misma justificación que andaba desde la ontología al grado de parentesco.

“Yo sería... veamos ...  Es más fácil decir quién soy en esencia, y qué es lo que hago en este mundo, que explicar el grado de parentesco con Matías... pero más o menos sería así”. Y largaba una confusa explicación que comenzaba con; “Yo sería el marido de una prima, que es cuñada de la madre de Matías...” o algo parecido.

Esa pequeña actuación teatral le daba una satisfacción exaltante, pues ver que todos los oyentes lo miraban con atención, le hacía creer   que, como actor, si bien itinerante y sin domicilio fijo, no era para nada malo. Pero habría que aclarar que la explicación dada era superflua, ya que a ninguno de los muchachos a quienes encaró le interesaba saber si los invitados eran amigos, o parientes. Estaban ahí para divertirse, y no para establecer identidades.  Eso él lo sabía muy bien: fue uno de los motivos, junto al traserito de aquella niña, que lo habían empujado a entrar, pero siempre que podía, hacía gala de su estro artístico. Era algo más fuerte que él.

Individualizado el neo-graduado hasta tuvo la osadía de saludarlo con su nombre. Ante el gesto de perplejidad que mostró el tal Matías observándolo, sin darle tiempo de reaccionar atacó de nuevo, convencido de que un doble ataque es mejor que una segura defensa, pero más que nada por que comprobó que el nuevo profesional ya había bebido bastantes aperitivos como para poder recordar quién era el que lo saludaba. Además, había escuchado de pasada a otros invitados nombrar una anterior fiesta, el nombre de un bar y la consecuente borrachera de Matías, y a estos datos hizo recurso, seguro de que la graduación alcohólica de aquella oportunidad no sería menor de la actual.

“No creo puedas acordarte de mí porque esa noche, en el bar, rompiste todos los esquemas alcohólicos... estuviste genial Matías” –le explicó, y se escabulló enseguida, sin darle el tiempo de reaccionar, sabiendo que a sus espaldas Matías continuaría a preguntarse de dónde lo conocía.

Contento de sí mismo por la ingeniosa estrategia de camuflaje, se sentó en una mesa alejada, y de otra repleta se sirvió de comer en abundancia, y mientras hacía chasquear la lengua por la óptima calidad del vino, se felicitó por su coraje. Luego agradeció a su destino azaroso por haberle atravesado en su vagabundeo esa muchacha con el trasero perfecto.

Pero las cosas no siempre van como uno quisiera, y menos todavía cuando uno es un polizón, y encima un actor itinerante con días de ayuno.

De repente, a su lado, se sentó uno que no era tan joven como todos los demás invitados. Tampoco él lo era.  El recién llegado, Ricardo, ya comenzaba a estar en condiciones alcohólicas deplorables, y lo llamó como si lo conociera desde siempre,

“¡Hola amigo!”.

A partir de ahí nuestro intrépido actor, viendo que el recién llegado era inofensivo debido a su apenas comenzada borrachera, y a la suya que se estaba por desatar, decidió hablar libremente. Le confió su profesión e hizo gala de su gestualidad con ciertos pasajes de obras conocidas... y al final confesó su tremenda admiración por la niña con ese culito pluscuamperfecto.

“Hey, amigo, veo que tienes buen ojo... –respondió Ricardo-, y considerando tu sensibilidad por la belleza pienso que serás un buen actor... Si, realmente es hermosa esa... naturaleza viva ... ¡Cómo los cuadros de naturaleza muerta...! ¡pero al revés!” ―y rio convulsamente festejando su original descubrimiento estético, pero haciendo más evidente el sudor de la embriaguez.

Luego entró en ese estado apenas silencioso e intranquilizante de los borrachos: tambaleante la cabeza, murmullos, carrasperas, borboteo de canciones incomprensibles, miradas extraviadas... siempre sin dejar de observarlo, a intervalos, con una evidente desconfianza...  y al improviso, como empujado por una repentina revelación comenzó a escrutarlo fijamente con mayor atención; de los pies a la cabeza, cosa esta que no hizo ningún efecto en nuestro actor pues entendía, siendo uno de ellos, a los borrachos, pero Ricardo de repente gritó a un grupo de jóvenes –en el cual estaba la niña de las increíbles asentaderas–, un nombre femenino.

“¡Sandyyyyy..!”

E inmediatamente le confió a nuestro actor que ya había hecho las primeras escaramuzas para conocerla, y podía permitirse llamarla como una vieja amiga.

Sandy sonrió divertida al sentir el llamado y se acercó a la mesa. 

“Querida amiga –inició ampuloso Ricardo–, sabiendo que te gusta el arte, especialmente el teatro, te presento un eximio actor” ... pero tuvo que preguntarle de nuevo el nombre pues el alcohol ya comenzaba a hacer sus efectos.  Sandy miró a los dos como una ama de casa que está decidiendo con cual cacharro quedarse, pero curiosa   por conocer un actor, le preguntó dónde actuaba, y qué tipo de teatro hacía. Nuestro amigo, haciendo memoria velozmente para salir del atolladero, nombró el último en el cual NO había actuado, e eligió... Shakespeare, y con mayor precisión Romeo y Julieta. Al oír ese título Sandy exclamó llevándose la mano al pecho: “¡Ahh..! ¡Mi preferida!”

Oyendo esto, Ricardo tuvo un imprevisto ataque de celosa borrachera.

“Yo también lo soy” –gritó sintiéndose ofendido.  Y ahora te daré una muestra”

De un salto se encaramó sobre la mesa llamando la atención de todos con sus gritos. Sandy se tapó la boca, incrédula, al tiempo que nuestro actor aferró con evidente preocupación su plato de comida y su copa, alejándolos de los zapatos polvorientos de su nuevo amigo, y presintió, con su sensibilidad de actor itinerante, que algo tremendo estaba por suceder.

“¡Sí..!  ¡Yo también lo soy!” –gritó Ricardo abriendo los brazos, en pie sobre la mesa, pero como nadie sabía qué era lo que quería afirmar, se quedó en silencio algunos segundos observando los rostros atónitos de su inesperado público. Tardó poco en darse cuenta de la falta de claridad de su mensaje, entonces, luego de un eructo involuntario exclamó;

“Ah, sí, ya entiendo... ¡ACTOR!, sí,  soy ACTOR... Y autor de mi propia desdicha cuando me toca narrar la de los otros...  Ahora escuchadme bien pues os voy a decir una verdad, que para unos pocos será tremenda e ignominiosa, y para otros una orgía de placer para los sentidos. Este que a mis pies yace –y señaló a nuestro actor ambulante que continuaba a masticar-  es un... ¡colado, caradura y muerto de hambre que viendo la puerta abierta de un paraíso momentáneo no tuvo problemas de conciencia para atravesarla!”

Había logrado imponer el silencio y que todas las miradas convergieran sobre nuestro actor, que, en un acto de profesionalidad, y viendo que una pequeña tragedia se había consumado, se impuso salir de escena, pero con dignidad. Entonces se levantó lentamente, e inclinándose saludó al público que apenas lo había descubierto, con la copa todavía llena de vino en su mano.

“Es verdad –respondió impávido- pero permítanme de no arrepentirme de esta experiencia, ya que el arrojo ha tenido su premio: he visto una de las mujeres más hermosas que jamás vi” –exclamó observándola.

Sandy lo miraba boquiabierta, mientras que de ese público sorprendido surgió el único y amenazante componente que no había bebido tanto: el padre de Matías.

“Ya me voy, y disculpen la osadía” –alcanzó a decir nuestro amigo, pero antes de irse vació con fruición su copa de vino.

Mientras salía de las luces de la fiesta y entraba en la oscuridad del anonimato de la noche, camino al portón de entrada, sintió que el padre de Matías preguntaba a los gritos al que estaba sobre la mesa;

“¿Y usted, quién es?”

Ricardo contestó que era un actor invitado, pero hechas las averiguaciones pertinentes entre todos los presentes por parte del padre de Matías, resultó que nadie lo conocía... Otra pequeña tragedia también llegaba a su epílogo, y él también tuvo su ataque de dignidad.

“Pues entonces me iré... pero se arrepentirán... No saben lo que se pierden... años de extravío exaltante, eternidades en recuerdos de vidas tan frágiles y transitorias como el reflejo de las nubes en los charcos”.

Descendió de la mesa, y con esa peculiar dignidad tambaleante que muestran los borrachos, se propuso seguir los pasos de nuestro actor.

Luego se oyeron insultos, risas, y la música que aumentaba de volumen.

Cuando nuestro actor estaba a punto de cruzar el portón, sintió esa voz que le pareció como el aplauso unipersonal de un público agradecido que no olvidaría jamás:

“¡Esperá, esperá! –y aferrándole el pulso, Sandy le preguntó, ¿Puedo ir a verte en tu próxima representación? ¿Dónde actuás?

El mejor trasero jamás visto lo había salvado, aunque fuera por una sola noche, de no continuar a ser un actor eternamente ambulante y sin domicilio fijo.


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